No hay duda de que el Partido Popular está llevando a cabo una ofensiva descarada de exterminio de la lengua catalana. La huelga de hambre de cuarenta días, realizada por Jaume Sastre, en Palma, contra la política catalanofóbica del gobierno de las Islas, dice mucho de la gravedad de la situación. Y es que en realidad nos enfrentamos a una versión actualizada de los decretos de Nueva Planta. Con todo, la minorización de nuestra lengua también se nutre del comportamiento de la inmensa mayoría de catalanohablantes que abandonan el catalán tan pronto como se encuentran con un interlocutor hispanohablante o de otro origen que les entiende perfectamente. Es una sumisión lingüística que quita sentido a la existencia de la lengua catalana y que transmite la inutilidad de aprenderla.
Una lengua que se usa poco acaba no teniendo razón de ser y lo que no tiene razón de ser, desaparece. No tenemos ningún derecho a acusar a los recién llegados de no hablar catalán si nosotros somos los primeros que les hablamos en otra lengua. ¿Qué interés pueden tener si con nuestro comportamiento les estamos diciendo que no es necesario que la aprendan? Debemos comprender que el gran motor de la humanidad es la necesidad. No hay evolución sin necesidad. Y la lengua catalana, por muchos siglos de historia que tenga detrás, sólo sobrevivirá si es útil y necesaria para vivir en la tierra a la que pertenece.
Basta tener un cierto nivel lingüístico para darse cuenta de que el catalán se está convirtiendo en una jerga, en un dialecto del español. Y esto se está haciendo en connivencia con los libros de estilo de muchos grandes medios de comunicación catalanes que, con la excusa «de llegar a todos», no sólo naturalizan los castellanismos, sino que también arrinconan sistemáticamente las palabras y las expresiones catalanas que parecen ‘demasiado genuinas’ y utilizan las que presentan menos diferencias morfológicas y fonéticas con el español. Es decir, que la arquitectura de la lengua es cada vez más pobre, la sintaxis da pena y crece por momentos la ignorancia de los referentes culturales propios. Esto hace que la mayor parte de los catalanes se vean obligados a recurrir a las frases hechas y los refranes españoles para ilustrar sus argumentos. No es que no haya frases hechas y refranes en catalán, no es que la lengua catalana sea pobre, pequeña o limitada -su riqueza es inmensa-, pero si ignoramos este patrimonio, que es un tesoro de creencias, de experiencias, de prejuicios, de supersticiones, de sabiduría popular y de filosofía de vida acumulado a lo largo de los siglos, es como si no existiera. Y ciertamente no existe para nosotros. Lo demuestra el hecho de que si no recurrimos al dicho español no sabemos qué decir. Intuimos, eso sí, que habrá el equivalente en catalán, pero no lo sabemos, lo que hace que parezca una carencia de la lengua lo que no es más que una carencia nuestra. Así culminamos la sustitución de un universo cultural por otro.
Sin embargo, aún estamos a tiempo de cambiar esta sustitución aniquiladora. Pensemos que si perdemos la lengua perdemos el país. Trabajemos, cada uno desde su ámbito, para que la lengua y el país alcancen el único estatus político que les puede devolver la normalidad. Trabajemos, en definitiva, para normalizar políticamente nuestro pueblo, porque normalizándolo normalizaremos también nuestra lengua y nuestra vida.
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