La doblez del Nobel

Toda novela es «un testimonio cifrado; constituye una representación del mundo, pero de un mundo al que el novelista ha añadido alguna cosa: su resentimiento, su nostalgia, su crítica». Hace años descubrí esta frase y me encantó; después me enteré de que pertenecía a Mario Vargas Llosa, y eso aminoró mi entusiasmo. Recuerdo haberme leído al menos cinco libros suyos y me han gustado casi todos; me resulta más complicado simpatizar con sus opiniones. Esta molesta incompatibilidad entre el autor y la persona, además de probar mi vulnerabilidad a los discursos envueltos de literatura, me ha recordado otros casos de doblez. Columnistas hipersensibles que son unos mezquinos en la vida real; viejecitas inofensivas que traman escabrosas novelas negras; escritores bondadosos que escarban en la maldad ajena; autores malhumorados que dibujan protagonistas intachables e historias con final feliz. El propio Vargas Llosa ofrece una explicación inquietante: «Las buenas novelas sirven para descubrir todo aquello que quisimos ser y que inventamos para vivirlo de mentira». Como no tengo que sufrirlos de cerca, confieso que puedo omitir la supuesta personalidad de un escritor si sus historias merecen la pena. Otra cuestión es, claro, cuando no compensa ni su temperamento ni su obra, como explica el análisis sobrado de honestidad de Rafael Sánchez Ferlosio sobre Camilo José Cela: «Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no».

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