¿Reforma o revolución?

Para ver cómo el vocabulario que hemos heredado del siglo veinte es insuficiente para entender la realidad global, podemos examinar la pregunta de si el soberanismo es un proceso revolucionario o reformista. La construcción del nuevo Estado, ¿cambiará radicalmente Cataluña, o representará tan sólo un nuevo estatus legal que no alterará las estructuras de fondo presentes?

El dilema entre revolución y reforma atravesó la lucha de clases durante toda la modernidad. El librito de Rosa Luxemburgo, ‘¿Reforma social o revolución?’, de 1900, es un ejemplo emblemático. Contra el socialdemócrata Eduard Bernstein, que decía que los obreros debían centrarse en conseguir mejoras salariales y reformas sociales, Luxemburgo argumentaba que, si las reformas no formaban parte de un proyecto revolucionario, sólo acabarían reforzando la estructura capitalista. Según ella, el proletariado debía combinar el hecho de que las contradicciones internas del capitalismo ya llevarían inevitablemente a su destrucción y el esfuerzo por convertir esta destrucción en un nuevo modo de producción colectivo.

Seguramente ahora esta discusión sólo tiene un interés histórico. La lucha de clases ya no se basa en la ruta proletaria hacia el comunismo, sino que se ha diversificado en todo tipo de luchas sobre las hipotecas, el turismo masivo, el pequeño comercio, la ecología o la igualdad sexual. Sin embargo, este dilema sigue siendo útil en la medida que nos permite ver justamente que, en la construcción del nuevo Estado, ya no se pueden diferenciar los efectos revolucionarios de los reformistas.

Por un lado, el proceso ha cambiado muchas cosas importantes. La burguesía del puente aéreo ha perdido la hegemonía, se ha desenmascarado Del conservadurismo de los cosmopolitas progres, ha surgido la posibilidad de crear un nuevo proyecto de país, y, además, hemos cambiado la forma de ser: de ser catalanes sensatos, sentimentales, cabreados y comerciantes hemos pasado a ser catalanes eficaces, positivos, alegres y emprendedores. Por otro lado, sin embargo, también se puede decir que el nuevo Estado será sólo la adaptación legal a una nueva realidad económica. Si el intento de los dos siglos anteriores de hacer encajar a Cataluña en España se correspondía al interés de la industria catalana para comerciar con el mercado peninsular, el soberanismo se puede entender como el esfuerzo para producir una nueva marca para el mercado global, tal como ha explicado Albert Castellón el libro ‘Catalonia, Next Brand in Europe’.

Quizás la fuerza de nuestro movimiento se basa en esta indistinción entre la transformación revolucionaria y la adaptación reformista. El hecho de que la independencia permita la utopía de un país radicalmente nuevo y al mismo tiempo la proyección de un Estado con éxito dentro del mercado global crea una fusión llena de energía -y también de tensión-, claro, porque a cada paso nos obliga a situarnos, ahora hacia la banda revolucionaria (o de izquierdas), ahora hacia el lado reformista (o de derechas).

Para decirlo en otros términos, hemos unido un deseo político colectivo y unas condiciones objetivas materiales, por lo que a menudo tenemos la sensación de que nuestro deseo forma parte de algo que va más allá de nosotros. No quiero decir que seamos agentes de una causa trascendental, o que estemos cumpliendo un destino que ya está escrito. Pero sí que nuestra voluntad y el curso de la historia han moldeado la una a la otra y han creado un todo cada vez más compacto que, pese a los ataques del Estado español y la pesadez del día a día, acabará convirtiéndose, indefectiblemente, una nueva realidad reconocida por todos.

EL PUNT – AVUI