Permítanme que les haga leer hoy una larga cita de otro diario, en concreto un fragmento de la editorial de un periódico español que pienso que es importante tener en cuenta en vista del momento político que pasamos. Habla de la oportunidad de sumar el catalanismo a las fuerzas progresistas del Estado español y me parece, después de lo que hemos visto hoy en las cortes españolas en el debate sobre el presupuesto, que es un texto importante.
Dice este editorial madrileño: «Hay una España mejor y hace falta que Cataluña se dirija a ella. Esto que os repugna a vosotros, diputados catalanes, hace tiempo que también repugna a muchos españoles. No tengáis en cuenta, pues, la insensatez que os pueda salir al paso, sino todo lo que se vive y se reclama desde la cordialidad con vosotros, haciendo un esfuerzo cada día y cada hora para que España deje atrás todo lo viejo, que no entiende el presente, que nos ha arruinado la vida hasta ahora. Hay millones de españoles dispuestos a encontrar la solución al problema catalán y entre ellos y esos que nos quieren hacer volver atrás a todos hay una incompatibilidad personal máxima, en cuanto a la política, en cuanto a los afanes. Por eso decimos a los catalanes que ahora es la hora de entendernos más y mejor que nunca y que por eso os pedimos una prudencia exquisita, para no errar la ruta».
Ayer, en este mismo artículo editorial (1), yo les explicaba la reacción dignísima de los diputados democráticos del parlamento de Hong Kong, que decidieron abandonar en bloque los escaños para denunciar que es imposible hacer política en las condiciones de injerencia de China sobre sus derechos, una injerencia fundamentada en el centralismo y la discriminación nacional. Y lo contrastaba con la forma en que los parlamentarios catalanes han aguantado y aguantan cada día la violación creciente de sus derechos -que en realidad, a través de ellos, son los nuestros-. Contraste que aún se vio más resaltado escuchando en parlamento español algunas expresiones de entusiasmo hacia aquella cámara, en la que se venía a decir que allí sí se puede hacer política, que allí sí que se pueden resolver los problemas reales de la gente.
Sin embargo, cuando escribía el editorial de ayer pasé por alto -y me lo señaló un lector- que en realidad hubo un momento en que algunos diputados catalanes hicieron algo parecido a lo que han hecho ahora los de Hong Kong, lógicamente salvando todas las distancias. Pasó en 1918. Entonces las cortes españolas debían discutir el proyecto de estatuto de la Mancomunidad de Cataluña, el precedente más inmediato de lo que en 1931 acabó siendo la Generalitat autonómica. Pero lo rechazaron, muy agriamente. Y, como respuesta, los parlamentarios catalanes dejaron vacíos los escaños y se volvieron a casa. En su nombre, Francesc Cambó escribió una carta al borbón de la época en la que decía: «El resultado de la sesión de ayer en las Cortes significa el fracaso de toda nuestra actuación en la política española y nuestro abandono de cualquier esperanza de que el problema catalán pueda tener solución alguna en España, una esperanza en la que yo había depositado todas mis ilusiones». Esto ocurría el 12 de diciembre de 1918; dentro de un mes hará ciento dos años. Que, francamente, es mucho tiempo.
Aquel gesto de los diputados catalanes en Madrid causó sensación y motivó un gran impulso, enorme, a lo que podríamos considerar un incipiente independentismo, o republicanismo, catalán. A los pocos meses, sin embargo, los diputados catalanes volvieron a las cortes españolas para dar una nueva oportunidad a aquella España diferente que algunos les prometían. Y ya saben que todo ello desembocó en la dictadura de Primo de Rivera. Del mismo modo que, años después, aquella república proclamada independiente por Macià acabó desembocando en cuestión de horas en una autonomía española, que pocos años después fue destrozada por una nueva dictadura, la de Franco. Ya no fue hasta acabada la dictadura de Franco cuando el discurso de la fraternidad, todo aquello de «ahora es la hora de entendernos», volvió a renacer. Para acabar desembocando en la destrucción del estatuto de autonomía de 2006 y en el golpe de estado del 155.
Y sin embargo ahora nos dicen que todo será diferente y que esta vez sí podría hacerse realidad eso que «hay millones de españoles dispuestos a encontrar la solución del problema catalán». Sinceramente, lo digo de verdad, a mí me gustaría mucho poder creerlo. Pero se me hace muy difícil de tragar, sobre todo cuando miro la fecha de este elocuente editorial que, amablemente, me he permitido presentarles hoy. Porque corresponde al diario ‘El Sol’ y se llevó a la imprenta el 13 de diciembre… de 1918.
PS1. Y digámoslo todo: el estatuto de autonomía de la Mancomunidad, imposible de encontrar en la web, preveía la ampliación del estatuto de las cuatro provincias a todos los Países Catalanes, porque entendía la nación como un todo posible. Y cada vez me parece más sugerente cuadrar la cronología de la reducción -voluntaria por parte del catalanismo- de la nación catalana al marco de lo que la administración española dice que es Cataluña con la cronología de la reducción de la idea de independencia a base de participar en la gobernabilidad del Estado español. El regionalismo lleva al regionalismo. Alguien podría hacer un gran libro sobre esto…
PS2. Tengo la sensación de que la Guardia Civil y los jueces quieren provocar un Altsasu en el País Valenciano. Los hechos de Benimaclet, primero, y de Pego, después, van en esta línea. Por eso les recomiendo la entrevista que Esperanza Camps hace a Andreu Moreno (2), el abogado de Alerta Solidaria encargado de ambos casos: «La policía necesitaba dar una imagen de macrooperación, que se desmantelaba algo».
(1) https://www.vilaweb.cat/noticies/hong-kong-diputats-abandonen-parlament/
(2) https://www.vilaweb.cat/noticies/la-policia-necessitava-donar-una-imatge-de-macrooperacio-de-que-estaven-desmantellant-alguna-cosa-parla-ladvocat-dels-antifeixistes-detinguts-a-pego-i-a-benimaclet/
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