«Ambas partes, […] con el deseo de consagrar los lazos de amistad que existen entre España y Cataluña y de consolidar el entendimiento y la comprensión mutua entre el pueblo español y el pueblo catalán; conscientes de los lazos de solidaridad histórica y cultural que unen España y Cataluña; comprobando que ambos países comparten las mismas concepciones democráticas y que persiguen objetivos comunes; han decidido reforzar y organizar […] la cooperación entre España y Cataluña en el campo político, cultural, económico y de la seguridad, así como en el plano local y regional».
Firmado en Madrid, por duplicado, en lenguas española y catalana.
Ministro de Asuntos Exteriores del Reino de España.
Ministro de Relaciones Exteriores de la República Catalana.
Tal y como está el patio, un texto como éste puede parecer propio de un soñador o, sencillamente, una provocación. Sin embargo, se trata de la transcripción literal de la exposición de motivos de la firma de la Declaración Conjunta Franco-española de 9 de julio de 1985. Sólo he cambiado la referencia a Francia, al pueblo francés y a la lengua francesa por Cataluña, el pueblo catalán y la lengua catalana. Y he cambiado París por Madrid. El documento completo, entre el encabezamiento y la firma, precisa los instrumentos de esta cooperación en cada ámbito. Así, en el terreno cultural, se toma el compromiso de que aumente el número de alumnos españoles que estudien francés y de franceses que estudien español o se crea un Alto Consejo Cultural franco-español, encargado de hacer todas las sugerencias susceptibles de enriquecer intercambios culturales entre Francia y España. O, en materia de seguridad, se propone la cooperación en la producción de armamento en común. Ahí es nada.
He tomado este ejemplo entre decenas y decenas de tratados, acuerdos y convenios de cooperación entre España y los estados vecinos de Portugal, Francia y Andorra para mostrar que la existencia de estados diferentes no supone en ningún caso el aislamiento de las partes. Todo lo contrario. Leídos estos documentos, queda en evidencia que a España le es más fácil cooperar a fondo con países diferentes que hacerlo con las propias comunidades autónomas. La razón es obvia: sólo hay cooperación e intercambio reales desde el reconocimiento de las partes en igualdad de condiciones y dignidad. Y queda también en evidencia que las fronteras políticas, en las actuales sociedades abiertas y democráticas, ya no separan sino que conectan. Aún más: son, precisamente, el espacio de reconocimiento y protección de estos intercambios. Y por qué lo que es posible con la gran Francia, con Portugal o con la minúscula Andorra no debería serlo con una Cataluña independiente?
Es en vista de todo esto que hay dos cosas que me exasperan. Una, previsible, es que el unionismo mienta cuando presenta la creación de un Estado independiente como una vía hacia el aislamiento, como la voluntad de levantar muros. La otra, de la que es culpable el soberanismo, es que presente la independencia como un proceso de mera desconexión. Es un error monumental, sobre todo para aquellos que esperamos que la independencia mejore e intensifique las buenas relaciones de Cataluña con España, lo que no hemos podido conseguir siendo una comunidad autónoma suya. Un error que, además, reduce fatalmente el apoyo que necesita el proceso. Hay demasiadas razones a favor de establecer buenos vínculos con España como para renunciar a hacerlo desde el único lugar posible: un Estado propio. La desconexión será estrictamente jurídica. La emancipación, en cambio, debe ponerse al servicio de establecer la mejor alianza posible con España.
ARA








