La nueva geopolítica

Las hostilidades en Ucrania revelan la nueva geopolítica. Se juega entre tres superpotencias. La clave es la relevancia de las áreas conflictivas para cada una de ellas.

 

Rusia, impulsada por el nacionalismo de Putin, quiere volver a contar en el orden mundial a pesar de su frágil base económica. A tal fin ha incrementado su potencial militar con una inversión tecnológica considerable en aviónica, misilística y ciberguerra. Porque la capacidad militar sigue siendo lo que más respeto impone. En ese sentido, China tiene actualmente las fuerzas armadas más numerosas y su modernizada flota puede controlar el Pacífico, vital para la economía mundial.

 

La gran interrogante es si China puede competir con Estados Unidos en tecnologías decisivas. En particular en inteligencia artificial, que es ya el núcleo esencial de la guerra del siglo XXI, operada por satélites, misiles y enjambres de drones. Estados Unidos e Israel son los mayores productores de drones militares. China ha diseñado un plan de rearme que prevé la paridad tecnológica con Estados Unidos en el 2049. Pero en aviónica, disponen ya de bombarderos invisibles tanto Rusia (con el Su-57) como China (con su J-20), que superan al F-35 estadounidense en vías de renovación para el 2027. En el futuro, el B-21 de Estados Unidos será el avión más avanzado del mundo, pero no hay fecha para su despliegue. Es decir, que la tendencia es hacia una paridad relativa en tecnología militar y en capacidad de intervención entre las tres potencias. Afortunadamente han descartado la confrontación nuclear generalizada. Sin embargo, mantienen las fuerzas estratégicas nucleares como política de disuasión.

 

Así las cosas, la alianza táctica de Rusia y China para compensar su inferioridad actual con Estados Unidos inclina la balanza en su favor si de verdad estuviesen aliadas. Ya se están apoyando recíprocamente en Ucrania y en Taiwán. Además, en un área de conflicto limitada a Ucrania, Rusia tiene una superioridad aplastante en fuerzas convencionales, junto con la capacidad suficiente para rechazar una ofensiva aérea. De hecho, el temor de Rusia se centra en las consecuencias económicas y diplomáticas de su distanciamiento con Europa. Para lo que se ha preparado.

 

¿Y Europa? Parece claro que la Unión Europea decidió hace tiempo no ser una potencia militar y centrar su influencia en capacidad económica, en tecnologías avanzadas de amplia gama y en la defensa de los valores en que se reconoce la mayoría de la gente. La servidumbre de esta noble política es que tiene que seguir viviendo bajo el paraguas nuclear, logístico y tecnológico de Estados Unidos. Por eso, si por razones propias de Putin y Biden se amplía la guerra, Europa aplicará duras sanciones a Rusia y sufriremos graves consecuencias. Pero no nos quedara otra. De ahí que el esfuerzo de Macron y de Zelenski para negociar un acuerdo de seguridad es la mejor opción en un mundo en que el trilateralismo geopolítico hace peligrar, más que la guerra fría bipolar, el bien más preciado: la paz.

 

LA VANGUARDIA