Con el ‘tema’ de la inmigración (utilizo el eufemismo, pues las palabras están politizadas por la corrección política) la reticencia comienza a dar paso a las medias verdades. Hoy quizás ya está permitido decir ‘el problema’. Del dogmatismo utópico, que defendía el traslado discrecional de las personas con el eslogan “todo el mundo tiene derecho a buscar una vida mejor”, se ha pasado a reconocer tímidamente la necesidad de regular los flujos migratorios. Por supuesto el de entrada. De la salida los bienpensantes no dicen nada. Dan por hecho que cuando alguien consigue poner pie en el territorio adquiere instantáneamente el derecho a residir en una interpretación perversa del ‘ius solis’. Otro eslogan de la izquierda, “no hay personas ilegales”, confunde intencionadamente las personas con la situación jurídica. Tampoco son ilegales los condenados a pena de prisión, sino los hechos por los que fueron condenados. La ilegalidad no es una esencia; es el efecto de transgredir la ley. Y de momento existe una ley de extranjería.
Curiosamente, el derecho hipotético de saltar las fronteras sólo se considera vigente en los países europeos. Otros países afluentes, como China o Japón, ejercen un férreo control de las fronteras a pesar de la crisis demográfica que les afecta tanto o más que a Europa. Australia ha reinicializado la política migratoria restringiendo la entrada salvo a personas altamente cualificadas o con competencias profesionales en demanda. Estados Unidos ha pasado de un control relativamente firme durante las dos legislaturas de Obama, con devolución “en caliente” de cientos de miles de personas, a las razias que separan familias, inspiran terror en comunidades y ciudades enteras y no respetan el permiso de residencia y a veces ni siquiera la ciudadanía. Bajo Donald Trump el control de la frontera se ha convertido en un grave descontrol de la ‘US Customs and Border Protection’, la agencia federal que últimamente recluta, arma y dota de inmunidad a individuos con dudosos antecedentes y los pone en el servicio sin el entrenamiento necesario. En consecuencia, la agencia se enfrenta a numerosos procesos judiciales.
La distopía del acoso a la sociedad civil es el reverso de la utopía fabulada por intelectuales de izquierda para alterar los cimientos culturales del país. Estados Unidos encarnaba una continuidad y al mismo tiempo una ruptura con la sociedad europea. Y son irónicamente los fundamentos europeos de la cultura americana los que el gobierno de Trump ve amenazados en Europa, mientras que la Europa surgida de los totalitarismos, ambos con DO europea, pretende, con idéntica ironía, defender los valores democráticos de origen americano. El intercambio de papeles sería cómico si no fuera peligroso. O si cada uno de los frentes, además de una parte de razón, no tuviera un margen importante de sinrazón.
A pesar de quienes todavía defienden la función superestructural de la cultura (por decirlo en la oxidada terminología del siglo pasado), la composición demográfica de un país (y de un continente) altera su carácter. Un inmigrante no es reducible a la abstracta fuerza de trabajo. Es una vida humana con un bagaje de experiencias educativas, afinidades culturales y fidelidades nacionales, religiosas y en ocasiones también raciales. Por este hecho, estallando a pie de calle, en las escuelas, en los barrios y las instituciones, prosperan las propuestas de tercera vía, o mejor dicho del camino de en medio. En Cataluña en poco tiempo algunos han pasado de tachar de racista las advertencias sobre el descontrol migratorio a aceptar un control cuantitativo manteniendo el tabú sobre el cualitativo. Proponen estrechar la frontera sin discriminar por origen, educación, voluntad de adaptación o trasfondo cultural. Así salvan la autocomplacencia moral a pesar de realizar una concesión al pragmatismo con la boca pequeña.
Pero ocurre que el narcisismo no ayuda a entender la realidad exterior. En las antípodas del cinismo que suele acompañar al poder, el moralismo lleva a un resultado igualmente empobrecedor. Son gemelos que se estimulan mutuamente en la pugna. Por decirlo en términos locales: Irene Montero y Santiago Abascal son la cara y la cruz de la misma moneda. La legalización de medio millón de inmigrantes que Montero defiende como instrumento de sustitución demográfica (de fascistas, dice ella, pero todo el mundo entiende que quiere decir de catalanes) es la respuesta de la extrema izquierda -de aquí y de allá- a la demanda catalana de competencias en inmigración. La legalización exprés prepara el camino de Vox, ya que toda inflación tiene un límite más allá del que vienen la crisis y la deflación. En política, como en la vida, la ‘hybris’ suele acabar mal. Los griegos lo sabían tan bien que le dedicaron todo un género: la tragedia.
La ‘hybris’ de la izquierda, como la de la derecha, se llama esencialismo. Mientras que a principios del siglo XX la derecha declaraba que Cataluña sólo podía ser cristiana, es decir regirse por la sacristía y el confesionario, la izquierda de este siglo afirma sin turbarse que Cataluña es intrínsecamente acogedora y no tiene otro destino que acoger. A la fuerza ahorcan, decía mi abuela. ¿Es que alguien tiene el derecho de hablar por Cataluña, de dictarle qué es y qué debe ser? ¿Acaso no hay encuestas para escrutar la voluntad popular y elecciones para manifestarla?
Con la presunción de hablar en nombre de una colectividad histórica y representar su sentimiento, el dogmatismo se equivoca e induce a error. De ahí el prurito de identificar a los disidentes con alguna lacra ideológica. Octavio Paz, uno de los mayores intelectuales de América Latina, anatematizado por el ‘establishment’ cultural de aquel continente por haber dicho algunas obviedades, como por ejemplo que la izquierda latinoamericana no desciende de la ilustración sino de los teólogos españoles del siglo XVI –observación tanto o más aplicable a la izquierda española– escribió que hay dos formas de ignorar la existencia de los demás: convertirlos en demonios o en protagonistas de cuentos de hadas. Y es esto que hace la izquierda catalana (ya indistinguible de la española) y previsiblemente hará la extrema derecha cuando llegue al poder. La demonización del adversario contradice la idea de sociedad inclusiva, pues la teología lleva muchos siglos definiendo la salvación como un cordón sanitario que separa a los hijos de Dios de los hijos de las tinieblas.
La censura, madre de todos los cordones políticos, es de origen teológico. De la censura grosera de la derecha se ha pasado a la censura jesuítica de la izquierda. De una izquierda convencida de su superioridad moral y que alimenta la ilusión de que la censura es patrimonio de la derecha. Una izquierda que no censura, pero decide quién tiene derecho a ser escuchado. Y, si después de pasar por la criba todavía alguien se muestra irreverente, siempre queda el recurso de provocarle para que se alinee u opte por la salida. El puritanismo de la izquierda incentiva la disidencia y precipita el descalabro, pues, parafraseando a Abraham Lincoln, puedes silenciar a todo el mundo durante un tiempo y a algunos todo el tiempo, pero no puedes silenciar a todo el mundo todo el tiempo. En una democracia, siempre llega un día en que los silenciados levantan la voz y votan como piensan.
EL MÓN







