Felipe González, abogado del supremacismo

El ex presidente del gobierno español Felipe González ha tardado demasiado en nacer. Y lo ha hecho, además, en el lugar equivocado. Un siglo y medio antes, en el sur de Estados Unidos, en Nueva Orleans, por ejemplo, su labor como abogado de los intereses de los blancos habría sido muy bien acogida entre los dueños de las plantaciones de algodón. No, no digo que el señor González tuviera que sentir ningún tipo de odio racial contra los negros, ni nada por el estilo. Simplemente, como hombre de leyes que es, les habría asesorado sobre la necesidad de subordinarse a la supremacía blanca y a no rebelarse contra las leyes honorables y democráticas que decían bien claro que los negros no eran nadie. Nadie en el sentido más literal del término. No podían votar, no podían decidir y ni siquiera podían testificar en juicios penales o en pleitos contra los bancos. En otras palabras, el hecho de que un negro fuera testigo ocular de un delito cometido por blancos tenía el mismo valor que el testimonio de un perro. Era la ley. La ley sensata, sagrada, constitucional y blanca inmaculada de una nación democrática.

Los tiempos, por suerte, han cambiado. Pero el supremacismo, la convicción de que hay colectividades superiores y colectividades inferiores, se mantiene y se encuentra en el fundamento de muchas de las leyes actuales de honorabilísimas naciones democráticas. Sin ir más lejos, el Tribunal Constitucional español es un órgano controlado por el Partido Popular y el Partido Socialista para la perpetuación del supremacismo. El supremacismo de la españolidad en las migajas del imperio español. El supremacista, como todo dueño, puede ser bondadoso, indulgente, permisivo, ecuánime…, pero siempre que el cautivo no olvide cuál es su lugar. Si este último pretende disfrutar de los mismos derechos que el dueño o manifiesta la voluntad de abandonarlo, entonces el dueño está legitimado para ocultar la bondad, la indulgencia, la permisividad y la ecuanimidad y mostrarse colérico, inflexible, autoritario e injusto. El negro, por lo tanto, es decir, el esclavo, el siervo, el inferior, debe procurar no irritar y recordar que, como dice Felipe González, abogado de los blancos, la libertad del sujeto «no es posible ni deseable».

En este sentido, el famoso cara a cara entre Artur Mas y Felipe González en una cadena televisiva fue toda una concesión del segundo al primero, ya que un supremacista no se rebaja nunca a debatir «imposibles», como el derecho decidir de un inferior sobre sí mismo. Y la prueba es la exasperación a la que llegó González al sentirse falto de argumentación ante los diáfanos y serenos razonamientos del presidente Mas. Todas las réplicas de González eran un manual de insidia, demagogia, prepotencia y cinismo. De insidia, al decir que los «líderes europeos» están «aterrorizados» por la independencia de Cataluña; de demagogia, al decir que el proceso catalán «despertará el nacionalismo español» y que él, Felipe González, también tiene derecho a decidir «sobre el destino común»; de prepotencia, al sentenciar que «la vía hacia la conquista de la autodeterminación es inexistente», y de cinismo, al vincular el proceso catalán con la guerra de los Balcanes.

Con relación a la insidia, digamos que si algo saben los líderes europeos es que Cataluña es un contribuyente neto de la Unión y que su independencia es la única garantía que tienen de poder recuperar una parte de la deuda española. Por eso quieren que haya negociación, porque, si España se niega, Cataluña no tendrá ninguna obligación de asumir su deuda y Europa nunca la verá satisfecha. Básicamente, porque es tan elevada que supera todas las posibilidades de un Estado insolvente como España. Lo confesaba el ministro español de Hacienda: «Cataluña sacará a España de la crisis». Resulta curioso, por otra parte, que el señor González pretenda que detengamos nuestro camino hacia la libertad, ya que podríamos despertar el nacionalismo español. El nacionalismo español, sin embargo, no necesita despertarse por la sencilla razón de que nunca ha dormido. El mismo señor González es la prueba. En cuanto a la pretensión de que él también tiene derecho a decidir sobre la libertad de Cataluña hay que decir que es digna de un supremacista. Sólo un supremacista atribuye el derecho de decidir sobre la libertad de un tercero. He aquí cómo Felipe González habría aleccionado a los negros de Nueva Orleans: «A los blancos nos legitima la Constitución. Vosotros no teneis identidad, sois sólo una propiedad, por lo que no podeis decidir vuestro destino. Además, vuestra reivindicación de libertad despertaría a los blancos más feroces y quién sabe qué podría pasar. Meteos esto en la cabeza: la conquista de la libertad no existe, somos los blancos los que tenemos que decidir por vosotros. Os guste o no, estás ligados como la vida del caballo está ligada a la vida del dueño».

Lo cierto es que hay que ser muy miserable y perverso para insultar al presidente Mas -y de rebote a todos los catalanes- afirmando que en los Balcanes hubo «trescientos mil muertos que no entraron en la Unión Europea». ¿Qué nos quiere decir con esto Felipe González? ¿Es una amenaza? ¿Nos está diciendo que piensan aplastarnos? ¿Nos está diciendo que están dispuestos a pasar por encima de nosotros para impedir la libertad de Cataluña? ¿O es sólo una frase para intimidarnos esperando que nos tragamos el anzuelo? La frase, en todo caso, describe muy bien la ideología y la violencia mental que cobija el cerebro de Felipe González, cosa muy bien demostrada en su praxis política. Con todo, ya que habla de muertos, quizá nos pueda explicar la veintena de asesinatos que cometió la banda terrorista GAL. Una banda terrorista creada durante su gobierno, financiada por altos funcionarios del Ministerio del Interior y conducida por dos ministros, un Secretario de Estado para la Seguridad y el máximo dirigente del PSOE de Euskadi. Si el poder no estuviera en manos de los supremacistas, si los sometidos también pudiéramos decir lo que pensamos, ya haría años que el señor Felipe González habría estado sentado ante un tribunal penal internacional.

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