La excavadora amarilla

EL 16 de noviembre de 1936, los que simpatizaron con el levantamiento franquista en Navarra asesinaron a mi abuelo. Ese día no fue el único que sufrió el infortunio de esa salvaje irracionalidad. Julián, no acudió solo a este último paseo. Otros vecinos de Arguedas, otros republicanos y anarquistas, junto con otros inocentes, fueron asesinados también. Ese mismo día, y otros, las cunetas, las paredes de los cementerios, los descampados y los bosques se mancharon de sangre en otros lugares. De sangre roja que hoy, 76 años después, todavía alimenta la tierra señalando el delito de lesa humanidad que muchos herederos del franquismo se niegan a reconocer, sonrojando su religiosidad, su moral, su política y su disfrute material. Aunque no lo quieran, cuando se avergüenzan -y solo algunos-, se ponen rojos de rabia. Ese es su estigma: llevan dentro el delito cuando se les recuerda que los suyos asesinaron.

 

Los hechos que voy a narrar no comprenden ni toda la realidad ni toda la irrealidad. Es imposible. La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con las generaciones anteriores, es uno de los elementos más característicos entre los vencedores. Hoy, en su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres de este principio de siglo, crecen en una suerte de presente generalmente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en que viven, debido a la manipulación de los hechos del pasado. Fundamento que otorga a los historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor transcendencia de la que han tenido nunca. El pasado es parte de nuestro presente permanente. Los elementos del bando perdedor en aquella guerra o vinculados a ellos no solo fueron silenciados, sino prácticamente borrados de la historia y de la vida intelectual, salvo en su papel de enemigo que enfrenta al bien con el mal.

 

Desde luego que hay que depurar los datos que la memoria familiar nos transmite, pero no debemos rechazar que cualquier acontecimiento de represión a un solo miembro de la familia repercute en el recuerdo de todo el conjunto. No en vano, la memoria familiar ha sido definida por Josefina Cuesta como «el conjunto de recuerdos relativos al pasado de su grupo de origen que cada individuo conserva en su interior». Por eso, todo lo que sé sobre los hechos sucedidos respecto a aquel paseo de noviembre del 36, entre Arguedas y Azagra, siendo de tradición oral y familiar, puede ser o no. Pero el final es mío. Cuando aquella luminosa mañana primaveral de 1979, una excavadora amarilla adornada con el óxido de la intemperie, arañaba y mordía con su pala, sin rabia, con el cariño de una mano amiga, el suelo que acogía los cadáveres, yo no asimilaba lo que estaba ocurriendo. Pero al tiempo asomaron unas cabezas entre blancuzcas y amarillentas, casi ocres, engalanadas con las mejores joyas de los asesinos: el tiro de gracia. Y la situación cambió, para mí y para todos los presentes. Las emociones guardadas por el silencio obligado y las lágrimas desconsoladas del descanso se derramaron, juntando sangre y lloro en el mismo lugar de la muerte, forjando en el recuerdo un encuentro desesperado entre vivos y muertos. Son hechos de los que fui testigo presencial y eso nadie me lo puede arrebatar. Trasladarlos a la opinión pública no esconde ninguna intención, tan solo el deseo de que todo esto no se nos olvide a ningún familiar, tanto de fusilados como de verdugos.

 

No se puede entender la crueldad que mostraron los falangistas, requetés y franquistas en la Ribera navarra durante la Guerra Civil y la posguerra del 36, sin aproximarse a las desamortizaciones del siglo XIX. Este no es lugar adecuado para profundizar en ello, pero sí para una mirada superficial, puesto que fue el recurso más influyente en la ya próxima transformación social. Este paso contribuyó decisivamente a la creación de grandes superficies privadas por la reducción del patrimonio municipal, beneficiando a las oligarquías locales en perjuicio de los vecinos sin propiedad que hasta entonces disfrutaban de los bienes comunales. La venta de tierras para que obtuvieran recursos las haciendas locales y la desamortización contribuyeron a reforzar el poder económico y social de la oligarquía burguesa que tenía el control de las instituciones, lo que produjo mayor polarización social. Como vemos, un estilo de máxima actualidad con los mismos actores pero con denominaciones distintas. Contra esto lucharon muchos campesinos, y muchos fueron asesinados por ello.

 

Los vecinos jornaleros de la Ribera y algunos municipios de la zona media estaban a merced de la contratación temporal e irregular, privados de gran parte de los aprovechamientos comunales. Esta situación de grave problema social produjo protestas colectivas en las que los conocidos como comuneros sostuvieron la titularidad pública de las fincas, su vuelta al común y el derecho al aprovechamiento como bienes comunales, a roturar y cultivar las corralizas, por entender que los corraliceros solo ostentaban derechos limitados a los aprovechamientos de pastos y aguas para los rebaños. Esto era lo que reclaman los que pensaban como mi abuelo Julián: la redistribución de una riqueza requisada por los terratenientes.

 

Sobre este magma se iba tejiendo una trama de intereses, envuelta en un lenguaje de crispación, violencia y belicismo cuya consecuencia inmediata fue la guerra. Hobbes dijo que los hombres ocultarían o incluso pondrían en duda los teoremas de la geometría si estos chocaran con los intereses políticos de la clase gobernante. Y eso fue lo que ocurrió. Desde luego, que no fue la cuestión agraria únicamente la que condujo al país hacia la guerra, otras muchas se le sumaron. Fractura social, educación, Iglesia y Ejército demandaban su protagonismo, en contra de la redistribución que demandaba una sociedad que intentaba progresar igualándose. Estas problemáticas se asociaron a unos cuerpos militares parasitarios, golpistas y oportunistas, del que todavía no habían desaparecido las estructuras semifeudales heredadas del colonialismo, ligados a los grandes propietarios y a la jerarquía del clero. Por fin, la guerra estalló involucrando a todos los ciudadanos. Una guerra que utilizó un armamento preparatorio para la II Guerra Mundial, causando un elevadísimo nivel de destrucción, dominando y transformando por completo la vida del país. La determinación de Franco de conseguir una victoria total luchando hasta el final sin importar el precio ni la cantidad de víctimas que eso podría costar, dejó su impronta permanente. Sin ella es difícil explicar la creciente brutalidad e inhumanidad de su gobierno.

 

Por eso, peor incluso que la guerra, iban a ser sus consecuencias. La experiencia contribuyó a brutalizar la guerra y la política, pues si en la guerra no importaban la pérdida de las vidas humanas y otros costes, ¿por qué debían importar en la política? Muchos odiaban la guerra; sin embargo, algunos veteranos que habían vivido la experiencia de la muerte y el valor sin rebelarse contra la guerra, desarrollaron un sentimiento de indomable superioridad, especialmente con respecto a las mujeres y a los que no habían luchado, que definiría la actitud de los grupos ultraderechistas después de la guerra. Silenciando y aterrorizando de tal manera a los derrotados, que hoy todavía se reconocen entre nuestros mayores. Ejemplo de ello es la reciente exhumación de unos fusilados en un paraje de Antxoriz.

 

El futuro había sido postergado y el presente era una realidad amarga para los derrotados. Y aunque el pasado es irreparable, nuestra labor fundamental es recuperarlo. No para juzgar, sino para comprender incluso lo que resulta más difícil de aprehender. Ignoramos qué ocurrirá a continuación y cómo será el futuro, pero sabemos con certeza que este pasado reciente es el que nos ha dado forma.

 

La única generalización absoluta sobre esta historia es que perdurará en tanto cuanto exista la raza humana. Ellos se sonrojarán y yo seguiré mirando emocionadamente todas las excavadoras amarillas.

 

http://www.noticiasdenavarra.com/2012/11/24/opinion/tribuna-abierta/la-excavadora-amarilla