Este fin de semana, el presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y la consejera Meritxell Serret han viajado a Ginebra donde han podido, entre otras cosas, asistir al estreno del documental ‘Catalogne: l’Espagne au bord de la crise de nerfs’, en el marco del Festival de Cine y Foro de Derechos Humanos.
La fiscalía española, efectivamente presa de una crisis de nervios ante la tranquilidad con la que presuntos sediciosos se pasean por Bélgica, Dinamarca, Suiza y el Reino Unido, mientras en España permanecen en prisión cuatro personas a las que se imputan los mismos delitos que a los ‘fugados’, ha vuelto a requerir al inefable juez Llarena para que active la euroorden de detención contra Puigdemont y Serret, a ver si, con Suiza, esta vez funciona. Pero el Departamento de Asuntos Exteriores de la Confederación Helvética ya ha anunciado que está al tanto de la visita pero que no tiene intención alguna de actuar porque «la cuestión de Cataluña es un asunto de política interna de España». Cómo se deben estirar los bigotes, en la casa Dastis, cuando leen esta frase, que ellos mismos han pagado a precio de oro durante años en las cancillerías europeas y que ahora se les vuelve como un boomerang imprevisto e indeseable. Es evidente, pues, que Llarena no reactivará la euroorden, porque con una vez de activarla para desactivarla a continuación y hacer el ridículo (Bélgica) y de no llegar ni a activarla y también hacer el ridículo (Dinamarca), ya le es suficiente.
En realidad, el drama del pobre Llarena es que está condenado, de oficio, a hacer el ridículo. Haga lo que haga. Que es lo que te pasa cuando te dedicas a traficar con delitos inexistentes y tienes que estar haciendo cuadrar el círculo a todas horas. Pensaba en eso leyendo uno de estos tesoros del pensamiento cristiano que hoy ya no interesa ni a los curas, que es el ‘Apologeticum’ de Tertuliano (el lector que no tenga ganas de pelearse con el latín ligero de este escritor africano encontrará una traducción, como siempre deliciosa, a cargo de Miquel Dolç, en la Fundación Bernat Metge, 1960). A Tertuliano, que era cristiano, le tocó vivir, especialmente bajo Septimio Severo, a caballo de los siglos II y III, una de las olas más cruentos de persecuciones contra los cristianos. Su obra constituye un hábil intento de demostrar por qué motivos el Imperio no les tenía que temer en absoluto. En un momento de su libro (II, 6), Tertuliano rememora unos hechos que él ya no vivió pero que debían de haber quedado bien grabados en la memoria colectiva de los cristianos de la cuenca mediterránea. El año 112, Plinio el Joven, el escritor y político romano, culminaba su brillante carrera política ejerciendo de gobernador en las provincias del Ponto y de Bitinia, es decir, las más septentrionales de la actual Turquía. Un poco abrumado por la cantidad de delaciones que le llegaban contra cristianos y que él tenía la obligación de tramitar, escribió una carta al emperador de la época, Trajano, preguntándole qué había que hacer, de aquella cantidad de denuncias. A Trajano, los cristianos no le produjeron nunca ni frío ni calor. Si no se encontraba con algún bobo como Ignacio, obispo de Antioquía, que se moría de ganas de morir mártir y se puede decir que no le dejó otra opción que convertirlo en comida de fieras, procuraba cuidarse de otros problemas, que bastante tenía con lo suyo (lo suyo, básicamente, era hacer la guerra para ampliar las fronteras del imperio como no volvería a hacer ningún otro emperador romano). La respuesta de Trajano, pues, fue de un pragmatismo admirable. Y, al mismo tiempo, de una incoherencia manifiesta. En un rescripto que se haría célebre, Trajano viene a responder a Plinio el Joven que deje a los cristianos tranquilos, es decir, que no pierda nada de tiempo persiguiéndolos, que haga la vista gorda ante las denuncias que le llegan, especialmente las anónimas, y que sólo condene a los cristianos que se empeñen en no retractarse y se nieguen a adorar los dioses del imperio. Dicho de otro modo, que sólo condene, como quien dice, a los cristianos que lo deseen. Evocando este episodio histórico, Tertuliano reprocha la inconsistencia del argumento de Trajano y le suelta: «Dice que no se les debe perseguir, como si fueran inocentes, y manda que se les castigue, como si fueran culpables. Si los condenas, ¿por qué no los persigues? Y si no los persigues, ¿por qué no les absuelves?». La crítica de Tertuliano a Trajano es tan pertinente que se ha acabado consolidando como un ejemplo clásico de silogismo dilemático. Y como esto de los silogismos, las falacias, los ‘tollendo ponens’ y los ‘tollendo tollens’ es enrevesado como una mala cosa, a menudo estos modelos de argumentación se vinculan a una imagen que facilite la retención mnemotécnica. La imagen que más a menudo se ha utilizado para evocar esta forma específica de dilema es la de la cornamenta de un toro. A este dilema llamamos «el cornudo» porque, tal como ocurre con la embestida de la fiera, si intentas esquivar uno de los dos cuernos, eres perforado inevitablemente por el otro. Si niegas que haya que perseguir a los cristianos, sólo los puedes absolver. Y si niegas que haya que absolverlos, sólo los puedes perseguir. Lo que no puedes hacer es una cosa y otra a la vez, como pretendía Trajano, de tal modo que la conclusión (implícita) del argumento de Tertuliano (Trajano está actuando de manera incoherente) queda demostrada si se afirma cualquiera los extremos del dilema. Si la hubiéramos de formalizar,
-O los cristianos son inocentes o son culpables (p ˅ q)
-Si son inocentes, Trajano actúa incoherentemente (p → r)
-Si son culpables, Trajano actúa incoherentemente (q → r)
-Por tanto, Trajano actúa incoherentemente en cualquier caso (r)
El lector ya ve a dónde quiero ir a parar. Sin saberlo (se hace realmente difícil decir, a la vista de sus escritos, qué debe realmente saber y no saber, el juez Llarena), su señoría del Tribunal Supremo nos ha proporcionado un ejemplo muy actual de silogismo dilemático para poner en evidencia la inconsistencia de su argumentación judicial. A partir de ahora, podremos hablar del «cornudo del juez Llarena» para denunciar esta extraña forma de argumento en virtud del cual nuestros políticos en el exilio se deben perseguir y no perseguir a la vez. En función de dónde estén y a dónde vayan. En función del viento que sople, vaya.








