Hay un antiguo dicho de la sabiduría popular que dice que un bello morir honra toda una vida, y es muy cierto. Es una reflexión que encaja perfectamente con el final trágico que tuvo el presidente Lluís Companys, fusilado por el fascismo español el 15 de octubre de 1940. Companys, como sabemos, fue un hombre controvertido; un hombre con varios claroscuros que finalmente, a medida que los acontecimientos se precipitaban, se convirtió en un símbolo de la nación catalana y de la lucha por las libertades nacionales. Sobre este desenlace, sobre los meses que precedieron a su detención a manos de los nazis y la posterior entrega a las autoridades franquistas, el periodista Jordi Finestres ha escrito un libro titulado «Retrato de un magnicidio. Las últimas horas del presidente Companys» (Ara Llibres, 2015), que es un formidable trabajo de investigación. Y lo digo en el sentido más literal y elogioso del término, porque puedo dar fe de ello.
El libro tiene dos protagonistas. Uno, evidentemente, es Lluís Companys, y el otro es el oficial de guardia que, a regañadientes y totalmente trastornado, se vio obligado a comandar el pelotón de fusilamiento y remató al presidente una vez cayó abatido. Este valor narrativo es muy importante, porque Finestres, aunque explica los hechos políticos que marcaron aquellos días, se centra sobre todo en la dimensión humana de la historia a través de dos hombres que, cada uno en su ámbito, se vieron atrapados por un giro inesperado del destino. Dos hombres que se encontraban en el lugar equivocado. Companys se podría haber salvado si en vez de exiliarse en Francia lo hubiera hecho en Latinoamérica, pero quería localizar a su hijo y las consecuencias fueron letales. El oficial de la policía, por su parte, ignoraba que la guardia de ese día le tenía reservada una acción que marcaría su vida para siempre.
Hagamos ahora una pequeña muestra de las páginas del libro con estos cuatro extractos:
1) «Companys vivió en primera persona el odio de la dictadura franquista. En Madrid, y durante dos semanas, fue insultado, vejado, mostrado a altos jerarcas del régimen como una bestia salvaje. Le lanzaban mendrugos de pan seco o monedas y le escupían. Había que humillarlo como ser humano».
2) «Companys era abogado y, haciendo valer un principio básico en la legalidad, solicitó defenderse a sí mismo, petición que no fue atendida, ya que, insistimos, como era un procesado militar el defensor debía ser un militar, aunque no fuera jurista ni tuviera ninguna formación en cuestiones jurídicas. La farsa cogía dimensiones esperpénticas».
3) «Ramón de Colubí [el defensor] tiene bien claro que Companys murió por catalanista, y no por haber instigado ningún desorden social: «El problema es que, dentro de la idea de la España nacional, Companys era un enemigo»».
4) «De la Dirección General de Prensa a todos los jefes de prensa. Esa jefatura cuidará muy especialmente de que ningún Periódico de su demarcación publique información alguna referente al asunto Companys, recomendando a la censura que vigile con toda atención esta consigna».
«Retrato de un magnicidio «, de Jordi Finestres, nos muestra hasta qué punto el Estado español de hoy está gobernado por los herederos ideológicos de aquel asesinato. Hay miles y miles de hechos que lo demuestran, pero citemos sólo tres: uno, el Estado español se niega a anular el juicio sumarísimo a Companys y a pedir perdón como han hecho Francia y Alemania por haber colaborado; dos, el Estado español se niega a reconocer que el asesinato de Salvador Puig Antich fue un crimen de Estado; y tres, el Estado español, además de condecorar nazis, continúa subvencionando una entidad franquista como la Fundación Francisco Franco. El dictador Francisco Franco, la bestia sanguinaria y fascista que dedicó su vida a cometer miles de crímenes contra la humanidad.









