Empieza el año y estamos donde estábamos antes de terminarlo. La agria disputa entre ERC y CiU o, más concretamente, la desconfianza generalizada entre los dos grandes grupos independentistas ha extendido la sensación de que el llamado proceso se enfría. Sin embargo, si al cabo de dos meses de la gran movilización del 9-N fuera verdad que el proceso se ha enfriado por la falta de unidad de los partidos, es que todo estaba muy parado. El proceso tiene que hacer frente a muchos peligros, algunos de los cuales se generan en el campo del independentismo. El primero, que es el más fuerte, es el sectarismo.
Si queremos ser honestos, la unidad política que ahora todo el mundo reclama no ha existido nunca. Cada vez que los partidos se han tenido que poner de acuerdo, primero han montado un espectáculo. Las peleas, las descalificaciones, el cálculo a corto plazo, la miseria humana, que también la hay, ha desinflado previamente la ilusión de la gente. Ha sido precisamente la gente, la buena gente que hace cuatro años que está movilizada como si fuera un ejército sin armas, la que ha salvado la situación respondiendo positivamente, con mucha más disciplina que los partidos, a la propuesta pactada entre los políticos. En todas las ocasiones ha sido así. El pueblo, la gente normal que clama por la independencia porque ya está harta de vivir sometida a un Estado ineficiente, burocrático, injusto y anticatalán, se moviliza unida sin preguntar a quien tiene al lado qué partido vota o si es de izquierdas o de derechas. Se coge de la mano o se pone una camiseta del color que más le guste (amarilla o roja) y grita de corazón un único lema: «in-inde-inde-pen-den-ci-a». Se puede decir con el acento que se quiera, incluso lingüístico, pero lo importante es el objetivo.
No se fíen nunca de quien para justificar la falta de unidad de los partidos arguye que el problema es que no está claro el día siguiente. Quien lo dice es porque quien tiene un problema con la independencia es él. Hasta ahora era ICV el grupo que más dificultades ha puesto al objetivo. De hecho, la doble pregunta de la consulta surgió para resolver sus dudas. ICV tiene un problema interno que consiste en que hay una parte de la militancia, empezando por el propio Joan Herrera, que no es independentista. Ahora se les ha añadido la franquicia catalana de Pablo Iglesias, que ya se ve que es decididamente contraria a la independencia, como recuerdan siempre que pueden sus dirigentes Marc Bertomeu, Gemma Ubasart y Raimundo Viejo, aunque Bertomeu, por ejemplo, haya votado alguna vez a la CUP y fuera uno de los firmantes de la plataforma Soberanía y Progreso, o que Ubasart fuera concejala de L’Altraveu en Castellar del Vallés, una agrupación de electores vinculada a las Candidaturas Alternativas del Vallès, próximas a la CUP. El vínculo con la CUP sería instrumental, al menos en el aspecto nacional, ya que lo importante era la lucha de los «de abajo contra los de arriba», para decirlo con la formulación populista que les gusta tanto a los de Podemos. Este ha sido siempre el punto débil de la CUP: hay quien les vota sólo por «radicales» y se desentiende del resto, incluyendo, por supuesto, los Países Catalanes que blanden sin parar.
Hay grupos, pues, que no propiciarán nunca la unidad porque, sencillamente, no creen en el objetivo final. UDC, por poner otro ejemplo, ahora del otro lado, no ha escondido que mayoritariamente no es un partido independentista. Y sin embargo, hay que reconocer que ha sido un partido bastante disciplinado y leal al presidente. Es cierto que Duran refunfuña siempre que puede, cosa que los contrarios al presidente Mas aprovechan de mala manera, pero es que si no lo hiciera, si no levantara la voz de vez en cuando, ya podría retirarse por completo. Pero es claro que UDC tiene dirigentes que se dejan ver en los actos independentistas y hay otros que van de la mano con Sociedad Civil Catalana. ¿Quién tiene el problema? ¿La gente o UDC? Me da la sensación de que no hay que responder. Lo puede constatar todo el mundo.
Y así llegamos al final de la calle. CDC y ERC son los dos únicos partidos que empujan de verdad hacia la independencia. El caso de CDC, sin embargo, en una especie de work in progress, ya que se ha ido volviendo al ritmo que le imponía la realidad. ERC, en cambio, acumula a los independentistas «pata negra» y esto a menudo hace que actúe con soberbia y arrogancia. No entienden por qué la gente confía más en los neófitos que en ellos y, además, se ve obligada a competir con los «otros izquierdistas». Antes con la CUP e ICV-EUiA, ahora con Podemos. ¿Quién enfría qué, por tanto? La gente seguro que no. Quien habla de conquistar el poder y de cosas así, más bien da miedo y nos enreda.
EL PUNT – AVUI









