Más allá de la debacle electoral, el bajo respaldo de las urnas al socialismo español significa el hundimiento de un proyecto de Nación diseñado por los progresistas españoles para adecuar España a los esquemas de Europa occidental.
Quienes apostaron por el P.S.O.E. desde la oposición a la dictadura se creyeron con capacidad para transformar a los franquistas en auténticos demócratas. Su discurso, que se reclamaba de la reconciliación, en realidad considero a ésta como la simple aceptación de las exigencias impuestas por los poderes fácticos, institucionales y sociales, que ponían como condición el mantenimiento de las estructuras socio-económicas consolidadas con Franco. Se engañaron, y engañaron a la colectividad, y los franquistas quedaron enteros. De hecho ejercieron una presión permanente a lo largo del proceso de transición que impidió la mínima ruptura con lo anterior.
Desde entonces la existencia de España ha transcurrido en una burbuja. Se declaraba que constituía un sistema político democrático y encomiaba su capacidad de adecuación a los Países del entorno, incluido el desarrollo económico. España había dejado atrás un pasado de retraso socio-económico y autoritarismo. Sin embargo, la crisis económica presente ha puesto de manifiesto las viejas enfermedades de un Estado, ocultas bajo la cortina de los cambios que ofrecían una imagen falsa de la realidad española.
Se pretende presentar el actual fracaso español como responsabilidad del P.S.O.E. de Zapatero ¡Diagnostico errado! En la misma prensa internacional se reconoce ya que no existe alternativa ¡No ha ganado el P.P. de Rajoy! ¡Ha perdido el P.S.O.E.! En realidad quien ha perdido –o pierde- es España. Las crisis suelen sacar a flote los problemas estructurales. Los 36 años que han seguido a la desaparición de Franco se han malgastado en fuegos de artificio. Se han despilfarrado las buenas circunstancias de una fase económica expansiva y los apoyos financieros exteriores. Lo peor de todo. No ha tenido lugar una verdadera transformación de las élites socio-económicas y se mantiene el viejo espíritu de la oligarquía, decidida a imponer sus condiciones con contundencia.
España ha fracasado en el intento de atraer a las naciones periféricas. Ha quedado patente la imposibilidad de acuerdo, cuando desde Madrid se han rechazado el Plan Ibarretxe y el Estatuto de Cataluña. La vieja España se ha topado con ella misma. Bajo el ropaje de la modernización queda la ignorancia histórica a que aludía Machado a propósito de Castilla frente a lo que es diferente ¡No hay sino una manera de ser español! Los navarros y catalanes están obligados a aceptar lo que impongan los españoles. Hoy la antigua oligarquía está constituida por financieros y empresarios que siguen considerando el Estado como su patrimonio; imponiendo a la masa sus intereses por encima de las necesidades colectivas; todo ello gracias al establecimiento de un sistema político, basado en un sistema de organizaciones políticas rígidas, que busca impedir la manifestación real de los intereses sociales. Éstas, más allá de sus reclamaciones de índole económica y social, se encuentran obligadas a atribuir la responsabilidad de sus males a los nacionalismos periféricos.
La crisis en España ha tocado fuerte como consecuencia del mantenimiento de las viejas estructuras. Los españoles presienten el hundimiento de España y reaccionan con la vieja actitud numantina de no ceder. El temor de la derrota se traduce en intensificación de agresividad frente a quienes consideran los responsables de la crisis española ¡Navarros y catalanes! ¡Nunca se verán ellos como responsables, a pesar de que ha sido su prepotencia la causa de su fracaso! Zapatero y el P.S.O.E. han jugado su papel de sortear la crisis con políticas tradicionales. Rajoy es incapaz de presentar una auténtica alternativa. Se verá obligado a actuar al dictado de los mismos dirigentes europeos a los que ha obedecido Zapatero. Es posible que en tal momento se reconozca que el problema lo constituye la propia España ¿Cómo salir de la trampa? No queda sino la vieja solución que intuyó el conde-duque de Olivares. La implantación férrea del gobierno de Madrid. Hoy únicamente pensando en el mantenimiento del disminuido Imperio con la pretensión de constituir una Nación. En este empeño se han encerrado los políticos españoles desde Godoy, pasando por Espartero y concretando en la organización estatal impuesta por Cánovas. Franco le dio su forma actual con su mentalidad cuartelera y en él piensan todos los españoles de cualquier inclinación, como solución para impedir la definitiva desaparición del viejo Imperio
¿Tendrán los González, Guerra, Rajoy la capacidad impositiva para esta finalidad, o recurrirán a la todavía no comprobada maniobrabilidad de Herrero de Miñón, a fin de intentar el acuerdo con los nacionalistas moderados? La realidad es que España carece de instrumentos para remontar la vaguada en que se encuentra, los millones de madrileños siguen soñando en extraer la plata de sus colonias para el despilfarro de sus proyectos de estructuración estatal, el resto de las autonomías reclaman que se siga invirtiendo en ellas, pero las naciones Navarra y Cataluña se encuentran hartas de ser las paganas del despilfarro –solidaridad lo llaman andaluces, manchegos y extremeños- para no vislumbrar otro futuro que la permanencia en una situación de depresión permanente que nos lleve a siglos pasados. Éste es el punto clave del futuro del viejo Imperio, que no se resolverá, sino con la independencia de Navarra y Cataluña. O la destrucción definitiva de estas naciones.










