Cuando lleguemos al final de eso que hemos convenido en llamar «proceso soberanista», y acabe como y cuando acabe, será el momento de estudiar, retrospectivamente, los análisis que habremos hecho unos y otros. Eso nos permitirá ver cuáles eran intentos honestos de comprender qué pasaba y cuáles eran pronósticos manipuladores al servicio del éxito o del fracaso del proceso. Y, por supuesto, entre los primeros, veremos quién se acercó más a la que haya sido la resolución final del conflicto político y quién estuvo desafinando, aunque fuera de buena fe. No hace falta que les diga que estoy muy impaciente -también por esa razón- de que llegue este día final.
He estado pensando en todo ello para hacerme una composición de lugar sobre quién puede haber estado informando al Gobierno de Madrid sobre el proceso soberanista como para que haya reaccionado como lo ha hecho hasta ahora. Me refiero tanto a la información que ha recibido sobre la dimensión de las movilizaciones organizadas por la sociedad civil, como al porqué de los cambios de rumbo de la mayoría parlamentaria y las crisis de los que la han perdido para siempre. Sé que se atribuye al presidente Rajoy un estilo de gobierno que consiste en saber resistir los grandes envites con un perfil bajo, hasta que el problema y el adversario se desinflan definitivamente por aburrimiento. Podríamos suponer, pues, que para actuar ante el desafío territorial catalán como lo ha hecho, o no ha necesitado a nadie, o no los ha escuchado ni ha hecho caso, y que simplemente ha aplicado su manual de estilo.
Sin embargo, si no el propio presidente Rajoy, su entorno, los asesores y algunos ministros -y todavía antes, el presidente Rodríguez Zapatero y los suyos- deben haber recibido consejos y recomendaciones. Los unos, haciéndoles llegar señales de alerta, y los otros, asegurando que no había para tanto. Entre los primeros, no debe olvidarse a los más relevantes: la advertencia premonitoria del entonces presidente José Montilla en Madrid, en noviembre de 2007, y después el editorial conjunto de la prensa catalana, La dignidad de Catalunya, en noviembre de 2009. De los consejos en privado, dramatizando o desdramatizando, no sé nada. Y nos quedan, eso sí, los artículos publicados en la prensa, para tener algunos indicios.
Sin embargo, mi impresión es que en el entorno gubernamental han cuajado más las opiniones desdramatizando las demandas soberanistas catalanas que las de los que las dramatizaban. Es decir, que no hizo ningún efecto ni el aviso de Montilla, ni el editorial conjunto, ni ninguna otra advertencia en este sentido. En cambio, han triunfado los pronósticos que, como los de Aznar, consideraban que las divisiones internas entre los catalanes ya se ocuparían en hacer fracasar el proyecto de independencia. Y sobre todo han hecho fortuna las tesis todavía menos tremendistas que repetidamente han sugerido que al fin y al cabo se trataba de un suflé emocional, irrelevante, siempre a punto de desinflarse. Una línea interpretativa que tiene a su favor que encaja cómodamente con el estilo Rajoy
La última entrega de este relato que sostiene que eso del independentismo es un mal que se cura solo la publicaba Francesc Granell en este diario, el sábado pasado (*). Tres cuartas partes del artículo eran para explicar que, tranquilos, el independentismo no tiene raíces en Catalunya, que es un movimiento con apenas cinco años de vida y que la estelada sólo se había puesto de moda a partir del 2012. En un pispás, asunto liquidado. El resto servía para sostener que con el último anuncio de futuras inversiones públicas del Ministerio de Fomento y la promesa de Montoro de una reforma de la Lofca, los independentistas ocasionales volverían al buen camino del autonomismo posibilista.
Dejo la cuestión de las raíces del independentismo en manos de los historiadores especializados, aunque no puedo dejar de recomendar la lectura de las ponencias del simposio España contra Catalunya: una mirada histórica (1714-2014), recientemente publicadas, y muy particularmente la lección inaugural de Josep Fontana. Ahora bien, suponer que la promesa de inversiones futuras -todavía muy por debajo de la aportación de la economía catalana al conjunto del Estado-, con el incumplimiento de los compromisos pactados en el Estatut del 2006, y después del portazo a un pacto fiscal más justo, apartará a un supuesto independentismo tibio de su apuesta, por decirlo suave, es suponer mucho.
Que quede claro que sitúo la posición del profesor Granell en el cesto de los análisis que quieren ser honestos y no en el de los que manipulan los hechos, por la debida presunción de inocencia. Sin embargo, por eso mismo, me sorprende que crea que la aspiración a la independencia se reduce a una cuestión mercantilista, que se puede comprar con unas decenas de kilómetros de carretera y vías de tren que hace veinte años que tendrían que haber sido construidas. Quizás porque alguien ha hecho creer que el independentismo era una respuesta a una «España nos roba», consigna que para el conjunto del soberanismo no ha pasado de ser la expresión histriónica de una contrastada desconsideración mucho más general.
Decía al principio que la resolución final del proceso dirá quién entendió mejor qué pasaba en la sociedad catalana. Y sabremos si la apuesta por la independencia no pasó de ser, como sugiere Granell, una muestra más del carácter fenicio de los catalanes, una manera de negociar un mejor precio para la sumisión, la indignidad nacional y la liquidación del futuro de la lengua y la cultura. Es decir, sabremos si el independentismo iba de farol.
LA VANGUARDIA
http://registrousuarios.lavanguardia.com/premium/54428719747/index.html#ixzz3TRtK61dm
(*)
Obras públicas
Francesc Granell
Desde los memoriales de agravios del siglo XIX, el catalanismo ha expresado siempre su indignación por el maltrato que Catalunya ha padecido en cuanto a dotación de infraestructuras de transporte debido al modelo radial centrado en Madrid impuesto por el absolutismo borbónico. Esta reivindicación nunca dio lugar a solicitar la independencia para Catalunya. Desde Víctor Balaguer y los primeros historiadores románticos que glosaron la especificidad de Catalunya se reivindicó el federalismo o el autonomismo pero no el independentismo.
Solamente Francesc Macià -visto el independentismo irlandés respecto a la Gran Bretaña, y la doctrina Wilson sobre la libertad de los pueblos- desbordó el mero catalanismo de la Lliga de Cambó tratando de iniciar la vía independentista tras los resultados de las elecciones municipales de 1931. La República paró el intento rápidamente.
Tampoco tras la vuelta a la democracia, muerto Franco, se generaron movimientos independentistas potentes y la propia Constitución Española de 1978 no fue más allá de reconocer una España de las Autonomías de carácter, esto sí, cuasi-federal. En los 23 años de gobierno de Pujol se fue en la línea de un «autonomismo posibilista» en que Catalunya fue ganando en autogobierno y en presupuesto.
La reivindicación independentista catalana no tiene, pues, raigambre histórica y es sólo un movimiento de apenas cinco años de vida desde la sentencia del Estatut en el 2010 que ha ido tomando cuerpo como consecuencia del discutido «España nos roba» , la acusación a Madrid por ciertas insuficiencias de infraestructuras y como consecuencia de la acción independentista del tripartito, la ANC, el Òmnium, la AMI y el Pacte Nacional pel Dret a Decidir, aupado, todo ello, por el machaqueo independentista de algunos medios de comunicación y la edición de libros con el mensaje de que «mejor separados de España que unidos a ella».
La simbólica estelada -que Macià había «importado» de los independentistas cubanos durante su visita a la isla antillana en 1928- sólo se puso de moda desde agosto del 2012.
El independentismo catalán tiene, pues, pocas raíces y como en estas últimas semanas Madrid está impulsando numerosas obras públicas gracias al diálogo entre Fomento y el Departament de Territori y hasta el ministro Montoro está pensando en relanzar la reforma de la Lofca, me da la sensación de que muchos independentistas poco radicalizados van a pensar que la independencia es una utopía mal cimentada y de consecuencias más bien inciertas que, además, y por si fuera poco, suscita controversias entre las diversas facciones del independentismo.
Por poco que Madrid ayude, Catalunya debe volver al «autonomismo posibilista» que tan bien ha practicado en el siglo XX y que solamente abandonó por un mal sueño entre Zapatero y Maragall antes del atentado de Atocha del 2004.
http://registrousuarios.lavanguardia.com/premium/54427729630/index.html#ixzz3TRuXRsf7








