Durante muchos años el diario El País ha sido el canal donde la presunta intelectualidad hispana ridiculizaba, burlaba y descalificaba al movimiento independentista y, por extensión, a la sociedad vasca. Éramos frikis, violentos, matones, desviados, criminales… Desde el torero Txikito de Amorebieta (Jon Idígoras y sus gestos enrabietados), hasta el perro del caserío vasco (por Arzalluz), pasando por Txillardegi, las paredes pintadas de Hernani, el camarada Thierry y sus arrebatos… y si me apuras hasta las locas de la Plaza de Mayo, si se acercaban demasiado. Todo lo nuestro ha sido anómalo, desviado, peligroso… Esta descalificación constante fue, más allá de propaganda de guerra, una estrategia de dominio, un juego de poder, un ejercicio de criminalización de la izquierda abertzale, que acabó con su ilegalización y carpetazo.
Ahora me encuentro con un artículo similar (Mikel Soto, Me cago en el V Centenario), salido del meollo ortodoxo del movimiento abertzale, que descalifica a las gentes que trabajan la memoria de la estatalidad independiente navarra, en términos de frikis y desviados. “Por el imperio hacia dios” y argumentos similares. No sé de dónde se saca el imperio en estos ámbitos (si algo fue Navarra fue lo contrario), ni a santo de qué divinidad nos condena, ni qué tiene que ver el dialecto labortano con la siniestra desviación ideológica que este Savonarola de vía estrecha nos señala.
De entrada, por no perdernos en las divagaciones sin sentido a que conduce la posesión de la verdad absoluta a menudo, me gustaría limitar este comentario a las dos claves centrales del texto de Soto: una, la del insulto y el etiquetado de ‘nido de frikis’ que dedica al ‘nacionalismo historicista’ (sea lo que sea esto); y dos, la proclamación de que la salvación está en la memoria de Gernika y no es recomendable ir más lejos en el tiempo.
Para el primer argumento, muy propio del mundo hispano en el que nuestro teórico orgánico parece haberse formado, quisiera citar al sociólogo Salvador Cardús, que en un reciente escrito afirma: “Tal como había teorizado magistralmente Erving Goffman en Stigma (1963), todo proceso de estigmatización dice más de quien pone la etiqueta que de quien queda marcado. Poner nombre, desde el Génesis, es una manera de apropiarse de la realidad. Y la lucha por etiquetar (…) hay que entenderla así: el deseo, más que de comprender las causas, de controlar las consecuencias”.
En efecto, etiquetar es (intentar) controlar. Pero en ello el etiquetador dice mucho de sí mismo. Es significativo al respecto, si revisamos la historia, que los españoles, con su larga tradición de imperio y militarismo, nos hayan calificado a los vascos de excluyentes, racistas, totalitarios, violentos… Creo que Mikel Soto patina y peca de lo mismo. Y, por supuesto, más que comprender el desarrollo intelectual del estatalismo navarro, le mueve el impulso de controlarlo.
Pienso que deberíamos tener cuidado con la tentación de calificar de friki a nadie. Todos tenemos un punto. No hace falta recurrir a El País para recuperar ejemplos de dicho frikismo en el entorno de Soto, muy orientado a la marginalidad de sus expresiones, a la teatralidad de sus actos públicos, a las indumentarias que proclaman la identidad, la pertenencia al grupo, los raros cortes de pelo…
En este momento en que se ha abierto un proceso de integración, acercamiento y acumulación de fuerzas, la izquierda abertzale tiene que aprender a distinguir entre amigo y enemigo. O lo que es lo mismo, que no se puede tratar al vecino con el que discutimos como si fuera enemigo bélico. Que las estrategias de poder y de dominio aplicadas a sectores de nuestro pueblo generan heridas profundas, enemistades y odios. Desunión sectaria en cualquier caso.
El segundo argumento de Soto es intelectualmente más pobre aún si cabe. Proclamar que la memoria vasca se circunscribe al bombardeo de Gernika es retrotraernos a un debate hace tiempo resuelto (y felizmente superado). Si asentamos en Gernika los cimientos de la “question basque”, olvidémonos de Iparralde. Sabino Arana y Arturo Campion nacieron antes de tiempo y sus polémicas por definir al país eran banalidades, brindis al sol que no han marcado nuestro tiempo. El tema (planteado así el conflicto) se limita a un exceso de violencia militar, a un agravio estruendoso, un bombardeo espectacular pero sin causas históricas, ni circunstancias políticas anteriores o intereses de fondo, y por supuesto a un problema de simple fascismo. No había conflicto vasco antes de Franco. Con ‘libertades democráticas’ se resuelve el asunto. Tenía razón Mario Onaindia al respecto… ¿Tantos años de resistencia clandestina para esto?
Publicado por Nabarralde-k argitaratua






