A modo de preámbulo.
Hoy, la palabra federalismo, para la mayor parte de la clase política, independientemente del aire que respire, o es un tema tabú o como poco, o asunto fuera de lo políticamente correcto.
No es que el espíritu federalista no haya sobrevolado las bóvedas de los hemiciclos y cenáculos políticos. Por lo menos aleteó, durante algunas décadas. Eso sí, el rumor de sus alas, debió causar estupor, o pavor y sin duda notables prevenciones. Digamos que había mucho federalista de conveniencia, de alcoba o simplemente chaqueteros. El mínimo ruido de sables, la extorsión oligárquica y de las mitras y turiferarios del nacional-catolicismo, –banqueros, empresarios, terratenientes…-, hacía abandonar tan “peregrina aventura”, sin demasiados aspavientos
Y sin embargo, como trataremos de analizar, en las últimas décadas del s. XIX, hubo momentos, en que la movida federalista, pareció ser algo más que un espejismo. Pareció, porque como se verá, nada más y nada menos eso fue, puro espejismo. Eso sí, suficientemente aleccionador, como para poner en guardia a todas las huestes carpetovetónicas para cerrarse en adelante, a cualquier resquicio que alentara de nuevo el invento federalista.
Puede decirse que la segunda mitad del siglo XIX, manifiesta una auténtica convulsión política, que en una escueta síntesis podría describirse:
1º, como una lucha sin cuartel por el poder, entre progresistas y conservadores o reaccionarios. Lo que dicho globalmente y con matizaciones, aportaría perfiles muy próximos a los de la política actual.
2º Dentro de la llamada oposición progresista, existen varias tendencias, unitarios de Castelar, y otras corrientes entre antimonárquicas, socialistas o meramente republicanas, que se aglutinan en torno a los federales de Pi y Margal. Evidentemente más por meros intereses políticos y estratégicos que por coincidencias ideológicas.
3º El propio partido federal –como destaca uno de sus militantes García Moreno, en Carta Fernando Garrido, alto dirigente del partido- ha de verse envuelto en tremendas discordias que amenazan con acabar con la existencia del partido.
En realidad, como se verá, conviven en el partido dos corrientes, a mi juicio polares en sus fundamentos político-filosóficos.
Una que propone un pactismo bilateral y que parte de la disolución de la nacionalidad española, sin dejar de ser federales.
La otra, la que esgrime el reconocimiento de la nacionalidad y territorialidad española, como principio y fundamento de cualquier experiencia federal. Concede, que como todas las nacionalidades, incluída
La segunda opción, netamente española, no es la de los federalistas catalanes, vascos o en su caso, la de algunos levantinos.
Evidentemente, el soporte histórico de la segunda opción es falaz. No consta en ningún documento, que catalanes o vascos hayan suscrito democráticamente o desde su voluntad soberana semejante aquiescencia.
Las palabras del dirigente del partido federalista, Fernando Garrido:” Los españoles consignaron en la constitución de 1812, que es libre e independiente y no puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona. Las cortes de Cádiz, eran la primera asamblea nacional, pues las otras fueron de Castilla, Aragón o de Navarra, pero no de España.”, en ningún caso, pueden significar que las cortes navarras se adhirieran a la constitución de Cádiz.
Los representantes navarros –Carlos Amatriain, Juan Balanza- enviados a
Navarra no necesitaba enviar diputados representativos a las cortes generales de Cádiz, ya que gozaba de Cortes propias.
El pueblo, las élites y los políticos navarros –salvo una exigua minoría de afrancesados o liberales-, nunca renunciaron a sus instituciones.
No parece que nadie en su sano juicio, deba acepta que un pueblo, admita una constitución tan jacobina y centralista, y que tan sólo tres décadas después, se abisme en defensa de sus instituciones, en una contienda tan sangrienta, como la carlista.
En realidad, lo que propone la mayor parte del bloque federalista, no se excede ni un ápice, de la filosofía del actual centralismo pepero o sociata. Son meras autonomías, si es posible arteramente “raseadas”, en ese limbo denominado “café para todos”
“Las autonomías de municipios y provincias, en el seno de la federación -decía F. Garrido-, se dedican más particularmente al ejercicio de las funciones administrativas, económicas y políticas que en cada localidad o agrupación de localidades ejercen los españoles que en ellas viven.” Esto es todo su federalismo.
De ahí las profundas convulsiones del partido Republicano Democrático federal. Uno no llega a entender como una personalidad de la talla y prestigio de Pi y Margal, pudo cohabitar, con personajes que no aceptaban otro principio de soberanía que la española.
Pi y Margal, cierto es que tuvo que moverse en el filo de la navaja y hacer malabares dialécticos o donde dije digo, digo Diego, porque siempre se mantuvo fiel al meollo de su concepción federalista basada en el pacto. Pacto bilateral entre dos iguales soberanos, o pacto sinalagmático.
Los que vamos de aficionados o si se quiere de profanos a la hora de transitar por esos parajes documentales, abrigamos cierto pudor a la hora de emitir juicios. Siempre se teme, que los avezados le pongan a uno en su sitio. En todo caso, las objeciones o reprimendas formuladas con elegancia, pueden servirnos de enseñanza. Serán bien recibidas.
Por eso, aún a riesgo de no ser correctos, no me privaré de expresar los juicios y sensaciones que la lectura de algunos documentos me ha suscitado.
La sensación de que la historia se repite, “Servanda servandis”, puede ser un tópico, pero me viene de perillas repasar las triquiñuelas políticas de antaño, para entender el zafarrancho político-mediático de hogaño.
Por eso, cualquier expresión –como el federalismo, por muy Light que sea- que ponga en tela de juicio el centralismo enfermizo, la desquicia.
Históricamente, España ha sido un país rentista. Difícilmente ha podido o sabido vivir con su trabajo. Sin revolución industrial ni reforma agraria, solamente la picaresca, la especulación, las coyunturas propicias etc….etc…le han ayudado a mantener algunas formas… Hoy, sin ir más lejos, queda bien patente cual es la realidad de su tejido industrial o de su desarrollo científico o de su solvencia laboral. No supo crear, sino trapichear.
Ha tenido que invadir mundos y pueblos para poder sobrevivir. Otra razón más para prohibir cualquier tendencia federalista. No se le vayan las comunidades más productivas…
Hay que estrujarlas como sea y por donde sea. Por eso, ya decía el conde de Toreno: “En la nación no hay más representación que la del congreso nacional, ni ayuntamientos ni provincias…Esto sería propender al federalismo como es su natural tendencia…y acabarían por constituir estados separados”
En cuanto a las opciones federalistas que se vivieron en Navarra y en general en Vasconia y sobre todo en la relación del Carlismo con los movimientos federalistas, lo dejaremos para posteriores reflexiones.
En principio, el Carlismo, por encima de consideraciones legitimistas o integristas –conflictos de religión-, ante todo era fuerista, como ha quedado ampliamente demostrado por nuestros historiadores.
Esa y no otra es nuestra intención, hacer algunas reflexiones sobre temas que nos parecen de rabiosa actualidad y que puedan ser mejor comprendidos, analizando algunos textos, donde la dinámica hispana, nos resulta tan evidente y paradigmática.








