Se fue hace un par de semanas. Demasiado pronto para alguien tan joven y entero. ¡Esta jodida e inoportuna parca que no respeta ni edades, ni momentos…!
Vivió a caballo entre el caserío y la fábrica. Quizás sin un gran lustre cultural -justamente lo que dejó en herencia a sus hijos-, pero con un sentido común y una capacidad de adaptación a la vida, envidiables.
Eran tiempos en que las aulas amargaban por aquel sabor de las estufas y el incordio del humo, siempre tan picajoso en las pupilas.
La tormentosa hégira, en que de los muros amarillentos y descascarillados colgaban crucifijos y cuadros del generalísimo, su “excremencia”, según le apodaba un colega zamorano con el que topé por aquellas fechas. Republicano, “rara avis”, ciertamente, en aquella coyuntura del nacionalcatolicismo…
La escuadra pedagógica en la que temporalmente me integré, venía constituida por un alférez provisional reconvertido a maestro, un falangista pucelano mas tieso que un ajo y una excelente parvulista, esta de la tierra, es decir de la llanada alavesa, gran mujer, discreta y muy intuitiva.
En el ala femenina, que eran tiempos en que la promiscuidad pedagógica era tabú, estaban tres o cuatro monjas. Ellas se encargaban de niñas y doncellas. Apenas teníamos roce con ellas. Yo creo que probablemente nos evitaban. Dudo si por recaro o por el embrollo, o más propiamente ambigüedad, de su acreditación académica.
Por supuesto, lo inaudito, hubiera sido encontrar en el Goierri, un “maisu”, vasco y republicano.
Sabido es, que en aquella época apenas se ordenaban de maestros los revoltosos vascos. Eso explicaba que las escuelas de Euskalherría, quedaban invariablemente a merced de enseñantes de la meseta o de algunos navarros –porque para los franquistas, los “requetés” no debían ser vascos, o en todo caso, de serlo, domeñados- que osaban colgar los hábitos.
Eran como es bien sabido, tiempos en que los ritmos pedagógicos se musicaban al son de “la letra con sangre entra”, y que debido al sistema, la comunidad de enseñantes se contagiaba del hábito del domador…
Pues que de entre aquellas ocasiones en que no se si por la normativa al uso, la praxis pedagógica o los malos instintos –lo más probable- los enseñantes sacábamos el guante de paseo, tuve un lance, cuya secuela pecaminosa, todavía hoy me dura. Eran mis primeros escarceos como enseñante y hoy me resulta escabroso y hasta repugnante escarbar en ellos.
Lo cierto es que al bueno de Labaka, -le llamaban así al parecer porque tal era el nombre de su caserío- ¡gaixorik…!, le soplé un “zartako”, más que fuerte, ruidoso y humillante… Algo como es bien sabido muy habitual en las aulas franquistas. La verdad, es que con los años me dolió más que en el momento de la ejecución.
Ahora entendamos que tipo de “mutil” era el mocetico.
Se trataba del hijo mayor de una pareja de baserritarras. Para “ir a escuela” que así se expresaban en aquella localidad del Goierri, necesitaba un mínimo de 20 minutos, distancia que separaba el baserri del ayuntamiento, sede escolar en aquel momento. 20 minutos, por supuesto, dependiendo de la coyuntura del tiempo, niebla, lluvia tan frecuente etc… etc…
Bueno, que muchas veces, era su aita quien lo arrimaba a la plaza en una destartalada mobilette… Y que otras tantas faltaba, porque su padre lo necesitaba. Que ya tenía nueve años, y había que recoger el heno, o alguna oveja, o que paría una vaca… que esa era cosa bien seria…
Es lo que me explicó su amatxo, cuando definitivamente decidí –tras lo que me aconteció con el muchachillo, que es lo que trato de contar- que por narices debía visitar el caserío y conocer la vida de aquellas gentes.
– Es que –se explicaba como pidiendo perdón la joven etxekoandre-, entre el trabajo inagotable del caserío, las hierbas, las vacas y las ovejas etc… y sus otros dos hijos… Y no digamos su madre, que ya prácticamente poco podía hacer más que vegetar debido a su invalidez… Porque si al menos la niña hubiera tenido unos años más… Pero claro, con seis, no era cuestión de obligarle a la pobrecica… Y luego lo del mercado de Ordicia todos los Miércoles… Que preparar los quesos y las hortalizas “ez da gauza makala”… y que todo el dinero resulta poco, porque los críos, no comen, devoran…
En fin, a lo que iba. Que al bueno de Labaka, le expedí un sonoro “aurpegiko bat”. No encontré otra alternativa para detener su momentánea agresividad.
El muchacho, que me imagino que estaría hasta el copete de las bromitas de la peña, sujetaba a otro compañero por el cuello del jersey, mientras totalmente desencajado, le zurraba.
Cosa extraña porque el pacientísimo Labaka no acostumbraba a enzarzarse con nadie. Más bien era todo lo contrario, solía aislarse porque o se burlaban o se apartaban.
Que apestaba a vaca –decían los mortificantes piojillos-, que siempre venía con los pies rebozados en barro, lo que era verdad. Porque Dios sabía por que trochas transitaba. Pero claro, se trataba de alcorzar para llegar antes de que el profe atrancara…
Hombre, la verdad, algo desaliñado ya lucía… En cuanto a lo del aroma a caserío, pues también era real, sobre todo dependiendo de la dirección del viento… Cierto que a un servidor no le parecía tan insoportable, quizás porque ya flotaba en el ambiente y se nos hacía bastante connatural… Pero ya se sabe, los muetes de “la calle”, eran unos pijoteros y entre ellos, lo habitual era crucificarse. Hoy llamaríamos moving el trato que otorgaban al tierno baserritarra…
Luego, el mozalbete, gozaba de muy poco prestigio académico… Le trataban de zote, por aquello de que ni la ¿historia…?, ni las ciencias, y no digamos la lengua castellana, le entraban. Imposible encontrar un calzador para tal menester.
Y sin embargo, algo me hizo cambiar radicalmente mi criterio sobre él. Las operaciones aritméticas y todo lo que fuera cálculo las ejecutaba con una rapidez y precisión asombrosas. Lo que le pasa a este muchacho –esan nion nire buruari– es que en castellano, ”no se jala una rosca”. Entre que lo maltratan, se burlan de él, lo marginan y lo arrinconan…
En uno de los momentos en que estaba llorando en silencio -qué frecuente era ver las comisuras de sus ojos humedecidas- en su pupitre, intenté acercarme a él, con la mejor de mis intenciones.
-¿Qué te pasa Ignacio?
Me miró todo asustado. Claro, como días atrás le había calentado, pensé para mí: este cree que vengo a zurrarle de nuevo. Lo tengo bien merecido. Y ahí estaba el mocoso, mirándome con unos ojazos como “¡lapikoak”.
El mocoso de él, nunca mejor dicho, estaba eso, rebosante de tales humores nasales. ¿Cómo narices le digo que se los quite?
In illo tempore, todo el euskera que sabía, era el que me había enseñado el padre Constantino. Se trataba del “aitaren eta semearen” y el “Goiko Mendía” que por cierto siempre me encantó. Así es que me sentí enormemente ridículo e inútil, ante el pequeño Labaka.
Opté por informarme por lo que demandé a uno de los alumnos “más grandes”. Que por cierto podría haber preguntado a cualquier otro, porque entre ellos siempre hablaban en euskera.
-Cómo se dice, límpiate la nariz?
– Sudurra garpitxeko –se medio carcajeó.
Eso es lo que le dije al crío, que ni tardo ni perezoso, se frotó con la manga del jersey.
-¡No hombre no…!
Fue cuando le indiqué con toda la afabilidad de que era capaz, que fuera al servicio y utilizara el papel…
A partir de aquel momento las cosas cambiaron. Me hice cargo de su situación y con una atención mas personalizada, en los pocos meses en que ejercí en aquellos paisajes idílicos, que es lo que siempre me han parecido, el chavalote, mejoró notablemente.
Pero no es este el recuerdo, ni el motivo más intenso, que me ha movido a bosquejar esta mínima semblanza de un personaje sin mayor relieve, que el de haber sido una bellísima persona.
Muchos desdenes incluso ultrajes hubieron de tragarse en aquellas circunstancias –la escuela, la mili, el trabajo-, cantidad de niños y jóvenes vascos por el simple hecho de serlo. Aquí quería llegar. Que ultraje y bien humillante fue el que tuvo que soportar y en mi presencia, el niño Labaka.
También “in illo tempore”, los clérigos eran los put…ativos amos del cotarro. Y no digo nada si para más INRI. no eran vascos. En general, al menos en aquel centro escolar los curas de la tierra, que eran la mayoría, les hablaban en vasco.
Pues que vino un joven coadjutor, que decía ser de Ermua, pero que al ser hijo de padres zamoranos, ni sabía euskera, ni había tenido ninguna necesidad de aprenderlo.
Solía arrimarse por las aulas, a la cosa esa de la catequesis… Un servidor hablaba con él lo justito, porque era asaz fatuo e insoportablemente tridentino.
Aquel día, prácticamente ni me saludó, porque entró en el aula como elefante por cacharrería. Se colocó en el centro de la clase y con voz ufana irónica y extrañamente cantarina citó al imberbe Labaka…
El muchacho, indeciso y conmocionado, con la grana hasta la coronilla, se acercó…
-¿Pero que le pasó a este niño tan ejemplar –teatralizaba el ministro de Dios-, tan calladito, tan obediente…? Ya se. Seguro que el Domingo estabas enfermo, porque de no ser así, un niño tan bueno no iba a cometer un pecado tan grave como faltar a la misa mayor…
-Es que la beltza… umea egiteko… estar y yo…y yo…
No pude soportar e intervine.
Sabía que había estado ayudando a su padre…
-Trata de decirle que…
-Se lo que trata de decirme, maestro…–me interrumpió con absoluta descortesía-
Y sin más ambages ni discurso, le endiñó tal bofetada al pobre infante, que lo derramó por el suelo quedando así, como grogui.
Evidentemente corrí a socorrerle al muchacho. Le ayudé a levantarse y lo senté en una silla. Inmediatamente me dirigí a la ira de Dios encarnada en el bestial curita…
-¿A que Dios representa usted? ¿Esto es predicar el amor… o ejercer el odio…?
La trifulca que se armó tras los airados improperios que me lanzó aquel Savonarola, fue de campeonato.
A su desaforado exordio, acudieron todos los maestros y hasta el secretario del ayuntamiento, que tenía las oficinas en los locales del estamento inferior….
Me quedé sin reacción, como absolutamente atolondrado, entendiendo que allí se precisaba un exorcista para apaciguar al ungido basilisco…
Tampoco los demás congregados, mostraban demasiados recursos.
Doña Ana, la parvulista, siempre tan dueña de la situación, consiguió calmar al divino representante, llevándoselo del brazo…
Fue la comidilla del pueblo.
Luego vino Paco con la rebaja, porque el “sacerdos altissimus, como rencoroso, se mostró una mala bestia.
El párroco, me dijo, que mi comportamiento ante los niños, no había sido nada ejemplar al poner ante los niños en tela de juicio, la actuación de un ministro del señor.
El otro coadjutor, por su parte, un hijo de la tierra, así, como bajo manga, no se si por envidia, celos o hincha a su “elizgizon-kide”, o por sentimiento patriótico, quiso congratularse conmigo, confesándome que estaba totalmente de acuerdo con mi comportamiento. Que ya era hora de que alguien, se atreviera a cantarle las cuarenta a un franquista tan facha, fanático y españolista como él…
Evidentemente, esta manifestación no me hizo ninguna gracia, porque de alguna forma sentía que me asomaba a un abismo harto peligroso… Y es que el cura estaba muy vigilado por los escuadrones franquistas de la localidad…
Faltaba el alcalde, que para mí era un completo fariseo. Por una parte no se perdía ningún conciliábulo con los del “Movimiento” y por otra, se pasaba el día aldragueando por los baserris. Y es que al hipocritón de él -algo sacaría-, le encantaba refrotar el hombro de los caseros… Pues eso, que también ¿cómo no?, vino a oficiarme la reglamentaria visita…
Ahí andaba, tratando de poner una vela a Dios y otra al diablo. Por una parte, por congraciarse con el aita del niño Labaka, trataba de esbozar una leve censura, por la quizás excesiva corrección del clérigo. Por otra, a un servidor le espetó que me había pasado… Que pegar un simple cachete a un niño cuando obra mal, yo debería saberlo de sobra por mi profesión, era lo habitual…
Le contesté que de un simple cachete nada de nada… Porque como pude comprobar, el niño anduvo durante dos o tres días medio pasmado, debido al susodicho gancho sacramental…
Al fin entendí, que hablar con un edil de semejante catadura, era perder el tiempo… Lo único que pretendía el taimado truhán, era que el tema se olvidara y todo quedara en agua de borrajas…
En cuanto a la gente… Llegó a mis oídos, que la mayoría, por diversas razones -entre las que predominaba el natural repudio al cura, fundamentalmente por sus connotaciones políticas-, criticaba el comportamiento despótico y brutal del clérigo…
Pero como siempre, en estos temas y sobre todo en aquellos tiempos de cruzada, se guardaba un silencio sepulcral. Todo quedaba bajo las chimeneas o se expresaba en petit comité…
De alguna forma, conociendo el percal y el funcionamiento de los prebostes fácticos, me preparé para resistir el “récipe” del inspector, que sin ninguna duda no debería faltar de acuerdo con los cánones de rigor. Y así fue. Llegó a los pocos días, y entre paternalismos y amenazas casi me sacó la roja…
Así que en Julio- por si las moscas-. me quité las sandalias, las sacudí, y manta y camino, que de alguna forma uno ya estaba listo.
Y mude de lugar y tierra, largándome a los extranjeros a fin de conocer nuevas gentes más abiertas y humanas. Y al contrario que al Buscón, mudó mi suerte, porque además de mudar de latitudes, pudimos mudar de vida y conocimientos…
A los años me encontré con el buenazo de Labaka, justamente en el mercado…¡Dios que cacho hombre…!
Hicimos unas risas. En su tono no existía ningún rencor. Una pizca de ironía y desprecio hacia aquella estirpe de curas y poco más.
Lo mejor de todo, es que por fin podía hablar con mi alumno en euskera.
Pero lo dicho. ¡Lástima gixajo que te has ido tan pronto…!
Publicado por Nabarralde-k argitaratua








