Cuentan que los españoles, aquel día de 1898 en el que les llegó la noticia de que España había perdido Cuba, el último resto de un imperio en el que no se ponía el sol, por la tarde se fueron a los toros. Los intelectuales españoles de aquel tiempo se dieron cuenta de que el proyecto España había tocado fondo, aunque sin ser conscientes de que nunca había sido más que un montaje para el medro de las sucesivas oligarquías. Ante la situación, unos, como Joaquín Costa o Francisco Giner de los Ríos, miraron hacia utópicas regeneraciones a través de la economía o la cultura. Otros pretendieron resucitar a España bien desde posiciones izquierdistas y republicanas, bien desde la propuesta de glorificar el pasado de la monarquía hispana, bien desde enfoques abiertamente fascistas. Mientras nuestros jóvenes eran enviados a África a luchar contra los moros, vascongados y navarros evidenciamos una total falta de estrategia para plantear escenarios que fueran más allá de la reintegración foral.
La oligarquía, por su parte, no ha estado nunca dispuesta a hacer dejación de ninguna de sus prerrogativas y, con la alianza incondicional del ejército, ha mantenido a lo largo del siglo XX, 24 años de monarquía antidemocrática con Alfonso XIII, otros tantos de monarquía pseudodemocrática con Juan Carlos I, 44 de dictadura en dos periodos, 1923-1930 y 1939-1976, casi 3 de guerra civil y más de 5 de republicanismo caótico y, ante todo, españolista, todo lo cual ha desembocado, ya entrado el siglo XXI, en esta suerte de neofranquismo que padecemos hoy en día.
Panorama como para desanimar a cualquiera, menos al nacionalismo español, que sabe muy bien lo que quiere.
En estos tiempos en los que, más que nunca, contemplamos la oportunidad de acceder a la independencia con meridiana claridad, seguimos adoleciendo de una total falta de estrategia como nación, que se evidencia en la inexistencia de acuerdo ni siquiera en nimiedades tales como el nombre y la bandera de nuestro pretendido estado, cuanto más en cosas importantes como su territorio o su modelo político.
No voy a abundar aquí en las razones por las que resulta evidente que el proyecto España ha fracasado definitivamente, circula abundante información al respecto, no sólo entre nosotros, sino también procedente de los españoles más conscientes de su situación, no todo va a ser fútbol y patrioterismo. Sí quiero dejar constancia de que, ante todas estas razones, el nacionalismo español opone, como razón suprema para argumentar la continuidad de nuestra dependencia al Reino de España, una vez evidenciada la insustancialidad de las demás, la aseveración de que vascos y navarros, como ellos gustan decir, siempre hemos sido España, lo cual, para empezar, es falso.
Si alguna virtualidad ha tenido el recuerdo este año del inicio de la invasión del Reino de Navarra en 1512 y la posterior anexión de su mayor parte por Castilla, ha sido la de dejar sin argumentos a aquellos que defendían la incorporación pactada de los navarros a España. Igual que ha caído esa falacia, han ido cayendo otras, como la de la negación de la conquista de los territorios occidentales de Navarra o la afirmación de que el conflicto vasco comienza con la abolición foral. Y caerán más, como por ejemplo la de que los Pirineos constituyen la “frontera natural” entre España y Francia.
En esta situación nos encontramos con que nosotros mismos, por diversas razones, somos los primeros que nos mostramos refractarios a nuestra independencia. Supongo que tantos siglos de dominación y aculturización, han provocado esta especie de vértigo, de reticencia ante la emancipación, de miedo a la libertad.
Hay quienes dicen que tenemos un país pequeño con difícil encaje en el panorama internacional, otros que seremos independientes cuando el pueblo así lo decida, marcando cotas necesarias de aceptación ciudadana de la opción independentista cada vez más grandes, algunos se acuerdan de las pensiones y de los mercados, hay hasta quienes se preocupan por los vacaciones en Benidorm…
A quienes planteamos la necesidad de una declaración unilateral de independencia, sin recurrir a teóricos y paralizantes “derechos de autodeterminación”, ahí está el caso del Sahara, ni mucho menos al estrambótico “derecho a decidir”, sino en base a que ya tuvimos un estado que nos fue menoscabado y arrebatado, se nos suele atacar, incluso desde dentro de nuestro país y de nuestro pueblo, aplicándonos el epíteto de “historicistas”, con claras intenciones peyorativas. Olvidan que si nosotros no escribimos nuestra propia historia, otros, particularmente el enemigo, lo harán.
Esta circunstancia es aún peor de lo que parece, porque lo que en realidad ocurre es que esos compatriotas nuestros participan de la visión histórica del enemigo. Para ellos Euzkadi o Euskadi es un conjunto de territorios originalmente independientes que, en un momento dado, decidieron incorporarse a algún reino vecino, primero el de Navarra, luego el de Castilla o el de Francia, mediante un pacto, por el que la potencia dominadora les habría concedido una serie de privilegios llamados Fueros. Esa ha sido la teoría generalizada, salvo honrosas y valientes excepciones que alguna vez he citado, desde los tiempos de Esteban de Garibay hasta los del carlismo, para llegar a nuestros días, en los que el nacionalismo vasco mantiene la ficción de que los territorios vascos, de la misma manera que en su día decidieron libremente pactar su incorporación a Castilla o a España, pueden romper cuando quieran ese acuerdo. Sin embargo, el nacionalismo vasco, a lo largo de más de cien años de existencia, ha sido incapaz de hacer realidad sus sucesivas propuestas de independencia, basadas en la aplicación de unos supuestos derechos históricos, la reintegración foral o el pacto con la corona. No podía ser de otra manera, cuando se acepta una autonomía que, además de fraccionar el territorio, supone el sometimiento, por su propia naturaleza, a las leyes de la potencia dominadora.
El nacionalismo vasco en su conjunto ha suplido durante todos estos años su falta de estrategia con un camaleónico esfuerzo por emular a quienes consideraba sus rivales políticos. Primero fue la obsesión por ser más foralistas que los carlistas y más católicos que los integristas, luego pretendieron ser más progresistas que los republicanos y los socialistas españoles, más tarde el nacionalismo de derechas intentó, más bien quiso aparentar, superar al de izquierdas en su terreno y, ahora, nos tememos estar a punto de contemplar como los nacionalistas de izquierdas, después de aspirar a ser más revolucionarios que Lenin, se planteen emular a los de derechas en su propio campo autonomista, pactista e institucional, bien que sea tácticamente.
Podemos preguntarnos cuál es el motivo de este perpetuo travestismo. Veamos algunas constantes que nos puedan dar alguna pista de ello.
Somos un país pequeño, del Adour al Ebro, dicen, todo el que vive y trabaja en el País Vasco es vasco, Euskadi está compuesta por siete territorios que son uno, somos un pueblo sin estado…
Semejantes trivialidades, enraizadas en un sentimiento utópico de abolengo católico, que arrincona las reivindicaciones de carácter poco cómodo a un porvenir más o menos remoto en el que todos seremos felices, un futuro que se considera como un horizonte hacia el que marchamos, pero al que –cristiana resignación- nunca llegaremos, se encuentran unidas a esa consustancial falta de estrategia del nacionalismo vasco en su conjunto, todo lo cual nos ha llevado a un callejón sin salida del que es preciso salir, no sé si dando marcha atrás o derribando el muro que nos cierra el paso.
Resulta de admirar el encaje de bolillos que lleva a cabo el nacionalismo vasco para justificar su inoperancia, manteniendo al mismo tiempo unos postulados que ellos denominan soberanistas.
Por una parte, intentan convencernos de que cuantos más gobiernos, parlamentos, juntas generales, diputaciones y ayuntamientos estén bajo su control, más cerca estaremos de conseguir la independencia; por otra, argumentan que la independencia caerá por sí misma, como castañas maduras, en el momento en el que una mayoría de ciudadanos así lo quiera.
El nacionalismo vasco basa su reivindicación soberanista en dos premisas. Primera, que constituimos un pueblo con una lengua y una cultura propias, segundo que existe o se pretende que exista una voluntad de constituir un estado independiente, requisitos ambos que pueden definirse como sendas perogrulladas.
Al margen de que ante este último aserto deberían obtenerse respuesta a dos preguntas, una, la de hasta dónde debe llegar esa mayoría, segunda, la de quiénes deben ser considerados ciudadanos a estos efectos, mucho me temo que acaso el origen bizkaitarra del nacionalismo vasco, sea la causa de la ceguera que impide la comprensión de que la única reclamación irrefutable en que puede basarse nuestra declaración de independencia, ya que lo demás, la posesión de una lengua y una cultura propias, la existencia de una mayoría favorable a la independencia, deben darse como condiciones sine qua non previas, reside en el hecho de ser un estado conquistado y colonizado por sus vecinos a lo largo de la historia.
Resulta deprimente cómo un presidente del paisito, entiéndase lehendakari de la Comunidad Autónoma del País Vasco, como Juan José Ibarretxe, en la sesión de sometimiento a las Cortes españolas, a raíz de su proyecto de nuevo estatuto para la CAPV, se quedó mudo cuando le espetaron que el País Vasco nunca había sido independiente. Hay quienes dicen que, en aquella circunstancia, ya no tenía el uso de la palabra. Más a nuestro favor, tenía que haber dejado las cosas importantes para el principio o, mucho mejor, no haberse prestado a semejante humillación.
En mi opinión, quien afirmó en Le Monde, 17 de diciembre de 2003, traduzco del francés, “¡Por el amor de Dios! Todos somos vascos, todos los que viven y trabajan aquí, todos los que están censados, todos los que votan, no se trata de saber de dónde venimos sino a dónde queremos ir juntos y decidirlo juntos”, para luego hacer, en su abortado “Proyecto de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi”, aprobado por el Parlamento Vasco el 30 de diciembre de 2004, una fundamental aunque tímida distinción entre ciudadanía y nacionalidad en su artículo 4, pone de manifiesto, una vez más, una total carencia de estrategia. Subyace en todo ello una desorientación, basada probablemente en un miedo atávico, con respecto a quién es vasco y quién es español, evidenciada recientemente en el escándalo provocado entre los nacionalistas vascos por el proyecto del nacionalismo español de hacer los censos a su medida, como si no supieran a qué leyes estamos sometidos.
Por otra parte, sorprende que se plantee, ni siquiera como hipótesis, llegar a la independencia prescindiendo de la parte constitutiva de nuestro país. De esta manera las Provincias Vascongadas se declararían independientes no sólo de España, sino también de Navarra. No podemos menos que constatar que los nacionalistas españoles, para los cuales el “problema vasco” es, en realidad, el “problema navarro”, saben mucho más de este tema que los nacionalistas vascos.
Hemos visto como, estos últimos días, los nacionalistas vascos han protestado airadamente porque los ingleses no han dejado mostrar a unos aficionados vascos una bandera nacionalista en los recientes juegos olímpicos de Londres, en lugar de reivindicar el derecho de los vascos a participar con su propia delegación en los juegos olímpicos, no de cara a la galería, sino como consecuencia de un trabajo por alcanzar la independencia que no se ha hecho en todos estos años. Ahora, quienes han fracasado en esa tarea durante más de un siglo, pretenden que sigamos confiando en sus recetas.
Los navarros constituimos una nación sometida a la desposesión de su estado, a la fragmentación de su territorio y a la minorización de la cultura que, aun así, seguimos manteniendo. Ahí, precisamente, en que ya lo hemos tenido, reside la verdadera razón por la que los vascos debemos constituir un estado independiente y así, como ciudadanos y ciudadanas de Navarra, deberíamos presentarnos en el ámbito internacional. Los vascos no queremos más que la devolución de lo que se nos arrebató: la independencia de nuestro estado. Éste es el momento de llevar a la práctica lo que no es sino la reparación de una injusticia histórica.






