Dentro de los parámetros de la epistemología, la historia se presenta con sus peculiaridades. Evidentemente, sin dejar de ser ciencia y sin abandonar, al menos en teoría su rigor como tal, más que por el método, por sus virtudes hermenéuticas, sus resultados no son tan definitivos como los de las ciencias exactas.
Las conclusiones de un estudio histórico serio, siempre quedan abiertas a futuras investigaciones que pueden completar, iluminar e incluso rectificar las anteriores.
Porque no cabe duda, que la óptica marxista, providencialista, economicista, etc… con la que navega cada investigador, influyen inevitablemente, tanto en sus análisis como en el colofón de su trabajo.
Es precisamente esta fluctuación de la mente humana y la turbidez de su honestidad, al servicio de intereses espurios o de buenos pagadores, lo que hace de la historia un objeto tan manipulable. Así ha sido y así seguirá siendo.
Esto no significa en ningún modo, que la calificación del proceso histórico, quede huérfana de objetividad. La historiografía universal, resultado de pesquisas y análisis múltiples, (y por encima de manipulaciones) convienen en considerar como irrefutables e incontestables, hechos (son simples ejemplos) como el obscurantismo medieval, el genocidio amerindio, la inquisición, el holocausto…etc…
Es la ciencia histórica que relata tantos los avances de la humanidad, como sus vergüenzas.
Tantos hechos que resultan un oprobio para el ser humano, retratándonos como una especie letal.
Se atribuye a Cicerón el famoso aserto: “Historia magistra vitae et testis temporun”.
Y es precisamente, para un servidor, ese carácter pedagógico de la historia, o si se me permite, su entidad como conciencia, lo que la convierte en el alma de la humanidad.
¿En que queda la humanidad sin la constancia de su andadura por este mundo?
Particularizando. Como hemos repetido en innumerables ocasiones, es difícil que un pueblo tenga alma si desconoce su historia, su conciencia.
Un pueblo necesita su memoria histórica, tanto para no repetir sus errores como para proyectarse en el futuro.
El pueblo vasco necesita vitalmente concretar su memoria histórica para entender de dónde venimos, como hemos arribado a este presente tan crítico y a qué aspiramos…
Y no digamos los navarros… Algo habremos de hacer sus compatriotas –los que nos mantenemos pelín informados- cuando vemos a ese “mogollón” de conservadurismo en una nebulosa de ignorancia y desinterés “brutal”. Sí, brutal.
La conciencia histórica es lo que nos impulsa, o al menos debería impulsarnos, a evitar errores y organizarnos como pueblo soberano.
Pero hay está la España del nacional catolicismo. Un viejo proyecto imperialista, colonialista, de mentes fanáticas, de espíritus pobres, con olor a sacristía y a cuartel etc… En definitiva, un engendro siempre convulso, que si nunca fue viable, aún menos lo es hoy…
Cierto, parece que se les va acabando los hisopos, las espadas y el oro de América…
¿Pero es que nunca va a llegar esa hora crítica, para que de una vez por todas, las fuerzas vivas del imperio, hagan un examen de conciencia (histórica) sobre el estruendoso fracaso de España como nación?
¿Será cierto que la patria carpetovetónica ya no tiene arreglo y que es preciso dinamitarla para sobre sus cenizas reconstruir algo nuevo, sustancialmente distinto?
A un servidor es justamente eso lo que le dicta la conciencia histórica.
Pero claro, hay tanto franquismo, tanto espíritu cuartelero, tanto mejunje monárquico (y si se quiere tanto chorizo pesebrero), que se ve extremadamente difícil, largarse de semejante berenjenal.
Publicado por Nabarralde-k argitaratua









