La resolución del TSJC, una resolución racista

La resolución dictada recientemente por el TSJC, según la cual las aulas de Cataluña deberán abandonar el uso del catalán y pasarse al español en cuanto haya un solo alumno que lo solicite, es una resolución catalanofóbica. Un acto de violencia contra el pueblo de Cataluña expresado con este razonamiento: mientras un hispanohablante puede alegar desconocimiento del catalán, un catalanoparlante no puede alegar desconocimiento del español. Por eso, mientras un alumno catalanoparlante no puede pedir el uso del catalán en un aula, un alumno hispanohablante sí puede exigir el uso de la lengua española. En otras palabras, el cambio sólo puede ser del catalán al español, nunca del español al catalán. Por tanto, como digo, es una resolución catalanofóbica, porque divide a las personas -alumnos, en este caso- en superiores e inferiores. Los superiores son los hispanohablantes, y los inferiores los catalanohablantes. Esto solo ya nos indica hasta qué punto es urgente para Cataluña desprenderse del lastre absolutista -y también racista- español y convertirse en un Estado independiente.

 

Pero, para tomar conciencia de la naturaleza catalanofóbica de dicha resolución y de los principios totalitarios que la inspiran, es bueno tener presente que otorga a los catalanes la misma condición de colectivo inferior que en América del Norte se otorgaba a las personas negras en la primera mitad del siglo XX. Bastaba que un blanco subiera a un autobús, porque todo negro tuviera que levantarse y cederle el asiento. Los blancos no se tenían que levantar ante un negro, pero los negros ante un blanco sí. Y así fue hasta que una señora negra dijo basta. Se llamaba Rosa Parks y, finalmente, gracias a ella y a su dignidad, tras sufrir prisión, aquella discriminación racista se acabó.

 

Otro elemento que nos puede ayudar a ver con claridad la magnitud del proyecto español de aniquilación de Cataluña, de su identidad y de su lengua nos lo aporta el lenguaje. El lenguaje que usan la mayoría de pueblos del mundo suele ser inequívocamente machista, y el nuestro no es una excepción. Sin embargo, estamos tan acostumbrados, que muchas palabras y expresiones nos parecen normales, neutras e inofensivas. Pero no lo son en absoluto. Imaginemos una sala de actos ocupada exclusivamente por mujeres que escuchan una conferenciante. La conferenciante, como es lógico, dado que todo son mujeres, utiliza formas verbales como «bienvenidas», «todas ustedes», «todas nosotras», etc. Pero basta que en el transcurso del acto se incorpore un hombre, un solo hombre, para que a partir de ese momento sea necesario decir «bienvenidos», «todos ustedes» o «todos nosotros». Un solo hombre en una sala ocupada por quinientas mujeres tiene suficiente poder para hacer que todas las presentes se subordinen a su presencia. De hecho, no hace falta ni que sea un hombre. Puede ser un bebé en el regazo de su madre. Por tanto, un único bebé masculino o un único hombre adulto pasan por encima de medio millar de mujeres por una cuestión de «superioridad» de género. Y, de acuerdo con ello, se juzgaría ofensivo que la conferenciante, a pesar de haberlos visto, continuara diciendo «todas nosotras» en lugar de decir «todos nosotros». ¡Qué falta de educación! Las mujeres, en cambio, no se pueden sentir ofendidas al ser tratadas de «todos», por más mayoría que sean. Naturalmente, no encontraremos ninguna ley que explicite que los hombres somos superiores a las mujeres. Eso no. Pero lo cierto es que el lenguaje nos retrata, como lo demuestra el hecho de que, a pesar del paso de los siglos, nuestra sociedad sigue siendo incapaz de encontrar una forma verbal neutra -más allá del insoportable engorro «bienvenidos y bienvenidas» y » todos y todas » de los políticos- que acabe de verdad con la discriminación de la que hablamos.

 

Pero si esta discriminación sexista es vergonzosa, la resolución del TSJC contra la lengua catalana, obligando a que los treinta alumnos catalanohablantes de un aula se conviertan en seres inferiores ante la presencia de un hispanohablante, es, además de vergonzosa, perversa, porque no puede excusarse diciendo que se fundamenta en una mentalidad de origen ancestral, como es el caso del lenguaje, sino que se basa en leyes del siglo XXI. Leyes actuales que constituyen una viva expresión de racismo y violencia en su condición de catalanofóbicas. Por este motivo es importante decir bien alto que todo tribunal superior de justicia que declare que un hombre vale por treinta mujeres, que una persona blanca vale por treinta personas negras o que un hispanohablante vale por treinta catalanoparlantes es un tribunal racista. Y, consiguientemente, tanto este organismo como el Estado que le ampara serán mostrados al mundo como violadores de los Derechos Humanos.

 

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