EL TEMPS
Utopía: se puede llegar a conseguir un estado ideal para el hombre, una sociedad perfecta, en todo el mundo o en algún lugar. Teniendo presente, cosa curiosa, que utopía quiere decir precisamente «en ningún lugar». Las utopías son muy antiguas. Como la «República» de Platón: una filosofía supuestamente aplicable, la definición y el proyecto de una sociedad que funcionaría de una determinada manera, perfecta. Hubo las utopías de la Edad Media: milenarismos, movimientos que fabulan la posibilidad de un mundo igualitario, sin jerarquías (los cátaros tenían parte de esto), hubo movimientos neorrepublicans en la Roma medieval. Las utopías, desde los griegos hasta ahora, son una vieja y larga historia. No son ninguna novedad del siglo XIX ni del XX. En el siglo XIX se elaboró un gran sueño, una maravilla: la utopía socialista. Que estaba basada en conceptos muy básicos: la propiedad colectiva de los medios de producción y la distribución de la riqueza, la igualdad final, la desaparición del Estado. El Estado es importante durante un tiempo de transición, afirmaban, pero luego la igualdad será tan perfecta, todo el mundo será tan bueno y tan justo y solidario, que no hará falta ni que el Estado exista: eso pensaban. Luego, resulta que la utopía comunista se puso en marcha prescindiendo justamente de la segunda etapa, o haciendo todo lo contrario: reforzando al máximo el poder represivo del Estado. Lo que ha llevado a unos desastres tan evidentes que no hace falta insistir en ello. La otra utopía del XIX fue la anarquista, que ya empezaba haciendo desaparecer el Estado. Los comunistas decían: cuando todos seamos buenos, podremos hacer desaparecer el Estado, mientras que los anarquistas afirmaban: si desaparece el Estado, todos seremos buenos. Una ilusión más inaplicable. Lo intentaron en algunos lugares durante la guerra civil española, y los resultados también son bien conocidos. A la otra ideología dominante del siglo XX, el fascismo, yo no la llamaría utopía. El fascismo y el nazismo tienen en común el concepto de nación-pueblo como fundamento de todo, como si fuera un organismo que, encarnado en el Estado, debe funcionar con una sola voluntad hacia sus fines propios. Algo de aire hegeliano, en definitiva. Porque tanto el marxismo como el fascismo y el nazismo tienen parte de su origen en Hegel: tienen en común la supremacía del Estado, el Estado como la encarnación del pueblo. En el caso nazi, del Volk, de la raza, del linaje; en el caso del fascismo italiano, de la nación, de la civilización que se remonta a los romanos y a las viejas glorias imperiales.
Para mí, sin embargo, ni el fascismo ni el nazismo son una utopía, porque no representan un proyecto positivo para el conjunto de la humanidad, sino un proyecto cerrado, que además no tiene capacidad evolutiva. «Ein Reich, ein Volk, ein Führer», ¿y después qué? Es decir, el comunismo predicaba el bien de la Humanidad, el nazismo, no. Por eso son tan canallas y tan imperdonables los asesinatos masivos y las represiones que llevaron a cabo los regímenes comunistas. Porque la ideología originaria del nazismo llevaba implícito el uso de la violencia, pero la ideología comunista no, y sin embargo es lo que hicieron, en medida igualmente brutal. Estas dos ideologías dominantes han llevado al desastre, y a una profundísima perversión moral, a la anulación de cualquier tipo de moral. Las utopías, justamente por su irrealidad, son un recurso permanente, en muchas culturas y pueblos y tribus: a través de mitos, de expresiones religiosas, o incluso de proyectos políticos. Como la imagen de un paraíso perdido que se debe recuperar, tan frecuente y tan repetida. Ahora bien, cuando una sociedad como la europea del siglo XIX, industrializada, con nuevos y potentes recursos de tipo racional y científico, intenta proyectar una utopía de este estilo, la utopía tendrá mucho más peso y mucha más potencia constructiva y, sobre todo, destructiva. De hecho, tanto el comunismo como las ideologías de tipo fascista o nazi pretenden tener una base científica, y su aplicación depende de los recursos de la sociedad industrial. Así, las ideologías utópicas racionales y modernas acaban teniendo mucha más potencia que las utopías más elementales, basadas en fantasías, sueños, mitos o cosas parecidas… Las fantasías con una base racional, económica y política acaban siendo mucho más peligrosas que las otras. Esperemos, sólo, que en un futuro próximo no vuelven a surgir nuevas locuras políticas que tengan el éxito de las del siglo XX. Esperemos, aunque no estoy nada seguro.








