La calidad democrática de una sociedad -se me ocurre-, es inversamente proporcional a su número de inquisidores. Diríamos que una sociedad auténticamente libre repudiaría como perversa cualquier práctica inquisitorial.
El inquisidor moderno vive sobre un pedestal donde asienta su cátedra. Como Torquemada o Pierre de Lancre, o Juan del Valle Alvarado, sueña con hogueras. Tan dogmático como sus «ilustres» antecesores, le corroen la paranoia, la misoginia, la intolerancia…
Su presencia es habitual en los púlpitos, en las prédicas editoriales y radiofónicas, en las monsergas de las tertulias y estrados políticos… Todos ellos con síndrome de oráculos del Olimpo.
No existe hoy día un discurso más cargante, desvergonzado e involucionista, que el de estos engreídos inquisidores con sueldo y rango oficiales.
Es el político que amenaza o insulta si no te atienes a sus exclusivos parámetros políticamente correctos.
Es el obispo que se erige en la medida de lo ético y de lo reprobable. El que rechaza cualquier alternativa de conciencia, que no coincida con su visión. El que marca los límites insoslayables entre el mal y el bien.
Es el editorialista que establece los caminos «sine qua non» del estado de derecho. Es, en general, el intelectual pesebrero, que fustiga todo intento de razonamiento que fluya al margen de un bipartidismo atosigante o de un «statu quo» excluyente… Excluyente por supuesto, para todo aquel que denuncie su injusticia, su corrupción y sus perversiones.
El inquisidor moderno mantiene las mismas pautas que el medieval o el dieciochesco. Transige con la tortura, aviva la delación, la calumnia e incluso puede consentir el crimen (¿Crimen de estado?).
Son bastante aclaratorias a este respecto las declaraciones del relator de la ONU, Theo Van Boven.
Se erige en la medida de las conductas ciudadanas: religiosas, éticas y políticas. Y como antaño, se sustenta en un sistema judicial arbitrario, amparado por la violencia institucional.
Los inquisidores son los guardianes del orden establecido. Un orden expresamente creado para el beneficio de unos pocos privilegiados. Les apoya una masa timorata, crédula, asustada y siempre manipulada. Por ellos, la historia se detendría en sus maniqueísmos, prejuicios y planteamientos. No entienden que las instituciones estén al servicio del ciudadano, sino éste al de éstas, muy acordes con el criterio del inquisidor.
Pero la historia evoluciona. Ha sido la dinámica de las conciencias libres y progresistas, que aún a riesgo de caer en las cárceles, tentáculos y papeleos inquisitoriales, se han movilizado contra sus mensajes e injusticias.
El inquisidor es en esencia, inmovilista y dictador. Puede aparecer como fanático y visionario, o como demócrata de toda la vida. Eso sí, siempre depositario de la única verdad.
Pierre de Lancre había llegado en su obcecación a cerciorarse de que había sido testigo de un akelarre presidido por el demonio y sus brujas. Juan de Alvarado dio por probado que Satanás tuvo comercio carnal con la bruja Graciana…
Los Garzones, los Rubalcaba, los Orejas… son testigos -¡cuántos les creen!-, de la implicación en los conciliábulos de ETA, de cualquier político, pensador o humanista vasco, que plantee la soberanía y la dignidad de Euskalherria.
Abusando de su inmenso poder político y mediático, envilecen a los ciudadanos y a los pensadores más honestos, sean de donde sean, para evitar que destapen las cloacas del sistema. Son los creadores de esas listas tóxicas, auténticas redes para inmovilizar cualquier conato de insurgencia pacífica.
Como el viejo inquisidor, ni siquiera necesitan delitos para convertir al inocente en reo. El indicio inducido, la falsa denuncia, la sugerencia canallesca de algunos medios, es suficiente para destruir honestos ciudadanos.
Si alguna vez no lo logran -como en el caso de frustrada ilegalización de II SP-, es, gracias a la vergüenza que les produce el creciente clamor europeo contra sus mañas fascistas y dictatoriales.
La utilización de la Inquisición, como instrumento político, fue un hecho tanto en todos los confines del imperio español, como en otros países europeos. Fue oficialmente abolida en 1834, durante la Regencia de María Cristina.
Pero al parecer, los bioritmos carpetovetónicos del imperio son endémicos en la piel de toro. El gen picaresco, esa grandilocuencia que no pasa de ser un disfraz para ocultar ciertos complejos de baja autoestima y sobre todo el ramalazo inquisitorial, perviven.
El espíritu inquisitorial, en mi opinión, pervivirá mientras el estado español permanezca encerrado en si mismo. Es decir, mientras no se enfrente honestamente a sus demonios: el conflicto de que comporta una unidad nacional bajo la tutela del ejército, y una apuesta decidida por la implantación inequívoca de los derechos humanos.
Significaría aceptar la voluntad de naciones sin estado como Cataluña y Euskalherria, y aceptar una democracia representativa donde la voz de la ciudadanía se impusiera a la dinámica cerrada de un bipartidismo caduco.
Efectivamente, hay demasiadas prebendas, intereses privados y prácticas corruptas en juego, como lo manifiesta ese circo escandaloso y vergonzante, en que los propios inquisidores se enzarzan para copar el poder. Mientras, que el pueblo soberano, calle, aguante y padezca las mil crisis…
¡Lacra de inquisidores!








