Naturalmente que la guerra ya es un hecho. Naturalmente que España ha declarado oficialmente la guerra a Cataluña y a partir de ahora los combates serán directos, feroces y periódicos. Se dirá que ya hace años que estamos en guerra, y es cierto. Pero hasta ahora se trataba de una guerra fría, de una guerra de tensión mortecina. Ahora, en cambio, la guerra es a campo abierto y Cataluña, como pedía Espartero, regente del Reino de España, en 1842, y como remachaba Gregorio Peces-Barba, padre de la Constitución Española, en 2011, volverá a ser bombardeada y el fuego de la artillería será indiscriminado. Que nadie sufra por su vida, pero. No se trata de una guerra con violencia física. Armada sí, porque la parte española tiene ejército y tanques, pero no sangrienta, porque en el marco de la Unión Europea no podrá utilizarlos nunca contra el pueblo catalán. La guerra que nos han declarado es de otro tipo, es una guerra más perversa aún, porque se disfraza de paz para acabar definitivamente con la nación catalana, con su cultura y con su lengua.
Y esto es así porque el absolutismo ha descubierto que en el siglo XXI no hace falta mancharse las manos con sangre para destruir un pueblo, basta con decir que el oprimido es una alfombra y poner los pies encima para aplastarlo. La guerra, sin embargo, es una buena señal, porque quiere decir que hay millones de catalanes conscientes de que Cataluña es una nación, no una alfombra, y que no se detendrán por más cruento que sea el bombardeo español, pleno de mentiras, de calumnias, de amenazas, de insultos, de ataques personales, de impago de deudas, de medidas coercitivas, de aumento de la expoliación y de persecución de ayuntamientos insumisos. Todo lo contrario. Cuanto más virulenta es la catalanofobia más fuerte es la catalanidad.
Tampoco hay que sobredimensionar los nueve escaños de Ciudadanos. Las ganancias de esta formación son las pérdidas del PSOE de Cataluña y del PP, y, además, en el cómputo global de los tres, han perdido un escaño y se han debilitado. Sería ingenuo, por otra parte, pensar que el españolismo no sacaría las garras cuando Cataluña decidiera cambiar su estatus de pueblo sometido por el de pueblo libre. Cuando el sujeto es sumiso, el dominador puede dormir la siesta tranquilo. Incluso puede dejar abierta la puerta del campo de prisioneros. Sabe muy bien que la presa no volará. Pero, claro, cuando ésta descubre que tiene alas y comienza a hacer ejercicios de vuelo, el dominador se alarma porque se da cuenta que no habrá muro ni alambrado suficientemente altos que impidan la fuga. La guerra, por tanto, ha comenzado y lo que vimos y escuchamos los últimos meses de 2012 sólo fue una pequeña sombra de lo que veremos y oiremos a lo largo del 2013.
En 1999 quise cerrar mi libro «Yo no soy español» con una frase del querido Joan Brossa que me pareció premonitoria: «Ahora está saliendo todo lo que Franco preparó, ahora se está poniendo en práctica toda la línea de actuación que él trazó». Y realmente es así. Visto con ojos de hoy, el franquismo disfrazado de democracia de 1999 nos puede parecer tibio, pero Brossa no se equivocaba. El franquismo -Franco murió, pero el franquismo no-, tenía y tiene como principio máximo la «indisoluble unidad de España», y antes provocará su autodestrucción que renunciar a ella. Y de este franquismo contemporáneo, están empapados incluso muchos de los que en vida del dictador se llamaban antifranquistas. Eran antifranquistas por principios sociales. El franquismo era de derechas y dictatorial y ellos eran de izquierdas y progres, pero lo que para ambos bandos resultaba incuestionable era «la lengua común» y «la unidad de España».
Por eso estos dos principios doctrinales siguen siendo sagrados, tanto si manda el PP como si manda el PSOE, por eso Franco murió en la cama de muerte natural, por eso no hubo «ruptura» y todo quedó en «reforma», por lo que no hubo ningún proceso judicial contra un régimen que cometió miles de crímenes contra la humanidad, por eso los asesinos continuaron haciendo vida normal y muchos de sus dirigentes permanecieron en la política activa u ocuparon cargos relevantes, homenajeados incluso el 2010 por la izquierda catalana, por esto, treinta y ocho años después de la muerte de Franco, hay un tripartito españolista en el Parlamento catalán, por eso, afortunadamente, han conseguido lo contrario de lo que pretendían y han despertado la conciencia nacional del pueblo de Cataluña, por eso nosotros somos mayoría y ellos son minoría. Por ello, en definitiva, su guerra contra nuestra libertad es una guerra perdida.








