Un dibujo de pocos centímetros escondido en la parte trasera del cuello de una camiseta de fútbol ha desatado la indignación de la derecha española hasta unos límites cómicos. El Athletic Club ha presentado el nuevo equipamiento, bautizado “Gure Nortasuna” –“nuestra identidad” en euskera–, y la camiseta, en la nuca, luce un mapa de Euskal Herria sobre los colores de la ikurriña, más siete franjas rojas que representan los siete territorios de la nación. UPN ha amenazado con ir a los tribunales. El PP se ha mesado el cabello. Vox ha pedido que la Federación Española de Fútbol sancione al club. Y así todo. Por un dibujito que ni siquiera es visible desde la grada.
Conviene mirar la desproporción de la reacción con cierta calma. ¿Por qué da tanto miedo un mapa pequeño en la nuca de los jugadores? ¿Por qué en el Estado español un mapa pequeño, casi invisible, es visto como una amenaza? La respuesta –y es ahí donde el asunto adquiere densidad intelectual– tiene que ver con una arquitectura mental muy precisa que debería ser desmontada pieza por pieza, allá y aquí.
El españolismo contemporáneo descansa sobre una tesis fundacional: que vascos, catalanes y gallegos somos, en realidad, «sólo» españoles. Variantes regionales y muy peculiares si lo desean así de un único pueblo político. El artículo 2 de la constitución de 1978 lo consagró con una geometría implacable: primero existe una “indisoluble unidad de la Nación española” en la que viven “nacionalidades históricas” reconocidas pero siempre subordinadas, siempre interiores, siempre administrativamente cerradas en los límites estatales. Todo el sistema descansa sobre esa convicción. Y si se rompe por algún lado –si hay catalanes o vascos que no son españoles– se rompe el invento.
Y aquí es, efectivamente, donde aparece el problema. Porque el mapa, al incluir a Iparralde –el País Vasco bajo ocupación francesa– y, sobre todo, Navarra –tanto la Navarra “española”, como también la Navarra “francesa”–, recuerda automáticamente dos cosas que el régimen del 78 necesita hacer olvidar. Por un lado, que hay vascos –y catalanes– también en el Estado francés, lo que significa que la vasquidad y la catalanidad no se pueden reducir a la pertenencia al Estado español. Y, por otra, que Navarra, como realidad política –“estatal” si se entiende el término hablando de los siglos que hablamos– existía siglos antes de que existiera España, con un derecho propio, una lengua propia y una identidad que ningún artículo constitucional puede anular. Cuando esto se sabe y se hace público, incluso tímidamente con un dibujito minúsculo, el edificio unitarista tiembla y se deshace. Que es eso que explica la reacción tan desmedida por un mapa que, objetivamente, no debería hacer daño a nadie.
[Hay un detalle, por cierto, que merece un punto y aparte. Los blaveros (1) navarros se han indignado más que nadie, pero es algo indiscutible que el único equipo vasco que lleva el nombre en vasco –Osasuna, que quiere decir “salud”– sea precisamente el de Pamplona, es decir, el de Navarra. El Athletic es en inglés, la Real Sociedad es en castellano, el Alavés también. Solo Osasuna, el club de la ciudad que el españolismo se esfuerza en presentar como bastión “no vasco”, reivindica en su nombre la lengua vasca. La historia es tozuda y tiene un sentido de la ironía que la política no puede borrar.]
El españolismo contemporáneo se sostiene sobre una contradicción flagrante. Cuando habla de sí mismo se proclama una nación “supranacional”, la matriz de la “comunidad iberoamericana”, el corazón de una “hispanidad” de cuatrocientos millones de hablantes. La lengua española es celebrada precisamente porque desborda el Estado: está en México, en Buenos Aires, en Manila, en Los Ángeles. Su grandeza, nos dicen y nos repiten, radica en esa proyección universal. Cervantes es patrimonio de más de un continente. La RAE coordina veintitrés academias en todo el mundo. La suya es una lengua, nos repiten, sin fronteras.
Muy bien, nada que decir sobre todo esto. Pero va y resulta que la misma lógica aplicada al vasco o al catalán es declarada intolerable por sí misma. Que los vascos sean igual de vascos en Iparralde o que los catalanes seamos igual de catalanes en el Rosellón, Andorra o Alguer, es considerado automáticamente la politización de un hecho que declaran no politizable. Con lo que el criterio refleja una asimetría pura escandalosa: la proyección transfronteriza es virtuosa si es española y es sediciosa si es nuestra. La lengua de ellos puede ser supranacional. La nuestra, como máximo, autonómica. Castilla puede abarcar el mundo. Los vascos no pueden ni atravesar el Bidasoa y los catalanes debemos quedarnos cerrados y quietos de Portbou hacia abajo.
Y no es poco eso, pues aquí radica la trampa fundamental del marco del 78, una trampa que ni siquiera el nuevo independentismo catalán de los últimos diez años ha querido ver en su brutalidad. Las autonomías no fueron concebidas como un reconocimiento de las naciones –aunque fueran naciones “interiores”–, sino como un simple dispositivo de contención. Las autonomías existen para evitar la independencia. Sí, nos permiten hablar catalán en casa, pero siempre que no pidamos ser catalanes completos. Nos permiten ser catalanes, pero siempre a condición de que lo seamos dentro de los límites administrativos que ellos mismos dibujaron. La frontera con la república francesa –una frontera que ni vascos ni catalanes decidimos ni queremos– se convierte así, en el discurso españolista, en una auténtica frontera ontológica. Que un pueblo –como ocurre– pueda existir de manera coherente a ambos lados de la frontera impuesta es, en esta cosmovisión, simplemente impensable y, por tanto, un instrumento liberador de un potencial monumental para nosotros.
Es por eso que el mapa da miedo. Porque cualquier mapa es siempre una afirmación política sobre la realidad. Mostrar Bayona y Pamplona unidos con Bilbao, San Sebastián y Vitoria es recordar que el pueblo vasco existe con independencia de la arquitectura constitucional española y digan lo que ellos digan. Mostrar un pueblo catalán que va de Salses a Guardamar y de Fraga a Maó y Alguer es demostrar que no somos una subdivisión de los españoles y no estamos, por tanto, sometidos a su mayoría. La cartografía es, lo ha sido siempre, una forma de imaginación política: los mapas no describen el mundo, lo configuran. Por eso todos los estados van detrás de los mapas con tanto empeño. Por eso un dibujito en la nuca de una camiseta de fútbol puede provocar una crisis política.
El conflicto, en cualquier caso, es positivo si sirve para esclarecer ideas. Muchos independentistas –más catalanes que vascos donde estas cosas suelen estar más claras, siguen reivindicando como sujeto de la independencia no el pueblo catalán, sino la división administrativa impuesta, precisamente, por los españoles. Y con ello, lo entiendan o no, siguen subordinando la independencia nacional al ordenamiento jurídico y político español. Un error monumental, básico, que yo no me cansaré de denunciar nunca y que hoy –a la vista de la reacción que tienen ante el mapa en la camiseta– toma una dimensión especial.
Hay demasiados catalanistas que ponen todo tipo de barreras al proyecto de los Països Catalans: que si cuántos somos, que si la gente vota esto o aquello, que si éramos reinos separados, que si hace falta respetar la voluntad de los demás… cualquier cosa vale para oponerse a hacer el esfuerzo de trabajar por la nación completa. Y el problema que no quieren ver es que, jugando con la geografía que impone España, es España quien tiene todas las que ganar.
Por eso nos han podido integrar siempre después de un momento de gloria: Macià en 1931 pasando de la república catalana a la triste Generalitat, solo por poner un ejemplo. Por contraste, fíjense lo nerviosos que se han puesto ahora con el mapa en cuestión. Un mapa que no contiene ninguna proclamación independentista –porque no hace falta, que en el caso de los vascos y los catalanes proclamar la unidad ya es afirmarnos por encima de los estados. Un mapa que no propone ninguna secesión –porque no es necesario, la unidad de la nación la lleva implícita. Un mapa que se limita a decir lo que somos –lo que son los vascos, en este caso– demostrando y argumentando con sus simples trazos que no es posible ser vasco y ser al mismo tiempo –simple y solamente– un español más. Haciendo, por tanto, una apuesta clara por un marco nacional que España nunca podrá integrar ni desarticular. Porque no tiene las herramientas para hacerlo, cuando como pueblo saltamos naturalmente fuera de sus fronteras estatales.
(1) «Blavero», de «blau», azul en catalán. Tendencia política surgida en València y atizada por el nacionalismo español en contra de la unidad lingüística y política de los Países Catalanes. En València añade una franja azul a la bandera cuatribarrada.
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