La actual aceleración de la vida política sitúa todas las miradas en la distancia corta. La mayoría de los artículos de análisis de la actualidad se ven amenazados por la posibilidad de que un acontecimiento imprevisto los haga obsoletos antes de ser publicados. Los liderazgos quedan sometidos a vaivenes incontrolables y se hacen más volátiles que los valores bursátiles. Las encuestas clásicas de intención de voto nacen muertas y sólo sirven para aparentar una continuidad inexistente. Los sistemas conceptuales que deberían facilitar la comprensión de la realidad cotidiana nos proporcionan fotografías movidas de entornos que antes tenían perfiles nítidos. Todo va tan deprisa que no percibimos el tiempo largo ni el punto de vista con perspectiva.
Esta circunstancia se hace del todo evidente en la confrontación partidista. Ahora mismo, los partidos suelen entrar en conflicto por la defensa de unas posiciones que tienen los días contados. El mapa político, particularmente en Catalunya, pero también en España y en buena parte de nuestro entorno europeo, se ve sacudido por unas tensiones que van mucho más allá de este combate entre partidos. Y, sin embargo, los propios partidos las ignoran y siguen analizando la situación como si su espacio dependiera sólo de los envites entre ellos. Para muestra, esta rara voluntad de reconstruir, con más nostalgia que audacia, un centro político que no es otra cosa que el agujero producido por la huida en estampida de un espacio putrefacto. Se defiende con uñas aquello que inexorablemente está a punto de desaparecer. Y es una lástima, porque sólo la asunción que el mapa está a punto de estallar proporcionaría la generosidad necesaria para encarar la profunda renovación que les hace falta.
Lo mismo sucede con las supuestas confrontaciones identitarias. La persistencia de una concepción obsoleta de lo que es la identidad, fundamentada en modelos de análisis propios de tiempos superados, permite seguir anunciando fragmentaciones ingobernables y amenazas a la cohesión social. Vuelve a ser la mirada corta la que confunde la crisis de los mecanismos tradicionales de solidaridad con la ausencia de vínculos. Si, en cambio, prestáramos atención al tiempo largo, podríamos constatar la aparición de sistemas de interdependencia mucho más sutiles y fuertes. Unos sistemas que perfeccionan la satisfacción de las exigencias identitarias, que no son otras que las del reconocimiento. Así, la inclusión social cada vez depende menos de la capacidad para adquirir unos rasgos de identificación estables y, en cambio, tiene bastante con el establecimiento de redes de relación elásticas que permiten mantener oculto aquello que, precisamente, sería causa de exclusión.
Tal como he sostenido en estas mismas páginas, lo mismo se podría decir del debate secesionista que tenemos abierto en nuestro país. Sólo la mirada corta y el tiempo acelerado explican la incapacidad para desdramatizar un proceso que, al contrario de lo que se suele decir, encaja a la perfección con los signos del tiempo actuales. Si hubiera sido posible abandonar las viejas perspectivas esencialistas del proyecto nacional español, la aspiración independentista no habría causado la conmoción a lo que estamos asistiendo. En cambio, la comprensión serena, con perspectiva, de cuáles son las consecuencias de la mundialización, paralela a la crisis de los estados, permite entender que las independencias del siglo XXI resultarán extremadamente positivas para la conformación de un mundo socialmente más equilibrado y políticamente más gobernable. Estamos ante un proceso social nuevo, al cual aplicamos categorías viejas -secesión, independencia, separatismo, autodeterminación…-, y sólo la distancia y el tiempo nos permitirán llamarlo de manera más adecuada y mostrar la oportunidad.
Querría que estas reflexiones se entendieran más como una autocrítica que como un discurso de descalificación arrogante. Porque tengo la impresión que, particularmente desde las ciencias sociales, y todavía más por parte de los inventores de relatos sociales y políticos, hacemos fotos en blanco y negro de una realidad que todo el mundo ve en color. Parece que la alta definición todavía no ha llegado a nuestros instrumentos de captación de la realidad. Tenemos memorias con pocas gigas para tanta complejidad. Y trabajamos con sistemas operativos que se colapsan. Creo que minimizamos las decisiones audaces de nuestros líderes -cuándo las toman- porque las medimos con aparatos poco precisos. Y despreciamos lo que es nuevo -y le aplicamos el disolvente del populismo- simplemente porque no encaja en nuestros esquemas.
Que nadie crea que me he perdido en la especulación abstracta. Tengo en la cabeza realidades muy concretas y próximas. Por ejemplo, pienso en el contratiempo provocado por la celebración de la consulta del 9-N, un desafío conceptualmente inabordable con el recurso a un sistema judicial que no había previsto una cosa parecida. O bien me refiero al papel determinante de la Assemblea Nacional Catalana, que no se puede reducir ni a las apelaciones habituales al papel de la sociedad civil, ni se puede simplificar sugiriendo que responde a un ejercicio de exacerbación emocional. Y pienso en el abrazo ideológicamente incomprensible -en términos clásicos- entre Artur Mas y David Fernández, pero perfectamente coherente entre portadores de actitudes audaces, conscientes de que están asumiendo grandes riesgos, aunque cada uno los suyos.
Los hechos desmienten nuestros relatos. Pero, como diría Chesterton, en contra de nuestra propia naturaleza, estamos más dispuestos a dudar de la verdad -de los hechos- que de nosotros mismos.
LA VANGUARDIA








