La independencia de los Países Bajos: un «proceso» de ochenta años

¿Cuánto puede tardar un pueblo en alcanzar la independencia? Los politólogos suelen poner muchos ejemplos de independencia exprés, obtenida de forma relativamente rápida por varios estados actuales bastante jóvenes. Sin embargo, la historia nos demuestra que no siempre es así y que la creación de un nuevo estado independiente puede llevar años, incluso décadas. Valga el ejemplo de los Países Bajos.

1. Los duques de Borgoña

Tres estados europeos actuales -Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo- en el siglo XVI se encontraban bajo la soberanía de los duques de Borgoña. Conformaban, sin embargo, un mosaico de 17 “provincias”, cada una de las cuales gozaba de una importante autonomía, ya que contaba con unos estados provinciales (una especie de parlamento), unas leyes y una administración propias, formada por un ‘stadhouder’ o gobernador auxiliado por sus consejeros.

En 1515, al llegar a la mayoría de edad, Carlos de Habsburgo asumió el gobierno de los Países Bajos. Poco después, además, heredó también otros reinos, entre ellos las coronas de Castilla y Aragón, y fue elegido emperador germánico. En esta vasta monarquía, formada por territorios muy distintos que ahora compartían un mismo soberano, los Países Bajos no terminaron de encajar bien.

Durante la primera mitad del siglo XVI, todavía hubo cierta estabilidad. Al fin y al cabo, Carlos, nacido en Gante y criado en Malinas, hablaba francés y neerlandés, había otorgado cargos importantes a los nobles flamencos y se pasó la vida de arriba para abajo recorriendo sus dominios europeos. Las cosas cambiaron con la abdicación de Carlos V, en Bruselas, en enero de 1556. Felipe, el sucesor, todavía permaneció en los Países Bajos tres años, cuando zarpó hacia la península Ibérica, de la que ya no volvería a salir nunca más.

En 1561, el rey decidió fijar la corte en Madrid, una villa de mediana importancia convertida de repente en la capital de una monarquía casi planetaria. La imagen que el historiador Fernand Braudel acuñaría posteriormente ha hecho fortuna: Felipe II, en Madrid o en el monasterio de El Escorial, fundado por él, controlándolo todo como una araña en medio de la telaraña. Sus súbditos borgoñones lo percibían cada vez más lejano e indiferente a su suerte, lo que les llevó a la insurrección de 1568.

2. Tres causas para una rebelión

Tres son las causas de la rebelión de los Países Bajos contra la Monarquía Hispánica. La primera era económica. A lo largo del siglo XVI, los Países Bajos se habían convertido en el centro del comercio europeo. La economía castellana, de base ganadera, era incapaz de retener las cantidades jamás vistas de oro y, sobre todo, plata que llegaban desde América. «Somos las Indias de los extranjeros» decían algunos pensadores españoles, equiparando el expolio que se perpetraba en América con lo que ellos mismos sufrían cuando veían cómo escapaban de sus manos los mejores beneficios del comercio intercontinental.

Menos aún lograba participar de esta riqueza una Corona de Aragón que había perdido su esplendor comercial de tiempos pasados ​​por la dureza de la larga crisis medieval y por el desplazamiento de los grandes ejes comerciales del Mediterráneo al Atlántico a partir de 1492. Tampoco el pequeño reino de Portugal podía controlar financieramente el comercio de las lucrativas especies proveniente de sus colonias en India e Indochina. Con aproximadamente siete millones de habitantes, la Península Ibérica no era un mercado suficiente para tanta opulencia.

Así que, a través de la llamada ‘ruta de la plata’, buena parte de los metales preciosos y las especias era llevada a los puertos cantábricos y, desde allí, en barco, al verdadero nódulo de la economía mundial: los Países Bajos, un territorio llano, con más de tres millones de habitantes, bien comunicado, con una densa red urbana, que redistribuía todo tipo de productos entre el norte y el sur de Europa.

El segundo motivo que distanció a las élites cada vez más prósperas de los Países Bajos de la Corona fue político: a pesar de su potencia económica, ni la burguesía ni la nobleza flamencas sacaban mucho provecho de formar parte de la Monarquía Hispánica. No podían comerciar directamente con América, puesto que la Corona había impuesto el monopolio del puerto de Sevilla en todos los intercambios transatlánticos. El rey ponía trabas en la salida de metales preciosos de Castilla. Y los grandes cargos de la monarquía, como virrey o consejero, estaban prácticamente monopolizados por la nobleza castellana. La política imperial no tenía en cuenta los intereses de sus súbditos flamencos.

El tercer motivo de la revuelta fue religioso. La extensión del protestantismo al Imperio germánico a partir de 1517, con la ruptura provocada por Martín Lutero, había constituido una auténtica pesadilla para Carlos V, que durante años se había afanado sin éxito para ponerle fin. Más difundida todavía resultaría la obra de Juan Calvino, que en la ciudad suiza de Ginebra quería crear un modelo de sociedad cristiana que pudiera contraponerse a la corrompida Roma de los papas. Calvino escribía en latín y en francés, las lenguas más conocidas en la Europa de la época, y su movimiento tenía un fuerte componente proselitista y antimonárquico.

El calvinismo se expandió por los Países Bajos y fue rápidamente adoptado como religión por buena parte de las élites, especialmente en las provincias del norte. Felipe II, que se presentaba por todas partes como el paladín del catolicismo, intentó impedirlo con una activa política confesional: multiplicó el número de obispados, para vigilar de cerca la ortodoxia de sus súbditos y convirtió en ley las normas católicas aprobadas por el concilio de Trento, lo que equivalía a ilegalizar a los protestantes. Pero el rey se topó con un límite: la población rechazó todas las tentativas de implantar una inquisición “a la española”.

3. El estallido de la revuelta

La cuestión religiosa fue, como tantas veces en la edad moderna, el detonante de la revuelta, pero no sería justo reducir ésta a un problema puramente confesional. Sin la disociación que se había ido produciendo a mediados del siglo XVI entre la Corona y los Países Bajos por motivos económicos, sociales y políticos, la duración y profundidad del movimiento contra la monarquía seguramente no habrían sido las mismas.

En 1566, en medio de una crisis de abastecimiento de cereales y otros productos, estalló la revuelta iconoclasta. Los protestantes no aceptaban el culto a los santos ni a la Virgen y consideraban blasfema e idólatra la profusión de imágenes de estos personajes que existían en las iglesias católicas. En agosto de 1566, grupos enfurecidos de calvinistas las asaltaron y destruyeron los cuadros y las esculturas de los santos.

Avisado de los hechos, Felipe II optó por la mano dura: los tercios españoles, las temidas tropas de élite que habían ganado las guerras de Italia, recibieron la orden de desplazarse a los Países Bajos bajo el mando del duque de Alba, el cual fue nombrado gobernador en sustitución de Margarita de Parma, hermanastra del rey. Había un punto de degradación en la medida: aunque era un hombre de la máxima confianza del monarca y de la más alta nobleza castellana, Alba no era de sangre real.

Asentado en Bruselas, el duque llevó a cabo una represión feroz a través de la creación de un tribunal de excepción, el ‘Conseil des Troubles’, que, además de aplicar una represión sumarísima, violaba todo el sistema judicial flamenco. Incluso los líderes de la nobleza católica fueron ejecutados, pero no el príncipe de Orange, Guillermo de Nassau, calvinista, que logró exiliarse a Alemania.

La crueldad de Alba, lejos de someter a los indisciplinados, sólo sirvió para generalizar la indignación y atizar el fuego. Y, para remachar el clavo, el aumento de los impuestos para sufragar la presencia de los soldados sobre el territorio incrementó el descontento. La revuelta de 1568, liderada por Guillermo de Orange y ya con una motivación claramente política, fue aún mucho más dura y general que los ataques a las iglesias de 1566.

A partir de 1568, los Países Bajos se convertirán, por decirlo en términos contemporáneos, en el Vietnam o Afganistán de la Monarquía Hispánica, la potencia política y militar hegemónica del momento. Durante décadas, Europa verá desfilar una interminable recua de tropas —y de caudales para pagarlas— en dirección a Flandes. El llamado ‘camino español’ atravesaba Cataluña por el camino real, desde Lleida hasta Barcelona, ​​donde los soldados y el dinero eran embarcados hacia Génova, que era un aliado hispánico. A través de Milán, algunos valles alpinos seguros y el Franco Condado, los tercios llegaban a Flandes.

Por eso la historiografía neerlandesa habla de la guerra de los Ochenta Años, el período que va de la revuelta de 1568 al reconocimiento de la independencia en 1648. Sin embargo, no se trata de un período bélico continuado, sino más bien de un ambiente constante de tensión y hostilidades, a veces de bajo perfil, a veces en forma de lucha abierta.

4. Las Provincias Unidas

Durante décadas, los mejores militares y políticos al servicio del rey de España fueron enviados a los Países Bajos, sin éxito. Se alternaron momentos de represión militar con iniciativas conciliadoras, pero nunca se logró la pacificación del territorio. El dominio del rey quedaba asegurado por la presencia constante de los ejércitos. Sus excesos, en especial el saqueo de la próspera ciudad de Amberes en 1576, en el episodio conocido como “la furia española”, los hicieron particularmente odiosos a la población.

Las hostilidades fueron diseñando un mapa más claramente acotado. La nobleza y el clero católico del sur de los Países Bajos, preocupados por las tendencias republicanas y calvinistas que dominaban el movimiento rebelde, se reagruparon en la unión de Arras (1579) y consiguieron el respeto de las libertades provinciales a cambio del reconocimiento de Felipe II como soberano y del mantenimiento del catolicismo. La respuesta calvinista fue la unión de Utrecht (1580), formada por las siete provincias del norte de los Países Bajos, lideradas por Holanda.

El enfrentamiento de un bloque meridional, católico y monárquico contra otro septentrional, calvinista y republicano, conocido en lo sucesivo como Provincias Unidas, tendrá dos consecuencias muy claras: la primera, que el teatro fundamental de operaciones militares será la franja central de los Países Bajos, es decir, una zona llana, muy urbanizada, en la que la evolución de grandes cupos de tropas en campaña es muy difícil. Resultará una penosa guerra de desgaste y de trincheras, donde las ganancias territoriales, en extensión, eran reducidas. Los ejércitos de uno y otro bando asediaban ciudades bien fortificadas que podían resistir durante meses. Es así como las llanuras de Flandes se convirtieron en banco de pruebas para todo tipo de innovaciones técnicas y tácticas, y para formar soldados y mercenarios venidos de todas partes.

La segunda consecuencia de la clarificación de los bandos internos es la decantación de las alianzas con los demás estados. Los ingleses -anglicanos- apoyarán a las Provincias Unidas sobre todo por la afinidad religiosa entre protestantes, lo que dará una especial relevancia a la guerra marítima por el control del canal de la Mancha y de los accesos a los puertos principales. Los franceses también enviarán soldados y recursos a los rebeldes, porque era una forma de desgastar a su gran enemiga, la casa de Austria.

Agotado financiera y psicológicamente después de años de lucha, al final de su reinado Felipe II intenta una operación pacificadora. En 1595 cede la soberanía sobre los Países Bajos a su hija Isabel Clara Eugenia, que se casa con el archiduque Alberto de Austria. Éste, entonces cardinal y arzobispo de Toledo, es autorizado por el Papa a colgar los hábitos y hacerse cargo de esta nueva responsabilidad. Si el nuevo matrimonio hubiera tenido hijos, se habría creado en Europa una tercera rama reinante de los Habsburgo, además de las de Viena y Madrid. Era una forma de dar independencia a los Países Bajos sin sustraerlos de la órbita de la dinastía. Sin embargo, el matrimonio no tuvo descendencia y, según las cláusulas establecidas por Felipe II, a la muerte de los cónyuges los Países Bajos volvieron a la Monarquía Hispánica.

5. De la tregua a la guerra

Entonces ya era rey Felipe III, que, por las buenas o por las malas, con unos reinos ibéricos consumidos por la guerra y la crisis económica, intentaba desplegar una política menos belicista que su padre. En 1609 el monarca acordó la llamada ‘Tregua de los Doce Años’. Las cesiones del soberano a cambio de la paz eran importantes y, en cierto modo, humillantes, dado que no se trataba de un tratado diplomático internacional, sino de la negociación entre un rey absoluto y los súbditos que, en teoría, le debían vasallaje. La Monarquía Hispánica reconocía la personalidad jurídica —pero no la independencia— de las Provincias Unidas, renunciaba a pedir que se autorizara el culto católico en las provincias del norte y, sobre todo, no impediría la expansión comercial neerlandesa en las colonias portuguesas, que había permitido a ls Provincias Unidas controlar el lucrativo comercio de las especies.

A principios del siglo XVII, éste se había convertido en un importante problema que se añadía a los agravios acumulados por la historia. El fin de la dinastía Avis sin descendencia había llevado, en 1580, a la proclamación de Felipe II como rey de Portugal. La unión de las tres coronas ibéricas bajo un mismo cetro y, lo que es más relevante, de sus colonias, había creado una potencia política sin igual —si exceptuamos, tal vez, el Imperio chino. Decir que en los reinos de Felipe II no se ponía el sol no era ninguna exageración. De rechazo, ahora el rey también era responsable de mantener el monopolio portugués del comercio europeo con Asia.

Pero la penetración de la burguesía de los Países Bajos en las rutas de las especies se convierte en un dominio casi absoluto a partir de la creación de la Compañía de las Indias Orientales en 1602. La VOC, como era conocida por sus siglas en neerlandés, ofreció el modelo más acabado de combinación entre capital privado y poder político. Por una parte, era una sociedad anónima con una amplia participación de la población. Los dividendos generados, distribuidos con gran capilaridad social, eran la causa de la prosperidad y de la estabilidad social de ese incipiente capitalismo. Por otra parte, las autoridades y los buques de guerra holandeses garantizaban a la VOC el monopolio del comercio con sus factorías en el Índico.

Sin embargo, las Provincias Unidas presentaban también algunas brechas. La nueva entidad política republicana no había logrado una completa estabilidad institucional. En una Europa donde la monarquía absoluta era la norma, la influencia del ‘stadhouder’, el jefe del ejército, era muy grande, más aún en un contexto bélico. Éste había sido el cargo de Guillermo de Orange, que después se había mantenido en su familia. Los Orange y sus seguidores buscaban una mayor centralización y agilidad ejecutiva. Aún así, los sectores más tradicionalistas querían mantener la preeminencia como centro de decisión de los estados generales, en los que estaban representados los gobiernos de todas las provincias, controlados por las clases dirigentes urbanas. En cada provincia, la tensión se reproducía entre los Estados Provinciales y el correspondiente ‘stadhouder’ provincial.

A principios del siglo XVII, esta tensión política se incrementaba, una vez más, con una seria discrepancia religiosa. El calvinismo holandés estaba dividido en dos grupos, los gomaristas y los arminianos, que interpretaban de forma diferente los dogmas. En una sociedad tan profundamente confesional como la neerlandesa, la disputa tenía un profundo impacto social. Políticamente, los gomaristas estaban encabezados por Johan van Oldenbarnevelt, desde 1586 abogado de los Estados Provinciales de Holanda, la provincia más importante de la Unión. La Casa de Orange-Nassau, en cambio, era arminiana.

En 1618, el ‘stadhouder’ Mauricio de Orange-Nassau dio un auténtico golpe de estado. Consiguió la prohibición del gomarismo, la expulsión de sus adeptos de las instituciones y la ejecución de Oldenbarnevelt, acusado de traición. El belicismo de Mauricio sería determinante para que en 1621 no se renovara la Tregua de los Doce Años. Por el otro lado, el conde duque de Olivares, favorito del nuevo monarca Felipe IV, coronado en 1621, también era partidario de una política hispánica mucho más agresiva. Para él, la Tregua de 1609 era un signo de debilidad que perjudicaba la reputación internacional del rey en una Europa que yuxtaponía varios litigios internacionales y se encaminaba hacia una guerra dolorosa, larga y generalizada. Ni Olivares ni Orange ni otros tantos responsables del desencadenamiento de aquella conflagración podían pensar que todo el continente viviría treinta años de destrucción y desolación. Cataluña, con la guerra de los Segadors, no quedó excluida.

6. Ochenta años después, la independencia

Así, la reanudación de las hostilidades en los Países Bajos en 1621 se sumó a la contienda que había comenzado entre católicos y protestantes en Bohemia en 1618. Sin embargo, dentro de esta “guerra de guerras”, como ha sido a menudo calificada la guerra de los Treinta años, el conflicto de los Países Bajos mantendría su singularidad. Y, finalmente, la disputa por la hegemonía política europea entre Luis XIV de Francia y Felipe IV conduciría a éste a reconocer jurídicamente la independencia de las Provincias Unidas en la Paz de Westfalia en 1648. El rey, sin embargo, se negaría a aceptar la independencia de Portugal, que, como Cataluña, se había levantado contra la política centralista de Olivares en 1640. Resignándose a los hechos consumados, lo haría su sucesor, Carlos II, en el Tratado de Lisboa (1660).

En cambio, el Principado de Cataluña volvería a la Monarquía Hispánica por la fuerza de las armas, al precio de ceder a Francia el condado de Roselló y media Cerdanya, según el Tratado de los Pirineos (1659). También serían francesas la provincia de Artois y parte de Hainaut, en los Países Bajos del sur, los que habían permanecido bajo la obediencia hispánica y que, desde entonces, se convertirían en el objeto continuo e indisimulado del deseo expansionista de Luis XIV durante toda la segunda mitad del siglo XVII.

Publicado el 2 de enero de 2023

Nº. 2012

EL TEMPS