Que España ha llegado a una encrucijada, es un hecho universalmente reconocido. El gobierno español pretende animar a la ciudadanía y colectivos -Como si un cirujano tuviese la ocurrencia de reclamar la exultación de un traumatizado paciente tras el más grave de los accidentes, porque ya se dispone de quirófano para la intervención-. No descubren estos hechos sino la estulticia de unos hombres públicos que creen disponer de los instrumentos adecuados para hacer frente a la situación más seria, por el simple hecho de estar en el centro neurálgico del poder.
La realidad, sin embargo, muestra las graves deficiencias del aparato estatal español, para hacer frente al remolino en que se encuentra España. Es una encrucijada, con la particularidad de que puede que no exista ningún camino de final válido. No está claro que los instrumentos de navegación del barco del Estado puedan ser de utilidad o funcionan como ruedas locas. El problema de España reside, no únicamente en la incapacidad de los actuales responsables gubernamentales, sino en la pertinacia del conjunto de los grupos dirigentes y élites socio-políticas por resistirse a aceptar que la crisis económica se ha limitado a poner en evidencia defectos estructurales históricos; defectos que el carácter prepotente del dirigente español ha ignorado y no se ha preocupado por ponerles remedio en esta última etapa histórica, iniciada con la desaparición de Franco.
El franquismo pareció enderezar a España con la receta del autoritarismo y renovación de la oligarquía tradicional, gracias al desarrollo material y progreso social consiguiente en que la sociedad española ha vivido desde entonces y hasta el momento. Del imaginario español había desaparecido la España de la “cáscara amarga”, sustituida por la sociedad constitucional del consenso. La sensación de haber alcanzado a los países avanzados y haber arrumbado el atraso histórico, hacía de los españoles personas seguras, en tanto los dirigentes hinchaban pecho ante sus homólogos europeos y miraban con desdén a los suramericanos, sobre cuyos territorios se habían lanzado las nuevas multinacionales españolas, especuladoras, creadas como monopolios durante las dictaduras de Primo Rivera y Franco. Parecía cierto aquello de Franco: “atado y bien atado”…
A Franco no se le tocaba ¡No iba a hacerlo el rey, su heredero y hechura! La oligarquía le reconocía y los timoratos de la autodenominada izquierda preferían olvidar ¿Por qué tendrían que recordarlo, cuando oligarcas del P.P y arribistas de clase media del P.S.O.E. se proponían seguir formas de actuar -aprendidas de los franquistas- y competir con ellos por acaparar, utilizando influencias y los cargos políticos? La sociedad en general se echó a la carrera, siguiendo la filosofía de aquel teniente chusquero: “…¡m…, el último!” ¡Qué querían los vascos, si tenían dinero, vino y placeres…! Había resistencia a reconocer que se vivía en burbujas. Estalló primero la inmobiliaria, luego la del trabajo para todos y dinero sobrado. La última burbuja en estallar, ha sido la de la ilusión de que España había cambiado. La crisis ha hecho emerger la basura y excrementos de un fondo de laguna con aparentes aguas límpidas en superficie. La tormenta las ha revuelto y evidenciado la suciedad y podredumbre depositada en el fondo…
A España le ha llegado la hora en la tremenda convulsión generada por el neoliberalismo. Es cierto que la crisis responde a factores exógenos, condicionados por la evolución de economía y política a escala mundial. También lo es que el esplendor aparente de España respondía a los mismos factores externos. La grandeza de España radica en las dimensiones del desastre. España se muestra como un pesado paquidermo sin fuerzas para desplazarse, sus compañeros de camino –los europeos- se encuentran en mejores condiciones y sienten la necesidad de arrastrarlo, porque perder tan importante masa de carne -la cuarta economía del Euro- puede comprometer su propia supervivencia. Sucede como con los lastres muy grandes que pueden ser transportados con facilidad por caminos anchos y libres, pero que en los puntos difíciles se revelan como perjudiciales para la propia seguridad.
Y ahí están los otros países de estructuras socio-económicas más firmes. Se han limitado a confiar en poder arrastrar al paquidermo español mediante la utilización en cada instante de la capacidad de arrastre de que disponían. Cuando la carga se detiene y atora, se aplican remedios puntuales, dejando a un lado una planificación de una marcha previsora, que permita adelantarse a los obstáculos del camino. Así, el rescate se ha producido en el momento en que se sentía que la carga podía derrumbarse. Constituye una medida muy grave por los recursos que se utilizan para salir del paso, sin que haya la seguridad de la eficacia del esfuerzo. Parece que el remedio resulta ineficaz. A la torpeza de la carga de la economía española, se une ahora como lastre el propio dinero del rescate. Se ignora qué soluciones puedan plantear los dirigentes económicos europeos y americanos, porque, quizás, ellos mismos no tengan previsto nada. Las decisiones que se toman, parecen obedecer a la urgencia de salir del paso.
En el momento presente España carece de credibilidad. Es posible que los dirigentes de la Unidad europea hayan concluido que es mejor desconfiar de los españoles, a quienes han agasajado durante varios decenios, en la esperanza de que podían implementar la transformación del viejo imperio sur-europeo. Parece claro que en el futuro no serán tan considerados. De no dar resultado las medidas aplicadas ahora, España será –si ya no lo es- un instrumento inútil para la construcción europea. Es éste un aspecto con el que las élites españolas no han contado nunca. Siempre se han contemplado en los puestos de cabeza. A pesar de ellas, España se revelará mejor como un pasivo, que como elemento activo en el contexto europeo. Los españoles afirman con cierta autosatisfacción que España es demasiado grande para ser rescatada o dejar que se hunda… Es mala baza considerar que la virtud de uno se encuentra en las dificultades a las que se enfrentará quien puede ayudarnos. España es demasiado grande…y ¿Qué se puede hacer cuando una extremidad del cuerpo está gangrenada? ¡Cortarla, aunque el cuerpo quede mutilado!
¡Nadie es absolutamente imprescindible! Una España derrengada no animará a Europa a contar con ella. La perspectiva para todos es la de un derrumbamiento de España relativamente cercano. De no producirse este derrumbamiento, la superación de la crisis se verá marcada por los sacrificios materiales que los políticos españoles de todo color acostumbran a imponer a la ciudadanía. La ciudadanía española ha aceptado el estado de cosas establecido tras la muerte de Franco. Satisfechas con el nivel material y de consumo, permitido por la integración de la misma España en el mercado de los países desarrollados, las últimas generaciones de españoles han alcanzado unos niveles de vida increíbles para quienes vivieron la pre- y postguerra primera. Se toleró que los dirigentes de toda índole se beneficiasen de los manejos de los resortes de la administración y control de organizaciones patronales y sindicales. Toda denuncia de corrupción o malversación de fondos públicos terminó como ola en la playa.
Las quejas de la ciudadanía no se han hecho sentir sino con las restricciones sobrevenidas con la crisis ¡Hoy es cuando se acusa a las élites por su egoísmo y falta de pudor! La actual oligarquía está dispuesta a demostrar que no ha renunciado ni a la prepotencia, ni a cargar los costes sobre el conjunto social. No importa que aumente la pobreza y que queden en desamparo importantes capas de población, sin casa, sin comida y sin atención sanitaria. La vuelta a situaciones que se creían superadas definitivamente, se convierte en un auténtico espectro del pasado ¡Pero ahí están los políticos, preocupados únicamente de que no caigan los bancos! Difícil concluir si está resucitando la otra España,… De momento la dinámica de lo que se denomina el 15 M no pasa de ser un juego de protesta. Esperemos acontecimientos. A todo esto debe añadirse la desorientación total que afecta al conjunto de las élites españolas. En tanto los dirigentes de la economía no parecen tener otra preocupación que seguir extrayendo el máximo beneficio –incluso en una situación tan crítica- los dirigentes políticos desarrollan una pelea de patio vecinal, más preocupados por aparecer victoriosos en un debate que no aborda los factores estructurales de la crisis española y se limita a buscar salir dialécticamente airosos frente al adversario.
Se puede recriminar a Rajoy y su equipo de ineficacia. No nos encontramos en una situación diferente de cuando Zapatero gobernaba. Resulta patético el aspecto de Rajoy rehuyendo los problemas, más preocupado por la incidencia de los acontecimientos en la opinión pública que por poner remedio a la crisis. Es igualmente patética la actitud de Rubalcaba –poco ha responsable de la política gubernamental- denunciando a Rajoy por seguir un camino iniciado por el P.S.O.E., y que hubiera seguido el mismo Rubalcaba de haber triunfado electoralmente. España es un País –permítaseme la expresión- carente totalmente de liderazgo. Además el conjunto de las élites parecen no querer darse cuenta del fondo de la cuestión. No se plantean soluciones conjuntas como sería de esperar en una situación más de desmoronamiento del Estado que de simple crisis. No hay capacidad para mirar a medio plazo, cuando el desastre puede surgir de manera inmediata, a tenor de la desorientación que se advierte en dirigentes y organismos europeos. La cuestión de la intervención exterior es un asunto en el que no tienen nada que decir ni los políticos, ni los responsables económicos españoles. los acontecimientos pueden ser más o menos rápidos…
Para los soberanistas navarros debe estar claro que debemos prepararnos para lo más grave y decisivo. No nos encontramos únicamente en un momento delicado que tenga solución a medio plazo. Nos hemos convencido que España es un lastre para Navarra por todas las implicaciones negativas que supone depender de un Estado desastrado. El estar atados a España no constituye una circunstancia que limita nuestro progreso. En el presente momento la necesidad de liberarse de España constituye un imperativo sin alternativa, porque la organización española se derrumba ¡No queda, sino el abandono del navío! ¡Necesitamos una reorientación global de nuestra actual situación! Debemos presentarnos ante Europa como un espacio con vocación europea, implicando esto la aceptación de las exigencias de modernización de las estructuras productivas y convencer con los hechos a esa Europa de que somos viables porque disponemos de voluntad y medios para marchar con ellos. En esta dirección es necesario que Europa tome conciencia de la inutilidad de España como organización política y que la solución de este espacio de Europa pasa por el reordenamiento más profundo de la organización estatal presente, a fin de que desaparezca definitivamente una estructura parásita que nació para la espoliación de otros y el desprecio de cualquier actividad de solidaridad.
Publicado por Nabarralde-k argitaratua







