“España, es un bien moral a preservar”, pontifica el oráculo episcopal. Un bien, por supuesto, sujeto a las concepciones de la moral católica. De un iglesia nostálgica y escandalosamente devota de las criminales cavilaciones del hombre del palio…
Inspirada en aquel gran ideólogo del “imperio hacia Dios”, el ínclito José Antonio, que en 1934 proclamaba, “banderas al viento: “Toda reconstrucción de España, ha de tener un sentido católico”.
La iglesia, vieja zorra de la historia, siempre lo tuvo claro; sin catolicismo no hay unidad, ni lengua común, ni moral común, ni proyecto común… en una palabra, no hay España. ¿Qué era si no, el nacionalcatolicismo?
España pues, un bien moral…
Quizás cuando la “santa madre iglesia” tenía el patrimonio de la moral, podíamos preocuparnos y tomar en consideración a ese conciliábulo episcopal.
Pero las cosas han cambiado, y mucho y sobre todo, el concepto de moral. Efectivamente, hoy sabemos que la moral, ni es absoluta, ni es universal.
No puedo evitar en este contexto una mención. Y es que los que somos testigos de los cruentos años del franquismo, recordamos sobrecogidos aquellas normas, emanadas de la entonces vigente o preponderante moral católica.
Se trataba de normas más que estrictas, despiadadas. Su incumplimiento, conllevaban profundos traumas síquicos. Hoy nos resulta difícil entender, que tipo de clérigos podían ser quienes maquinaban y nos amenazaban con aquellos macabros y eternos suplicios, dictados por un Dios tan tremendo como terrorífico.
¿Acaso pretenderán retornarnos, con auténtico espíritu joseantoniano a aquella España tormentosa, bárbara, inquisitorial…?
Queremos creer que eran otros tiempos, aunque al parecer se trate de los mismos prelados/as, presbíteros/as y compinches/as…
Hoy día por fin, queda meridianamente claro, que lo que para un católico, o para un talibán, o para un judío, o para un yanqui, es un bien moral… para un humanista, o un comprometido con la justicia social, o un insurgente que lucha por los derechos humanos, puede equivaler a la quintaesencia de la injusticia, o cualquier tipo de cáncer social…
No es este el espacio para meterse en disquisiciones sobre la esencia del bien moral. Baste con analizar someramente, los argumentos o si se quiere las bases en la conferencia episcopal se apoya para definir a España como un bien moral.
Un bien, como puede ser la sacrosanta unidad de España, no se impone ni con leyes, ni con jueces ni con armas. Que esto es lo que percibimos una gran mayoría de vascos y catalanes, obligados a ser españoles contra nuestra propia voluntad.
España puede ser un bien moral, para quienes –allá ellos-, por las razones que sean, la aman y la aceptan (o la soportan) como patria, de bueno o mal grado.
De todas formas, resulta extremadamente difícil, entender que tipo de bien moral puede constituir una nación formada a lo largo de los siglos, con crueles y permanentes limpiezas étnicas y culturales. Era evidente: una raza, una religión, una lengua.
Ese fascismo, el ibérico que proliferó en América con la represión de las culturas indígenas y posteriormente en la península, con la negación a la modernidad europea.
España nunca ocultó el carácter represor de la diversidad original, lingüística y cultural. Se trataba de una combinación de crueldad, autoritarismo y mesianismo cristiano.
Tics, que mantiene actualmente, al menos para los que la contemplamos y la soportamos desde otra perspectiva.
Es pues realmente sorprendente, la amnesia de una iglesia, responsable directa de genocidios, inquisiciones y de este sello indeleble que ha supuesto el nacionalcatolicismo.
Hoy, diríamos, que una entidad por su naturaleza intrínsecamente ceremoniosa, superándose así misma, oficia su ceremonia más cínica.
¿Cómo siendo al alimón con la oligarquía y la monarquía, la artífice histórica, de este desbarajuste económico y sociopolítico que es en la actualidad España, nos la propone a los que nos vemos obligados a pertenecer a ella contra nuestra voluntad, como un bien moral común?
No entendemos que tras su escandalosa presencia, en episodios de pederastia, en el expolio de bienes públicos y en su histórico compromiso con los sectores de la oligarquía más integristas y reaccionarios, se atreva a endilgar moralinas contra ”los hombres de buena voluntad”.
¡Que buena labor haría, esta santa madre iglesia, con todas sus sectas y epígonos, si de una vez por todas, desapareciera de la faz de la historia…!
Publicado por Nabarralde-k argitaratua








