Cuando alguien acierta una previsión a largo plazo –como treinta y cinco años–, se tiende a pensar que tiene dotes adivinatorias o, simplemente, que tuvo suerte. Pero ambas explicaciones esquivan la cuestión de fondo. Las dotes adivinatorias no existen y la suerte, cuando es sistemática, ya no puede considerarse suerte
Ayer presenté en Bruselas ‘Entender los mapas’. Fue una presentación especial porque la quiso hacer el president Carles Puigdemont y ambos recordamos una época, a finales de los años ochenta y primeros de los noventa, en la que coincidimos en el diario el Punt e hicimos mucho trabajo juntos. Era inevitable –por la materia del libro– hablar de un suplemento que él y yo publicamos en 1991 en la revista Presència, para conmemorar su número mil, con el título de “Atlas de la Europa futura”. Allí dibujábamos, con mapas incluso, cómo podría ser Europa varios decenios adelante. Digamos, por tanto, que ahora. [Se puede consultar aquí https://pandora.girona.cat/viewer.vm?id=325941&view=hemeroteca&lang=ca]
No éramos los únicos que hacíamos, entonces, ejercicios de ese tipo. El muro de Berlín había caído varios meses antes y era evidente que se abría un tiempo de cambios enormes y que podía reflejarse cartográficamente. La Vanguardia también hizo uno y, como era previsible, fue el más conservador de todos y acertó poco al dibujar lo que somos hoy. El Financial Times publicó otro que ya preveía, como nosotros, la independencia de Cataluña. Y Le Monde tenía su propia visión y dibujaba muy bien las corrientes centrales, pero no entraba demasiado en los detalles particulares. Cada uno miraba Europa desde su ángulo, según sus intereses y sus obsesiones. En el Punt, dirigidos por Joan Vall Clara, quisimos ofrecer uno con la visión del catalanismo, del independentismo catalán, porque pensamos que era necesaria, en ese momento en que el independentismo era más bien un fenómeno marginal en términos políticos.
Y, visto en perspectiva –ahora que hace treinta y cinco años de aquella publicación–, releyéndolo me ha sorprendido hasta qué punto supimos dibujar el futuro y plasmarlo en mapas: la consolidación del poder de Alemania como centro de gravedad del continente; el acercamiento entre París y Berlín; el alineamiento progresivo de toda la Europa central con la Unión Europea; la tendencia del Reino Unido a pivotar hacia América –que el Brexit acabaría demostrando de forma tan espectacular como dolorosa–; la resistencia permanente de Rusia a integrarse en el proyecto europeo; la independencia de las naciones ex-yugoslavas y soviéticas; la emergencia de los problemas nacionales en Europa occidental –con Escocia y Cataluña como focos principales… Incluso fenómenos más tardíos o anecdóticos, como eso que se acabó llamando Tabarnia, estaban ya apuntados en aquel atlas –sin acierto necesariamente en el formato específico que han acabado adoptando, pero sí en el fondo y en las fuentes.
Me parece, sin embargo, que la cuestión interesante hoy –ahora que la realidad nos permite analizar aquel ejercicio con perspectiva suficiente– no es lo que dibujamos bien en 1991. Sino el porqué.
Cuando alguien acierta una previsión a largo plazo –como treinta y cinco años–, se tiende a pensar que tiene dotes adivinatorias o, simplemente, que tuvo suerte. Pero ambas explicaciones esquivan la cuestión de fondo. Las dotes adivinatorias no existen –al menos yo no tengo– y la suerte, cuando es sistemática, ya no se puede considerar suerte.
Lo que había detrás del atlas –que hoy quiero reivindicar– era algo mucho más sencillo y mucho más profundo a la vez –algo que, tres décadas y media después, me parece más necesario, como guía de nuestra cotidianidad, que nunca. Había la convicción –en este caso, compartida por ambos– de que la historia no la realizan principalmente los acontecimientos del día a día, sino las grandes corrientes de fondo. Y que lo que parece inevitable hoy, normalmente siempre es la culminación de un proceso que viene de muy lejos. Que para entender dónde va el mundo, en definitiva, hay que saber –muy al por menor– de dónde viene.
Los historiadores franceses de la escuela de los Annales –Braudel, sobre todo, pero también Bloch, Febvre y Le Roy Ladurie– formularon hace muchas décadas un concepto que a mí siempre me ha parecido uno de los más útiles que ha producido la historiografía moderna y que puedo asegurar que cambió mi vida: el de ‘longue durée”, la larga duración. La idea de que hay tres tiempos simultáneos en la historia: el tiempo corto de los acontecimientos –las guerras, las elecciones, las crisis–, que es lo que llena los periódicos y precipita los cambios; el tiempo medio de las coyunturas –las oscilaciones económicas, las generaciones políticas, los ciclos culturales–, que es el que analizan los ensayistas y sienta las bases de los cambios; y el tiempo largo de las estructuras –la geografía, las mentalidades, las tradiciones, las formas profundas de organizar la vida en común–, que es lo que muchas veces no vemos, pero que es, al fin y al cabo, lo que realmente determina las cosas de verdad. No existen grandes cambios, grandes revoluciones, que no provengan de siglos atrás.
Braudel, específicamente, lo explicó con una claridad que no he visto superada: «Los acontecimientos son la espuma en la superficie del mar. Pero, para comprender el mar, hay que mirar y entender las corrientes profundas». Y eso era, lo digo con toda la modestia del mundo, lo que hicimos en ese atlas.
Pongo un ejemplo concreto. Cuando escribimos que el Reino Unido pivotaría inevitablemente hacia América, no lo dijimos porque tuviéramos ninguna información privilegiada sobre lo que pensaban los británicos de la época. Lo dijimos porque la historia de Inglaterra –no la del Reino Unido en general, sino la de Inglaterra específicamente– es la de un país que siempre ha mirado hacia el mar más que hacia el continente. Que ha tenido una relación con Europa siempre ambivalente, siempre llena de reticencias, siempre marcada por la profunda convicción de que ellos son otra cosa, de que sus intereses son atlánticos y no continentales. Que Churchill, que fue uno de los padres de la idea europea, nunca concibió que Inglaterra formara parte de ella: la idea era que los demás se organizaran, no ellos. Si sabes todo esto y lo tienes asumido y bien interiorizado, el Brexit no es una sorpresa sino una consecuencia lógica.
Lo mismo ocurre con Alemania. Su consolidación como centro de gravedad europeo no sólo es el resultado de decisiones políticas recientes: es geopolítica. Es la consecuencia de su geografía –en el corazón del continente, sin fronteras naturales que la protejan ni la limitan–, de su demografía, de su estructura industrial. Bismarck ya lo veía. Hitler hizo una versión monstruosa que tuvimos que frenar con las armas. Adenauer hizo finalmente una versión civilizada y positiva. Pero la fuerza de fondo, la corriente profunda, era la misma.
¿Y Cataluña? ¿Y Escocia? Bien, simplemente, contra lo que algunos piensan, nuestra emergencia como problema político no cae del cielo. Viene de siglos, viene de una identidad diferenciada, de una lengua propia, de unas instituciones específicas, de una conciencia nacional que nunca desapareció del todo a pesar de todos los intentos de eliminarla, de un antagonismo permanente con Madrid o Londres que no tiene solución posible. Quien quería entender la política europea a fondo ya tenía que tener en cuenta esta realidad que estalló de forma espectacular la década pasada. Pero la mayoría de los analistas no quisieron verlo aquel 1991, por ideología –por ejemplo, en el caso de La Vanguardia–, pero también porque pertenecía al tiempo largo, que es el tiempo que los periódicos o la mayoría de los diarios tienden a ignorar.
Treinta y un años después, repasar ese atlas me ha hecho pensar en el trabajo todavía inacabado que tenemos entre manos. Cierto: Cataluña –en el formato territorial que sea– ‘todavía’ no es independiente. Pero, en cambio, ¿puede dudar alguien de que el conflicto entre Cataluña y España es hoy más agudo que nunca? Sobre todo, infinitamente más agudo que en 1991, a un solo año de la gran operación de maquillaje españolista y españolizador que fueron los Juegos Olímpicos?
En este sentido, hay una pregunta que aparece a menudo cuando se habla en estos términos de movimientos nacionales como el catalán y el escocés: si la “longue durée” indica tan claramente que estas naciones acabarán teniendo un Estado propio, ¿por qué todavía no lo han logrado? La respuesta es sencilla y nos la dan los propios historiadores. Braudel hablaba de “las estructuras en attente” –las estructuras en espera–, fuerzas que existen y que ya tienen peso real, pero que están como dormidas, acumulando energía, esperando las condiciones adecuadas para manifestarse por completo. Charles Tilly , que estudió durante décadas la formación de los estados europeos, distinguía con mucha precisión entre las causas de un proceso nacional y las condiciones de posibilidad que lo hacían irreversible: una identidad, una lengua, una injusticia estructural pueden existir de hace siglos, pero necesitan un alineamiento de factores externos para activarse del todo –un cambio en el momento– liderazgo que cristalice una demanda latente. Walker Connor, el especialista en etnonacionalismo, lo expresaba con una imagen muy gráfica: las naciones sin Estado funcionan como el vapor en una caldera cerrada. La presión aumenta constantemente, puede encontrar válvulas de salida parciales, puede parecer contenida durante mucho tiempo, pero mientras la caldera no se abre, la presión no desaparece: se acumula.
Más concretamente, el politólogo escocés Michael Keating –que conoce a Cataluña tan bien como Escocia– ha llamado este período que ya vivimos nosotros como el de la “deferred sovereignty”, la soberanía diferida: la nación ya existe como realidad política y cultural plena, como proyecto político que lucha, pero el Estado todavía no, y lo que hay entre ambas cosas no es un fracaso ni una negación, sino un simple intervalo. La pregunta correcta que debemos hacernos hoy, por tanto, no es por qué Cataluña o Escocia todavía no son independientes –como si la demora fuera una refutación–, sino en qué momento del proceso nos encontramos y qué condiciones faltan todavía para rematarlo. Braudel me imagino que lo habría dicho de forma muy seca, como explican que era su estilo: no confundamos la posición actual del barco con el destino final.
Ayer, en Bruselas, recordar todo esto me pareció especialmente importante por las circunstancias personales del acto –y el lector me disculpará ya la intrusión biográfica. Porque el día a día es fundamental, eso no puede dudarlo nadie. Y las elecciones cuentan, las decisiones políticas cuentan. Lo que dicen los dirigentes importa. La represión existe. Y el combate es entre dos. No quiero menospreciar nada de esto, porque sería una estupidez de mi parte. Pero sí creo que hoy es un buen día para recordar que si el análisis del día a día no se basa en la comprensión de las corrientes profundas, tenderá a ser únicamente ruido y no nos servirá de mucho para navegar hacia buen puerto. Como creo que demuestra fehacientemente este atlas escrito hace treinta y cinco años y la comparación con otros similares que se publicaron en aquella época.
Ahora, que quede claro que si ese atlas acertó muchas cosas es porque el método que respetaba era sólido. No nuestro método personal –que poca importancia tenía–, sino el método creado por los grandes historiadores de esta Europa nuestra, aquel que consiste en mirar la historia a partir de las estructuras profundas, en lugar de quedarse embobados en la superficie de los acontecimientos. Por eso mismo, rendirse o cansarse –incluso el mal humor– por las olas de hoy o de mañana, no saber mirar el gran mapa, es un ejercicio tan inútil como poco provechoso.
VILAWEB









