La carrera electoral de este 20-D ha abierto de nuevo el viejo debate sobre la necesidad o la inutilidad de enviar diputados independentistas al Congreso y al Senado españoles. Esta vez, sin embargo, gracias a la mayoría absoluta independentista del Parlamento de Cataluña, el debate tiene un carácter más transversal y adquiere una dimensión completamente diferente. Sobre todo después de que la CUP, consecuente con sus principios, ha decidido no participar en las elecciones. Democracia y Libertad y ERC, en cambio, consideran que su presencia en Madrid puede ser positiva para Cataluña. Como vemos, son dos opciones diferentes que comparten un mismo objetivo. La cuestión radica en saber cuál de las dos resulta más efectiva. Por eso creo que es bueno que reflexionemos sobre ello, y que, al hacerlo, procuremos dejar de lado los partidismos y los maximalismos. No se trata de ser más independentista que el compañero, sino de escucharse mutuamente y de enriquecer y respetar la decisión final de cada uno.
Yo, personalmente, como independentista, siempre he sido partidario de no ir a Madrid. Lo he sido por principio: no soy español, España no es mi país y unas elecciones extranjeras no son mis elecciones. Ahora, sin embargo, el país ha dado un vuelco y, por suerte, ya no debatimos sobre si Cataluña debe ser o no debe ser independiente, sino en qué fecha será independiente. El panorama, pues, ha cambiado y estamos en la recta final. Una recta llena de escollos, ciertamente, pero es la recta final.
Para no participar en estas elecciones hay muchas más razones de las que he dicho, pero en beneficio de la síntesis, permitidme me un par de ellas. La primera es que ya no estamos en la época de la política de las migajas y del pájaro en mano. Ahora estamos diciendo a España que no nos sentimos representados por sus instituciones ni por sus leyes por la sencilla razón de que, como nación que somos, tenemos nuestras propias instituciones y nos debemos regir por nuestras propias leyes. Mal asunto, si el verdugo debe ser nuestro juez. Hace casi cuarenta años que estamos presentes en Madrid, tras la muerte de Franco, y no hemos conseguido rebajar ni un milímetro el nacionalismo español ni su trato colonial hacia Cataluña. Y nunca lo conseguiremos, porque siempre, siempre, siempre seremos una minoría ornamental en Madrid. Siempre. Su falsa democracia lo tiene todo atado y bien atado para que catalanes, vascos y gallegos, aunque vamos juntos, nunca podamos introducir el derecho a la autodeterminación en la Constitución española.
La segunda razón se refiere justamente a eso. Imaginemos una entidad empresarial o cultural que, al verse cuestionada por su machismo, invitara una mujer a formar parte de su junta directiva. ¿Esta mujer debería aceptar la invitación? Yo creo que no. No debería aceptarla, porque es una trampa. La junta está formada por quince hombres, y ella será la única mujer. Es decir, que, diga lo que diga, siempre será una figura decorativa y minoritaria sin la más mínima posibilidad de que la entidad pueda experimentar ningún feminización. Más bien al contrario: con su presencia, estará legitimando esa junta y maquillando la política androcéntrica de la entidad. Lo más consecuente, tratándose de una mujer feminista, pues, es que no les haga el juego y que se niegue a legitimarlos.
Hay partidos, sin embargo, que piensan que a pesar de estar condenados a ser minoría perpetua, hay que ir a Madrid a hacer oír la voz de Cataluña, y dan razones cuerdas que hay que escuchar. Yo soy escéptico, porque, por poner un ejemplo, Madrid ha escuchado a menudo la voz potente del querido Joan Tardà diciendo verdades como una casa de campo -«perdonad, pero alguien lo tenía que decir»- y, sin embargo, los diputados españoles han continuado siendo tanto o más imperialistas que el día anterior. ¿O no es cierto que el proceso catalán se inicia a partir de esta obviedad? Pero, como digo, Democracia y Libertad y ERC han dado razones interesantes que no pueden ser despreciadas. Veamos algunas: no ceder los altavoces mediáticos al españolismo de PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos; no permitir que personajes ultranacionalistas españoles y supremacistas como Albert Rivera, Carmen Chacón o Xavier García Albiol tengan la representación exclusiva de Cataluña; no permitir que el Estado esconda que el proceso catalán es transversal y fruto de una toma de conciencia colectiva; no dejar sin respuesta las mentiras sobre Cataluña; no renunciar a decirles, desde el atril de su Congreso, que ninguna ley ni ningún tribunal españoles podrán impedir que el pueblo catalán, pacífica y democráticamente, se convierta en un pueblo libre…
Como podemos ver, hay muchos argumentos y hay que reconocer que, en cuanto a Cataluña, estas elecciones españolas son completamente diferentes de todas las anteriores. Ahora la independencia ha sido la opción más votada en el Parlamento, y la ciudadanía espera que se defienda con asertividad y contundencia. Por ello, dado que Democracia y Libertad y ERC han decidido ir a Madrid, pienso que sería injusto abandonarles. Hay que darles nuestro voto. Si vamos a Madrid, vamos en serio y a decir adiós. Y, en este sentido, Francesc Homs y Gabriel Rufián, así como el resto de representantes independentistas, han de ir con la convicción de que son los últimos diputados y senadores de la Cataluña española. Es necesario que lo vivan con sentido histórico y con la apasionante responsabilidad de ser los emisarios de la desconexión. ¿Qué hay más apasionante que la libertad, después de trescientos años de subordinación?
EL MÓN







