La llamada del españolismo a la violencia

A medida que se acerque la fecha del 9 de noviembre de este año viviremos una exacerbación del ultranacionalismo español contra el que habrá que mantenerse impertérrito. Hablo de una exacerbación que buscará el cuerpo a cuerpo, la provocación más ofensiva, el gesto o las palabras que nos puedan sacar de quicio. Tienen ansias de violencia, ansias de poder conseguir imágenes que muestren al mundo cuán salvaje es la Cataluña que quiere ser un Estado independiente de Europa. La Vía Catalana del Once de Septiembre pasado les hizo mucho daño, y no sólo por el récord oficial de dos millones de personas en la calle, sino por el civismo que admiró a todo el planeta. Saben que la no violencia tiene mucho prestigio y que, además, desmonta la coartada que el gobierno español necesita para ocupar las calles de Cataluña con sus cuerpos policiales. Unos pocos estallidos de violencia y el Estado ya podría mostrarse al mundo como pacificador diciendo: «¿Veis como Cataluña es un país inmaduro y violento que no puede ser un Estado? ¿Veis como yo, España, que soy madura y pacífica, me veo obligada a intervenir para poner orden?»

Mientras se nos dice que Cataluña no tiene derecho a decidir por sí misma porque la ley española no lo permite. Como si la democracia y los derechos humanos hubieran supeditarse a la ley y no la ley a la democracia y a los derechos humanos. Por eso Juan Carlos Girauta, una de las voces de Ciudadanos, partido ultranacionalista español, dice barbaridades como que Carme Forcadell, presidenta de la ANC, «será responsable de todo lo que suceda en Cataluña en términos de violencia» y le acusa de estar «organizando un golpe de Estado». Sí señor. Franco habría dicho exactamente lo mismo. Pero como lo último que se puede esperar de alguien así es sentido de la medida, añade -Girauta- que Òmnium Cultural tiene «asesinos» en sus órganos de dirección. Este es, por tanto, el nivel de los enemigos de los derechos nacionales de Cataluña, este es el nivel del ultranacionalismo español que el pasado 12 de octubre se manifestaba entre falangistas y «brazos en alto».

Con todo, no debemos interpretar estas barbaridades, como un ataque a los derechos nacionales de Cataluña -rebuznos de asno no llegan al cielo-, sino como una expresión de rabiosa impotencia intelectual ante la firmeza de todo un pueblo que se niega a caer en provocaciones. Detrás de estas llamadas encubiertas a la violencia, detrás de estos llamamientos enmascarados contra los demócratas catalanes que tengan la osadía de querer votar, no hay nada más que frustración, mucha frustración. Comenzaron criminalizando el derecho de decidir, continuaron criminalizando las urnas, y ahora, enloquecidos de despecho por el adiós de Cataluña, han acabado criminalizando la democracia y haciendo suyos los edificantes argumentos de los esclavistas. Decía el dueño al esclavo: «Un negro no puede votar, un negro no puede decidir, un negro sólo puede obedecer. No puedes ser libre porque la ley te lo prohíbe, y la ley soy yo». Son hijos del siglo XIX que evolucionaron un poco hasta llegar a 1939. De allí ya no han pasado.

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