Cuando tuvo lugar la caída del muro del Muro de Berlín, pareció iniciarse otra época. Se pensó en un nuevo orden mundial, presidido por la superpotencia occidental que había liderado la lucha en contra del bloque soviético. Nadie en Occidente quería ver que pudieran surgir potencias emergentes –hasta el momento discretas- que a la larga llegasen a cuestionar la nueva hegemonía de U.S.A. y sus fieles aliados europeos.
El nuevo escenario parecía de mayor accesibilidad a las pretensiones occidentales. La guerra contra Irak desencadenada por G.Bus padre, motivada en la invasión de Kwait por parte de Sadam Hussein, parecía indicar las soluciones que implementaría Occidente en los conflictos internacionales que pudieran surgir en el futuro. La desaparición del Bloque comunista no despejaba la posibilidad de conflictos. Es cierto que se preveían lejanos; al menos los que pudieran llevar a una guerra de grandes dimensiones que implicasen a grandes potencias. S.Hutchingson preveía la emergencia de China, finalmente enfrentada a U.S.A. y Occidente por la hegemonía en Asia central. Diseñó lo que él mismo llamó la guerra de Civilizaciones, como un enfrentamiento que se basaría en diferencias de cultura. La religión, en muchos casos, y diferencias históricas marcaban los frentes; especialmente cuando los enemigos de Occidente podían ser los musulmanes.
El escenario internacional que se configuró, convirtió al territorio que va de Asia central hasta el Golfo pérsico en el espacio de mayor conflictividad a nivel mundial. Otro analista americano Z. Brezinski destacó el interés de tal espacio para cualquier potencia, por la localización en el mismo e inmediaciones de las mayores reservas energéticas y otras materias primas, imprescindibles para las potencias que tenían aspiraciones a formar parte de los grandes mundiales.
Occidente, liderado por Norteamérica, ha intervenido en este escenario, quizás con la mirada puesta en adelantarse a sus contrincantes. La intervención en Afganistán fue justificada por G. Bus hijo por el atentado contra las torres gemelas neoyorkinas. Ben Laden y los talibanes afganos fueron convertidos en arquetipo del musulmán fanático, decidido a poner fuego al Mundo occidental, lanzando al conjunto de los musulmanes en su contra. Se pretendía que los occidentales percibiesen lo musulmán como un elemento poco fiable, decidido a tomarse la revancha histórica de la colonización, con planteamientos colectivos los más alejados de los valores occidentales de libertad individual y democracia, con el agravante de encontrarse asentado en el interior de nuestro mundo desde hace varias generaciones.
El segundo asalto occidental tuvo lugar sobre Irak, territorio de notable riqueza petrolera. Se procedió a la demonización de Sadam Hussein –perdonado en 1991-. Ahora se le acusó de disponer de armas de destrucción masiva, que representaban un arma a utilizar contra los occidentales en un futuro próximo, además de su vinculación con
En el horizonte parece que ha llegado la hora del Irán de los ayatolas. Es otro trozo del territorio de características similares por su riqueza petrolera. En el puzle que previó el citado Brezinsky los ayatolas podían llegar a ser aliados de U.S.A. frente a China. Ahora se les hostiga por suponer que se encuentran decididos a elaborar la bomba nuclear. Se insiste en la ilegalidad de la pretensión, por contradecir el tratado de no proliferación de armas nucleares, a pesar de las reiteradas negativas al respecto de la autoridades iraníes.
Dejando a un lado las diferentes varas de medir utilizadas por Occidente, resulta obligado insistir en la complejidad geoestratégica a que se ha llegado en esta parte del Mundo. Es difícil predecir el desarrollo de los acontecimientos. No obstante no se aprecia solución inmediata. Nos encontramos ante una guerra abierta –Afganistán- de la que no se ve el final, ni cómo será este. El desorden irakí representa igualmente el fracaso estratégico de la intervención. La posible acción en contra de Irán agrandaría el problema en unas dimensiones que podrían llevar a U.S.A. a una derrota franca. Si no Al-Qaida, los talibanes han logrado llevar al conflicto a Pakistán; por todas partes queda en evidencia la estrategia intervencionista, impulsada por ciertas élites norteamericanas demasiado confiadas en el poder de la superpotencia. Podría ser un síntoma de decadencia imperial, si no por la pérdida de potencia en términos absolutos, sí por el crecimiento en este terreno de potencias emergentes.
Al final la realidad parece haber colocado las cosas en su sitio. El previsto conflicto de civilizaciones que se centraría en el enfrentamiento de modos diferentes de contemplar la realidad –musulmán y occidental- pone de relieve el aspecto geoestratégico de la cuestión. El extremismo musulmán en su vertiente de Al-Qaida parece tener relativo arraigo en determinados grupos ligados a Ben Laden. El temor a la difusión de sus planteamientos en el mundo árabe norteafricano parece poco fundado; no ya por la eficacia de la represión misma, cuanto por la desconfianza que puede existir en las más amplias capas de las sociedades musulmanas frente al extremismo fundamentalista. Lo que queda es el escenario asiático convulso. En este escenario pueden tener más importancia los intereses encontrados de diferentes colectividades –chiitas y sunitas, por ejemplo- al igual que las diferencias estatales –Irán contra Irak, o contra Paquistán- que la presumida afinidad religiosa de principio. De ser así las cosas, la actuación occidental es distorsionante y la única manera de resolver los problemas se encuentra en las manos de los propios territorios, todo lo más ayudados por los mismos países de la liga árabe y musulmanes en general.







