Se multiplican los acontecimientos. El paro, la deuda y los agujeros de las finanzas, los sucesivos recortes presupuestarios para contener el déficit y el conjunto de medidas –reformas las llama el Gobierno español- se revelan ineficaces de manera inmediata. Ahora toca gobernar, ha pasado ya la hora de hacer recaer la responsabilidad de la debacle al mal hacer de quienes nos precedieron. Las medidas que se toman –lejos de remediar la crisis- aceleran la marcha hacia el abismo y quedan en evidencia los males estructurales históricos de una economía como la española, que sigue siendo básicamente depredadora.
Los años de esplendor se limitaron a valorar el beneficio inmediato de toda fuente de riqueza, extrayendo todo el valor de cualquier elemento productivo que se pusiera al alcance del depredador, sin tener en cuenta que se dejaba exhausta la capacidad reproductora de la fuente de beneficio. Se comprometió la capacidad de ahorro social mediante el fomento de lo inmobiliario, rebasándola hasta triplicar la capacidad del mercado. Se despilfarró ayuda y fondos proporcionados por la Unión europea en infraestructuras innecesarias, descuidando inversiones productivas de futuro, al mismo tiempo que se malgastaban los capitales espoliados a las áreas productivas del territorio estatal, como Navarra y Cataluña, perjudicando el despliegue de estas naciones en beneficio de lo que se consideraron objetivos estratégicos españoles. Finalmente, se entró en tromba en Suramérica, gracias a empresas creadas con los monopolios estatales españoles a partir de la época de Primo de Rivera y privatizadas a favor de los grupos de presión cercanos al poder político. Empresas estas que se hicieron con la explotación de recursos naturales y servicios varios, con el apoyo de gobiernos corruptos abiertos a los intereses europeos neoliberales, en un proyecto de colonización que ha practicado el espolio en esos territorios, hasta que los nuevos dirigentes, apoyados en la sociedad civil han dicho ¡Basta!
Tal vez no sea exagerado al considerar la actual situación de España, traer a cuenta aquel refrán que dice: a perro flaco, todo son pulgas… Los hechos permiten temer un final de catástrofe, ante lo que parece la impotencia, no ya de Rajoy y su P.P., sino del propio Estado español. Resulta imposible cortar el déficit, la prima de riesgo de la deuda pública alcanza niveles fuera de control y las medidas tomadas por el Gobierno no invierten la tendencia en aumento del paro, ni impiden la recesión. Parece necesaria mucha fe en que, a la larga, tales medidas posibilitarán la creación de empleo, como se empeñan en proclamar sus valedores. La imagen de una España desastrada la ofrece el ministro germano en ademán de estrangular al de economía español, Guindos. La broma descubre la consideración con la que se percibe a España en Europa. Los americanos, por su parte, parecen dispuestos a zafarse de la altivez con la que han sido tratados y se multiplican hechos y gestos; expropiación de YPF a REPSOL, expropiación de REE por Bolivia, multa a Telefónica en Argentina… En casa procesamiento del yerno de los reyes, las cacerías del rey, la displicencia de la reina, y el florecimiento de republicanos…
Son todos ellos un conjunto de elementos que permiten afirmar que nos acercamos al precipicio. Importa poco la entidad de los acontecimientos. De encontrarnos en una situación de mayor estabilidad éstos no pasarían de ser hechos que agitarían las aguas de la gran política, de las maniobras de hombres y partidos, con repercusiones de alcance limitadas al control del poder en las instituciones más altas del Estado y los diferentes organismos a ella ligados, como pueden ser los medios de comunicación públicos, los bancos oficiales y, quizás, otros similares de carácter privado, pero de gran influencia social y política.
En el momento presente los hechos parecen responder a una degradación del poder del Estado. Al fracaso en la contención del déficit se une la crisis de una banca que ha jugado a la ligera, impulsada por los intereses de los sectores especuladores, refrendados por el poder político. Aparecen con toda su crudeza las diferencias entre los grupos políticos que propiciaron la monarquía de Juan Carlos de Borbón, derivadas de los intereses de grupo y hasta el hermético poder judicial, que se ha mostrado impenetrable para la sociedad civil, pero manejado al antojo por quienes controlaban el Gobierno, muestra su descomposición en luchas personales de sus integrantes.
El actual poder parece perder el control. Ha resultado ser muy optimista –o insensato- al pensar que podía hacer frente a la crisis. Esta era, al parecer la esperanza de sus seguidores, obcecados con la responsabilidad personal de Zapatero en la crisis. Los dirigentes políticos y el poder económico han parecido despreciar que la crisis tenía raíces profundas, arraigadas en el mal hacer económico histórico y actual. Rajoy se resiste a aceptar la probada ineficacia de sus medidas e insiste en un camino de reformas que no dejan de ser simples cataplasmas. España se hunde. La sucesión de acontecimientos vienen en cadena, afectando a los fundamentos, no ya del sistema, sino del Estado mismo. La desgracia de los comentaristas y tertulianos es la incapacidad manifiesta que muestran para entender que la responsabilidad del problema no corresponde al adversario, sino que es resultado de la configuración histórica del Estado; configuración reafirmada con la adaptación de la vieja España al actual sistema promovido en la transición.
Publicado por Nabarralde-k argitaratua







