En las recientes elecciones celebradas en Francia o Israel, aunque en contextos muy diferentes, han vencido las opciones políticas que propugnaban una defensa de la identidad y que aportaban seguridad ante las incertidumbres de la crisis económica y de la amenaza del terrorismo. En Cataluña, en cambio, nos proponemos impulsar una secesión, tal vez el gesto que pide el máximo compromiso nacional, abjurando de los referentes de identidad que definen la comunidad. Del discurso dominante en buena parte de los dirigentes del proceso parece que no se trate de conseguir un Estado para reforzar la presencia de la nación en el mundo, que es básicamente el objetivo perseguido por todas las independencias acaecidas hasta ahora en la historia de la humanidad, sino que el advenimiento de la nueva realidad política se anuncia con el singular proyecto de crear un ente soberano en el que el sustrato nacional tenga una incidencia secundaria. Sólo teniendo en cuenta este discurso se puede entender que el liderazgo supuestamente independentista piense en un Estado en el que el castellano se mantenga como lengua oficial, potencie un discurso legitimador de las razones en defensa de la soberanía basada sobre todo en cuestiones económicas o que niegue que una separación de España suponga ningún tipo de conflicto ya que, tal como en concreto han defendido Alfred Bosch, se trata de hacer la independencia para ser aún más amigos de los españoles.
Parece que la necesidad de forjar una hipermayoria que apoye el proceso (cuya expresión democrática, por otra parte, se encuentra prohibida por el sistema constitucional vigente) se tenga que pagar al coste de deconstruir los elementos de identidad. ¿Pero de verdad tiene algún sentido embarcarse en una aventura de altos vuelos como la que representa la fundación de un nuevo orden político con el riesgo, y por algunos con la voluntad, de disolver la catalanidad dentro del magma confuso de un universalismo tonto? O aún peor: ¿tiene algún sentido romper con España para fomentar la continuidad de la identidad nacional española en el nuevo Estado independiente? No se habla de proteger una minoría (comparando así la visión del españolismo según la cual en nuestro país convive otra y amplia comunidad nacional ajena a la realidad catalana) sino de asegurar que los ciudadanos de lealtad nacional española puedan seguir viviendo en la Cataluña independiente como si no hubiera habido secesión. Como si no hubiera pasado nada. Sin traumas. Es esta línea argumental, este lenguaje, una independencia que no tiene cesura (de aquí que, con la excepción de la CUP entre las fuerzas parlamentarias, no se hable nunca de declaración unilateral de independencia, el momentum de la ruptura por excelencia), que no tiene conflicto, que piensa más en los ciudadanos de identidad nacional española que no comparten el proyecto que en los nacionalistas catalanes, que defiende un extraño estatismo sin nación, lo que enturbia el proceso catalán, que lo sitúa en una perspectiva que no tiene parangón con las experiencias de independencias exitosas y que además hacen dudar de la verdadera voluntad separatista de sus impulsores. La tendencia autóctona de hablar de patriotismo sólo con la boca pequeña, o para despreciarlo (esta fantasía de afirmar que uno no es nacionalista sino independentista) contrasta con el hecho de que las agresiones que nos infligen las instituciones españolas lo son por razón de nuestra condición nacional. ¿Por qué se amenaza la inmersión lingüística en las escuelas, se laminan las competencias de nuestro autogobierno, se divide un espacio de comunicación o se boicotean las infraestructuras que podrían potenciar nuestra economía si no es porque somos catalanes y para dificultar su proyecto de asimilación? Observamos que la incongruencia de las posiciones que antes hemos descrito llega hasta el punto de enfatizar los lazos de amistad y de hermandad que nos ligan con los mismos causantes de las desgracias que denunciamos. O una cosa o la otra. O choque entre proyectos nacionales o concordia profunda que, en caso de ser cierta, hace irrelevante y no muy legítima el anhelo de independencia.
EL PUNT – AVUI








