¿Elecciones europeas? ¡Abstención catalana!

 

Si quieres que el catalán sea idioma oficial en la Unión Europea, debes ser un Estado; si deseas obtener y cobrar los fondos ‘Next Generation’ que necesitas, sin intermediarios nada fiables, para poner al día el país, también debes ser un Estado; y si aspiras a poder decidir y a poder gestionar la cuota de inmigración que te llega de todas partes a casa y acogerla, integrarla y quererla como es debido, tienes que convertirse, a toda costa, en un Estado. No te dejes enredar más, pues. Cualquier otra estrategia para conseguir estos objetivos legítimos es pura farsa autonomista, inútil del todo si no es para excitar el victimismo de tus hipotéticos electores y esconder tu impotencia política, que, eso sí, te permitirá vivir muy bien pagado en las administraciones españolas no importa si son los ayuntamientos de municipios catalanes y, sin embargo, españoles al fin y al cabo, o los consejos comarcales de una comunidad autónoma devaluada, o las diputaciones provinciales financiadas gracias al expolio fiscal, o la Generalitat, está en decir, la gestoría presidida por un virrey sometido.

De hecho, también es autonomismo del peor la amnistía y acatar todo lo que sea necesario acatar para hacerse perdonar por el amo; la mesa de diálogo del bla, bla, bla para rajar y no aclarar nada de nada; hacer a Pedro Sánchez presidente esperando vete a saber qué del poli bueno de la política española y compartir el antifascismo con los neofalangistas del PSC-PSOE, que esconden su absolutismo patriótico bajo una leve pátina socialdemócrata y que se cabrean y te gritan para amenazarte con palabras gruesas si les recuerdas que, tiempo atrás, defendían el derecho a la autodeterminación de la nación catalana pero ahora son cómplices del 155enésimo abuso de poder: «La verdadera y sólida nobleza nace de la virtud. Y es una gran necedad gloriarse de proceder de unos padres buenos cuando uno es un malvado y ensucia con su depravación la pureza de su linaje», afirma nuestro gran humanista Joan Lluís Vives, en la ‘Introductio ad sapientiam’; o entenderte con los comunistas, disfrazados de corderos ecologistas, de Sumar, Comunes, Podemos y toda la españolísima izquierda.

Como el gobierno de España ya ha anunciado a los súbditos de la reserva catalana que el 9 de junio de este año habrá las próximas elecciones al Parlamento de Europa, ya tengo, pues, una buena manera de celebrar mi 62 aniversario, que acontecerá precisamente el mismo día, he aquí: absteniéndome de votar. Ninguno de los partidos políticos catalanes merece el voto de los independentistas de verdad. Es decir, de los que votamos sí y ganamos también la independencia de Cataluña en aquel referéndum vinculante de autodeterminación del Primero de Octubre y que no queremos olvidarlo ni queremos volver a hacerlo porque ya es bastante. Aunque los vendidos de Junts per Catalunya, ERC y la CUP se esfuerzan en borrarlo de la memoria histórica de esta nación traicionada, no saldrán adelante, pero te insultarán mientras tanto.

Sabemos, por la última estratagema del sabio tratado ‘El arte de tener siempre razón’ del filósofo Arthur Schopenhauer, que, cuando una persona no tiene los argumentos necesarios para defender su posición, pasa del objetivo del ataque (dado que la ve perdida) al contendiente y ataca a su persona de alguna manera para herir su autoestima, ‘ad hominem’. Nos insultan, nos desprecian, nos amenazan, nos censuran y nos tildan de ilusos porque no nos tragamos sus mentiras podridas. Pero también sabemos la contra-regla correspondiente gracias a otro filósofo, Aristóteles, que la formula en el último capítulo de los Tópicos: no discutir, sino exponer a la opinión pública lo absurdas que llegan a ser las propuestas que nos hacen, mil y una excusas para no hacer la independencia aplicando el mandato del Primero de Octubre mediante la mayoría absoluta supuestamente independentista en el Parlament de Cataluña.

Más allá del lloriqueo ensordecedor y esterilizador de tantos intelectuales a sueldo del poder autonómico insulso y de tantos políticos que se han avenido a formar parte del poder ilusorio de un autogobierno títere, está la verdad de los hechos y nuestra voluntad de ser fieles a la nación. El hombre es un lobo para el hombre, como dejó escrito el pensador inglés Thomas Hobbes, que ya supo observar, en ‘De cive’, que uno de los placeres de la existencia radica en tener a alguien en comparación con el que podamos tener un alto concepto de nosotros mismos. La autoestima de los independentistas de verdad, contra los posibilistas cobardes, los colaboracionistas hipócritas y los pragmáticos tramposos (descripciones que se basan en evidencias probadas y, pues, no son ofensas), consiste en amar la verdad por encima de todo, en hacerla valer y en ponerla al alcance de la opinión pública de forma convincente a fin de actuar de forma coherente. Sin embargo, en las democracias representativas, no gana quien mejores ideas tiene por muy ciertas que sean, sino quien convence a más electores. Es decir, no es suficiente con tener razón (un planteamiento platónico insuficiente), sino que hay que hacerlo mejor que el otro, mejor que tu adversario, mejor que tu enemigo, la acción (la necesaria determinación aristotélica) de convencer a más personas, más electores, más ciudadanos votantes del censo.

En estos momentos, hacer política en Cataluña consiste en no votar, en abstenerse, en ahorrarse un voto inútil dirigido supuestamente al mal menor pero que sabemos que es efectivamente el mayor mal porque es dar fuerza a los partidos políticos que son el mayor impedimento para convertirse en un Estado independiente. Más grande aún que el Estado español, da igual si es gobernado por la derecha o por la izquierda. El decrecimiento de votos que afectó, en las últimas elecciones municipales y estatales, a los tres partidos políticos que forman parte de la traición debe continuar y hacerse más profundo aún en las próximas elecciones europeas porque éste es el único lenguaje que entienden los usureros de la política catalana, como lo es el de las ganancias y las pérdidas en una empresa cualquiera. La única manera que tenemos los independentistas de verdad de castigar como se merecen de una manera eficaz los traidores de Junts per Catalunya, ERC y la CUP es no votándoles mediante la abstención o, si lo prefiere, con el voto en blanco o con el voto nulo, haciendo así que la próxima primavera política sea bastante lluviosa y el agua se lleve, río abajo, los desechos partidistas de junteros, republicarios y cuperos.

La alternativa a esta colección de sectas autonomistas instaladas en el Parlament de Catalunya bien disfrazadas de independentistas a ultranza y de quienes hacen seguidismo, como la neoconvergente ANC o el pseudorepublicano Òmnium, está por construir. Los pequeños grupos alternativos que plantean, con razón, la necesidad de hacer la independencia a partir del mandato del Primero de Octubre y que han ido surgiendo, dispersos, estos últimos años todavía están divididos y no están suficientemente organizados. Aún sufren el mismo daño que sus antagonistas: son incapaces de proporcionar una alianza transversal verdaderamente independentista por encima de las ideologías y personalismos que los separan.

Ni Puigdemont hará de presidente de la Cataluña independiente que dice él si continúa como diputado español en el Parlamento de Europa ni Junqueras dirá, refugiándose, miedoso, en la libertad condicional en la que se ha avenido de vivir, de hacer la independencia de Cataluña a sus peones si Esquerra obtiene un resultado propicio en estas europeas elecciones. Ni la CUP tampoco hará nada bueno mientras todavía debate si antes de la independencia debe alcanzar el socialismo o al revés. Contra los discursos en vano y las palabras vanas, el escritor húngaro Sándor Márai, que había aprendido bien la lección, escribe, en ‘La mujer justa’, la sentencia adecuada: “Quien habla demasiado es que esconde algo. Quien se calla con coherencia es que está convencido de algo”. En estos momentos, sólo la abstención dignifica a la nación y prepara el camino hacia el ansiado horizonte.

RACÓ CATALÀ