Gramsci, en una nota escrita en 1930 desde la cárcel, decía que la crisis consiste en que «lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer» y que «en este interregno se producen los fenómenos patológicos más heterogéneos», una segunda parte de la sentencia que a menudo es traducida más sintéticamente así: «y en este claroscuro, surgen los monstruos». No hacen falta muchas explicaciones para entender por qué es una de las frases más citadas de Gramsci, y por qué se ajusta tanto a los tiempos políticos que estamos viviendo en todo el mundo, también en el Reino de España y, claro, en Cataluña.
Efectivamente, aquí, el autonomismo está bien muerto, y lo que tenga que venir todavía no ha podido nacer. Ahí está la explicación de fondo del estado de confusión en que vive el independentismo, pero también el resto de opciones políticas, incluidos los muchos que no tienen ninguna preferencia clara. Y, como sugiere Gramsci, habiendo desaparecido el mapa político del autonomismo pero sin conocer aún la geografía de lo que vendrá, ahora es tiempo de todo tipo de patologías o, si se quiere, de toda clase de monstruos políticos inimaginables sólo hace una docena de años.
En nuestro caso, el interregno de alta conflictividad en que vivimos ha polarizado la representación de la vida política, paradójicamente, oscureciendo su percepción. Quiero decir que la tensión que parece convertirlo todo en blanco o negro no sirve para, a través de la simplificación, verlo todo más claro, sino que lo hace todo menos comprensible. Un mundo de blancos o negros es un mundo ininteligible. La realidad política es todo menos un juego de blancos y negros, de pros y contras. Es un espacio lleno de matices, e incluso de ambivalencias y ambigüedades. Es en el matiz donde los individuos nos podemos sentir más cómodos políticamente, lo que nos permite esquivar los choques frontales y donde está la verdadera madurez.
La otra consecuencia paradójica del actual interregno es que la polarización, en lugar de aglutinar a los actores políticos en los dos extremos confrontados como sería de esperar, provoca una mayor fragmentación de la representación política. Es una situación desconcertante que queda bien expresada cuando, por ejemplo, las llamadas francas a la unidad son interpretadas por los que son invitados como ganas de provocar una desunión mayor. O cuando la oferta de diálogo es considerada una renuncia, si no una traición. O cuando desde sensibilidades abiertamente antipartidistas se lamenta la inexistencia de liderazgos políticos fuertes y se denuestan las formas suaves.
No es de extrañar, pues, que en estos tiempos de confusión, los intelectuales orgánicos -confesos o disimulados- inviertan tanto trabajo en inventar relatos simplificadores para justificar lo inexplicable. Y tampoco hay que sorprenderse de que las opiniones independientes sean consideradas sospechosas de deslealtad si no se las puede enjaular en el blanco o negro del conflicto. Es similar a lo que ocurre con la acción política. Mientras que para unos el Govern sólo se mueve por la obsesión de hacer la independencia, para otros está adormilado en un imposible autonomismo, por inexistente. Una confusión de discursos que, lógicamente, también desconcierta a la opinión pública, como se puede ver cuando -con datos del CEO- mientras que de 2011 a 2018 crece en 11 puntos la opinión de que el Govern no sabe cómo resolver los problemas del país, en el mismo periodo mejora en 15 puntos la percepción positiva que se tiene del funcionamiento de la administración pública de la Generalitat de Cataluña.
El actual estado de confusión, pues, no es tanto consecuencia de supuestas actitudes torpes e incompetentes o de malas voluntades personales de los líderes de las organizaciones, como de un interregno polarizado que borra los matices mientras fuerza la fragmentación y permite la aparición de monstruos. No es que no haya horizontes claros: es que se han borrado los caminos y todo es una aventura. Y no hay ninguna exploración que se haga con una hoja de ruta previa.
ARA










