En los confines de Italia

En la resolución de un conflicto nacional no cuenta tanto la materia prima –espero que se entienda lo que quiero decir–, como la conciencia

 

Por la proximidad en el tiempo, por la proximidad del momento culminante del conflicto, seguramente uno de los fenómenos nacionales más interesantes que tenemos en Europa es el de la llamada “italianidad adriática”. Esto es la configuración de la frontera oriental de la Italia actual, en conflicto –entonces con Yugoslavia, hoy con Eslovenia y Croacia– desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

Este ‘confín’ italiano –para utilizar la expresión polaca– recuerda más a los procesos típicos de Europa central y oriental que a los de Europa occidental. Por la mezcla de poblaciones, por el cambio constante de las fronteras y por los movimientos que unos y otros intentan a la hora de reconfigurar las respectivas naciones. Básicamente, hablaríamos de la presencia todavía hoy potente de eslovenos en la Italia actual –que va de Trieste a Gorizia y más arriba–, pero también de la presencia de italianos en las costas adriáticas, de Istria hasta exactamente en Montenegro.

Explico esto porque estos días he leído un libro que, partiendo de esa perspectiva, me ha hecho pensar mucho sobre la realidad nacional y la construcción de las naciones. Pensando también en nuestro caso. Se trata de ‘Italianità adriatica’, un estudio relativamente nuevo del historiador de Trieste Raoul Pupo, considerado uno de los máximos conocedores de esta realidad.

Concretamente, me ha llamado mucho la atención cómo Pupo describe la batalla –él no lo dice así, pero creo que es la palabra más adecuada– entre las naciones italiana, eslovena y croata para reconvertir el territorio y la gente de la antigua República de Venecia en parte de sus respectivas naciones. Leyendo el libro se hace evidente que Trieste (Trst) hoy podría ser perfectamente una ciudad eslovena y Fiume (Rijeka) una ciudad italiana si las cosas hubieran ido sólo algo distintas. Y que esto no sorprendería absolutamente a nadie. El concepto central de su relato, y que me parece interesante para nosotros, es que define todo esto como el resultado de una “competición para conquistar la conciencia” de los habitantes de esta tierra, incluso con independencia de lo que originariamente sean o puedan ser.

Podemos reconocer el fenómeno nosotros mismos con claridad: italianos étnicos por los cuatro costados que, sin embargo, ahora se sienten croatas; eslovenos étnicos que viven como si fueran perfectos italianos en su día a día; istrianos de diversa condición que, más allá de la identidad local, se sienten perdidos… La gracia de Pupo es presentar todo esto que vemos en nuestra casa también como una “competizione per la conquista delle conscienze”. E implica una lección de la que me parece que deberíamos tomar nota: que, de cara a la resolución de un conflicto nacional, no cuenta tanto la materia prima –espero que se entienda lo que quiero decir– como la conciencia. Dicho de otra forma: no cuenta tanto ser catalán como tener conciencia de serlo y de no ser español o francés. Una conciencia, ésta, que además es dinámica y permanente, nunca queda fijada para siempre.

Pupo lo dibuja con una imagen muy poderosa cuando define su propia ciudad explicándonos que en 1948, justo terminada la Segunda Guerra Mundial y cuando quedó fuera de Italia, Trieste “podía ser la Milán de 1848”; y que en 1952 –cuando definitivamente quedó encajada en las nuevas fronteras italianas– “podía ser la Venecia de 1866”.

Recordémoslo: la analogía juega con dos momentos fundacionales y contrastados del Risorgimento, que tienen significados muy distintos en el proceso de unificación italiana. La referencia de 1848 remite a los llamados Cinco Días de Milán, cuando los milaneses expulsaron de la ciudad a las tropas austríacas del mariscal Radetzky en una insurrección popular extraordinaria. Fue un momento de pasión cívica, casi épico, pero militarmente efímero e inútil: pocos meses después, en agosto del mismo año, los austríacos volvían a entrar y restablecían su dominio. Milán-1848 simboliza, pues, el levantamiento heroico, pero fracasado, el primer empuje que no logra consolidar nada en términos prácticos, pero que queda inscrito como momento fundacional, como referente moral y como la semilla de una causa que continuará viva durante décadas.

Y la Venecia de 1866 representa exactamente lo contrario: la culminación definitiva. Después de la fallida República de San Marcos de Daniele Manin (1848-49), que también se había derrumbado, Venecia tuvo que esperar otros diecisiete años hasta que finalmente fue incorporada al Reino de Italia a raíz de la Tercera Guerra de Independencia –encauzada por la victoria prusiana sobre Austria en Sadowa–, con un plebiscito abrumadoramente favorable en octubre de 1866. Aquí no hay épica popular, sino logro final, fruto de la paciencia, del contexto internacional propicio y de una exitosa operación política y diplomática.

La analogía del historiador, por tanto, nos explica que dentro de un país los tiempos históricos pueden ser diferentes y funcionar como oleadas que se van repitiendo en lugares geográficos alejados.

Y la reflexión que hago tiene que ver con los intentos nunca exitosos de españolización de nuestro país.

Siempre he interpretado que, para la catalanidad, el momento más peligroso de este último siglo fue en 1992 cuando, con ocasión de los Juegos Olímpicos de Barcelona, buena parte de la población catalana del Principado se sintió cómoda, por primera vez, en una españolidad que hacía creer que se podía vivir en el Estado español, como catalanes, con una cierta comodidad.

Y, en consecuencia, para mí la gran victoria del período 2012-2019 es haber puesto fin para siempre a esa sensación. La emergencia del ‘putaespañismo’ –supongo que se entiende qué quiero decir y la ironía– es la prueba más fehaciente que en la competición “por la construcción de la conciencia” nosotros, en estos últimos años, hemos dado muchos pasos adelante, importantísimos, aunque en la depresión política actual cueste verlo. Porque, siguiendo a Pupo, el tema no es ser catalanes o no, no es exactamente ser catalanes o no. El tema clave es tener claro, o no, que serlo significa no ser españoles o franceses. Porque ahí está la competición real. ‘Per la conquista delle conscienze’.

VILAWEB