La clave no son los partidos, es la gente

Cuando hace una semana pregunté qué pasaría si el presunto partido del presidente no era ningún partido, ya avisé que una propuesta atrevida en el discurso de ayer podía hacer añicos toda la política catalana. Sin embargo, yo no era capaz de intuir el alcance del paso que Artur Mas dio ayer en el Foro. Pero con solo empezar a escucharlo capté una frase que me hizo mover de la silla y me puso en alerta: ‘No se puede devolver a los despachos lo que ya es de la gente, porque se lo ha ganado’. Atención a la idea, que creo que lo explica todo.

Mas ha insistido a menudo, y muchos convenimos en que el eslabón más débil del proceso independentista son precisamente los partidos. ‘Dinamita -dijo ayer-: la mezcla de la condición humana y la política’. Así pues, ¿qué puede garantizar mejor el éxito del proceso que hacer pivotar la etapa final no sobre el eslabón más débil, sino sobre la que se ha demostrado claramente más fuerte? Mas dice que ‘no se puede devolver a los despachos lo que ya es de la gente, porque se lo ha ganado’. Y es por eso, precisamente por eso, que hace una propuesta pensada para esquivar los despachos y abrir el parlamento. Para convertirlo en una especie de convención nacional, fuera del control y los intereses de todos los que forma parte del eslabón débil. Incluso fuera del control y los intereses de él mismo.

El Mas más cartesiano puso anoche el país ante el propio espejo. Sin contemplaciones ni gestos vacíos, con la precisión que reclaman los grandes actos. ¿Queremos hacer la independencia? Si la respuesta es que sí, que la queremos hacer, él propone un camino, que es muy nítido y que dura dieciocho meses. Puede haber más caminos, claro. Pero viendo esto que explica Mas es muy difícil pensar que si estos otros caminos quieren triunfar, si no son un ejercicio de marginalidad excelsa, puedan hacerse de una manera diferente a la que presentó ayer. Y será muy difícil, por tanto, el entender en que divergen y por qué.

Es cierto que ni aun así la propuesta de Mas convencerá a todos. Muy especialmente no convencerá a los que ya sabemos que no le darán nunca el visto bueno, nunca, haga que haga y diga que diga. Pero sólo desde la emotividad más parcial se puede negar seriamente que eso que hizo ayer Mas fue remover con elegancia la inmensa mayoría de los obstáculos que el eslabón débil de la cadena podía poner en el camino de la independencia. Y eso no es poco.

Sobre todo porque ni el partido, ni el gobierno, ni la ideología ni la persona del presidente son ya condiciones para nada. Y, por tanto, tampoco pueden ser ya la excusa de nada ni de nadie. Y no nos engañemos tampoco: tras el acto de ayer creo que ya no es útil reducir el debate de una manera simplista a preguntarnos si este partido ha quedado acorralado o si aquel otro se incorporará o no. Sobre la mesa hay ahora otro campo de batalla, completamente nuevo. Y sospecho que el debate sobre los partidos y qué deberían hacer ya no es ni siquiera el debate esencial. Y si no el tiempo lo dirá, que Mas creo que aprendió bien aprendidas algunas de las lecciones del 9-N. Esto no va de coaliciones…

En definitiva, el presidente de la Generalitat ayer hizo un gesto contundente y rotundo. Histórico. Tan histórico, por cierto, como ver la platea, aquella platea concreta tan definida y definitoria, gritando independencia. Mas ayer rompió todas las cartas que había sobre la mesa para proponernos que marchásemos de España en dieciocho meses y reclamar de que fuera la gente en definitiva, y no los despachos, los que dieran un paso adelante, quien tuviera la palabra final y quien decide si había llegado la hora de hacer la independencia o no.

Realmente, este noviembre de 2014 será un mes para recordar durante muchos años…

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