Hay una especie de hilo invisible que liga el franquismo, diría que en estos momentos ya de forma inevitable, con la conciencia nacional española. Un hilo que, por más que algunos pretendan cortar con discursos impostados de modernidad y democracia, siempre acaba tensándose y revelando su existencia cuando menos te lo esperas.
La cuestión no es sólo que el nacionalismo español tenga siempre su deriva autoritaria. La cuestión es que parece incapaz de articularse plenamente sin recurrir, de una u otra forma, al relato franquista, a la simbología y a los mitos exacerbados franquistas, a sus banalidades, como vemos perfectamente estos días.
El fenómeno es lo suficientemente complejo como para desenterrarlo con un simple artículo, pero si miramos con atención los últimos acontecimientos –de las declaraciones de la extrema derecha en el parlamento balear defendiendo la televisión franquista como paradigma de objetividad y cultura, hasta el estreno aclamado por toda la progresía española de una serie sobre el “La, la, la» de Massiel y su victoria en Eurovisión–, se evidencia claramente que el franquismo actúa también como una especie de cobijo del españolismo, como un espacio de confort al que siempre se puede volver, sea de derechas o de izquierdas, para relajarte cuando la realidad plurinacional amenaza con resquebrajar el relato unitario, el relato nacionalista español.
El caso de la serie sobre el “La, la, la” es especialmente revelador de esta dinámica. Presentar la canción de Massiel como un simple éxito musical, desligándola del contexto histórico y de la evidente y sustancial función propagandística para el régimen, equivale a perpetuar una falsificación de la memoria.
Aquel 1968, el Estado español se encontraba en uno de los momentos de mayor ebullición social desde que había comenzado la dictadura: el movimiento estudiantil alcanzaba cotas de movilización inéditas, Raimon desafiaba al régimen con recitales en Madrid, las manifestaciones del Primero de Mayo habían tenido éxito al romper el silencio impuesto, ETA empezaba la lucha armada en el País Vasco con los primeros fallecidos de ambos lados y el eco de la Capuchinada revitalizaba el catalanismo político, al tiempo que Europa condenaba sin fisuras la brutal represión franquista.
En este contexto, el régimen, como se ha demostrado con creces, concibió el “La, la, la” como una estrategia de imagen, como un artilugio propagandístico destinado a proyectar internacionalmente una inexistente España moderna y gozosa, representada por una jovencita con minifalda, que trataba de sobreponer su imagen a la de un país cínico rígido y asfixiante. Era, en definitiva, un ejercicio de maquillaje para disimular la fealdad de una dictadura que se enfrentaba a una creciente contestación interna y al aislamiento internacional.
Pero lo más inquietante, en mi opinión, no es tanto la manipulación histórica que denota esta serie televisiva como la facilidad con la que la sociedad española acepta e incluso celebra estos relatos. ¿Cómo se explica que se pueda no sólo producir y proyectar, sino también consumir con naturalidad una ficción que blanquea una dictadura sangrienta? ¿Cómo entender que muchos de los que se definen progresistas puedan cantar con nostalgia el “La, la, la” sin experimentar contradicción ética alguna?
La respuesta, me da la impresión, radica en esta percepción profundamente arraigada de que el franquismo, con todas sus atrocidades, fue también el último momento en que España pudo afirmarse como nación sin fisuras. Fue el último momento en que el relato nacional español no tuvo que justificarse, en el que la imposición de una lengua, de una cultura y de una determinada visión de la historia –como demuestra la negativa a dejar que se cantara en catalán– podía ejercerse sin complejos ni matices. Que la nación española no era discutida por nadie en público. Evidentemente, esta continuidad banal del franquismo es posible también porque forma parte de un pacto tácito de la transición: se podía maquillar el sistema político, pero no se podía cuestionar la forma en que la nación española había sido configurada por el franquismo a partir de 1936.
Y aquí es donde está la paradoja: está más que claro que los demócratas españoles son incapaces de construir un relato nacional alternativo sobre su país, un relato que pueda prescindir completamente de la herencia franquista, que pueda romper completamente, como se haría en cualquier país democrático y decente. Porque en el fondo, nacionalmente, aceptan sin discutirles nunca la idea y el formato de nación que configuró la insurrección franquista contra la República: del monarca a las cancioncillas. Sin pudor ni reflexión, sin el mínimo indicio de crítica.
Y es dentro de este marco, y porque ese marco existe, donde la extrema derecha puede defender la televisión franquista en un parlamento, pero también que la izquierda puede celebrar sin ni pensárselo una serie que llega a presentar de forma vomitiva la imagen repugnante de Franco como un viejito simpático que, todo satisfecho, tararea con batín en el sofá de casa, muy contento. O que ridiculiza a Joan Manuel Serrat por haber querido cantar en catalán, como si esta decisión fuera una simple extravagancia personal y no un acto de dignidad lingüística y de resistencia cultural y política al régimen fascista.
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