Esa Euskalherría idílica…


Tener la sensación de que se han muerto todos los ruidos molestos: políticos, mediáticos, bélicos. Toquitear la prensa para vigilar el tiempo, pasar los grandes titulares de soslayo, como sombras del diablo y curiosear alguna pluma conocida y poco más.

La tele… para dormitar la sobremesa, un pequeño «aldragueo» por el tour, alguna «estropada», algo de pelota y amén, porque la verdad, cada vez me soliviantan más su ruido y sus estupideces.

Aquí tan cerca del silencio de los prados aromados de heno, el blanco rugido del acantilado, la txapela grisácea de los altozanos… En esos enclaves como Orio, Deva, Lekeitio etc… donde todavía se puede comprar, pasear, respirar y vivir en Euskera.

Y además, puedes prescindir de coches, metros o autobuses… Claro que al utilitario es imposible perderlo de vista, ya se trate del último recoveco del litoral o del más complicado entuerto montañero… No hay más redaños…

Pueblos que también han debido pagar su tributo a la globalización o a los buitres de las constructoras con algunas aberraciones urbanísticas, pero que al fin han podido conservar su estilo y su personalidad. Sobre todo si los comparamos con algunos núcleos riberos cuya personalidad es precisamente la falta de personalidad.

Lo cierto es, que por unos días todo mi ser consigue sentirse y sobre todo vivir plenamente euskaldun, en plena armonía con el medio, como se dice. Bueno, euskaldun, con todo derecho, puedes y debes sentirte en Tudela o en Gasteiz evidentemente. Pero, al menos para un servidor, no es lo mismo, en tales latitudes, hemos o nos la han desdibujado a Euskalherría, hasta prácticamente borrarla.

Se me dirá que esta visión es demasiado idílica o incluso egoísta, ya que se margina la realidad de un pueblo en lucha, en perpetuo y doloroso parto. Lo se. Pero periódicamente uno necesita vivir lo poco que nos queda, para proyectar y soñar, luchar y esperar.

Hoy, en Orio, ya no escampa, es como si no hubiera más sol, no hay que preocuparse, bihar edo etzi, esta densidad plomiza se romperá. Y vagas por calles y bares, donde Lertxundi o Itoitz e incluso Laboa, insiten en ambientar el bureillo… Ya es algo para los que estábamos hartos de canción española, flamenco industrial o de los montes de Jalisco de los bares riberos de días atrás…

Y uno, que en estos ambientes se pone pues así, tan idílico, tan bucólico, piensa que por conservarlos y vivir en ellos se aliaría con el diablo. Por eso cree que hay mucho vasco de piquillo, sobre todo mientras sigamos reflejando el espíritu del viejo canto: Zer egiten dugu? elkar jo…

Así que vinieron los de fuera y nos montaron su chiringuito. Se lo ponemos demasiado fácil. Y esto es así. Y no presenta visos de que seamos capaces de crear nuestra propia historia, nuestro propio estado…

Nuestros odios ancestrales como oñacinos, gamboínos, agramonteses y beaumonteses, abertzales de raiz o troncales, son la materia perfecta para ejecutar el guión que nos escribe la corte.

Porque a lo que íbamos, que uno necesita vitalmente henchir los pulmones de paz, de silencio y hasta de un poco de nostalgia. Que el ruido mediático acaba enervándote o envenenándote y que mata la esperanza y hasta el alma.

Y que es cierto, que mientras tanto, los sinvergüenzas de la política organizan sus periplos de fiesta en fiesta, de cena en cena, de pelotazo en pelotazo. Y que para aliviar la crisis se suprimen los impuestos a los grandes patrimonios. Y que la banca ya muerde fino, sigue a las andadas y ya diseña la próxima, sin duda más gorda… Y que los mileuristas, ya no llegan a los novecientos. Y de que la monarquía y su séquito derrocha en Marivent. Y que ETA sigue usurpando nuestra palabra y poniéndoselo en bandeja al ínclito tartufo, ministril fontanero y filósofo de la madera… Y toda esa basura nauseabunda de frikis y cutres alcobas.

Desde el acantilado de Itxaspe, hasta el Adur, el mar se sosegaba en una gama infinita de tonos metálicos: añiles, plomizos, plateados, azogues… Sí, necesito este idilio para poder reintegrarme a la pesada cadena de la rutina diaria, quizás a la gran mentira de la burda realidad. Las utopías con frecuencia han florecido… Ahí estamos, entre la esperanza y la utopía… Velando para que la desertización geográfica y cultural respete nuestras riberas, valles, arroyos y selvas…

Publicado por Nabarraldek argitaratua