Confieso que no siento ninguna simpatía por la junta actual del FC Barcelona, como lo demuestran los artículos que escribí sobre la presidencia de Sandro Rosell en contraposición a Joan Laporta, que ha sido, sin duda, el mejor presidente de la historia del club. Basta con mirar las copas, los títulos y el prestigio alcanzados durante su mandato; aparte de la visión catalanocéntrica con que dirigía la entidad. Pero el Barça, como sabemos, es más que un club. Mucho más. Lo es por su idiosincrasia, por su masa social, con ciento cincuenta mil socios, por la carga simbólica que le acompaña en el ámbito político, por una representatividad nacional sin parangón en el planeta, por los espectaculares índices de audiencia que conlleva todo lo que le afecta y por las controvertidas pasiones que despierta. Todo este conjunto de cosas lo han hecho un club único en el mundo, y, por tanto, un club admirado, envidiado, querido, odiado… siempre en grado superlativo. Esto explica que se haya convertido en una de las principales instituciones de Cataluña y que todo lo que hace o que deja de hacer la persona que lo preside tenga un eco internacional.
Siempre he pensado que una singularidad de tal magnitud, tan especial, tan gigantesca -tan anómala, incluso-, si se quiere- sólo se explica por la anormalidad en la que vive la nación catalana, una nación sometida a los designios de otra nación. Si a Cataluña no se le hubieran arrebatado sus libertades nacionales y fuera un Estado libre y soberano, es obvio que su representatividad política en el ámbito deportivo -pocas cosas hay en este mundo más políticas que el deporte de élite- estaría canalizada no a través de un club de fútbol, sino de la selección y de los éxitos conseguidos por los deportistas en las diversas modalidades. Justo lo que pasa en todas partes. El Barça, por tanto, habría sido un club de fútbol importante, muy importante, pero difícilmente la entidad de la magnitud simbólica actual. De hecho, será interesante ver cómo incidirá la independencia del país en esta magnitud simbólica.
Pero el presente es el presente y aún no hemos recuperado nuestras libertades, todavía no somos un Estado libre e independiente. Somos todavía una nación sometida a la voluntad de una nación que se nos declara superior y lo más caliente en materia de selecciones nacionales y de Juegos Olímpicos está en el fregadero. En otras palabras, el Barça sigue siendo la entidad deportiva que con su fuerza compensa estas carencias y en la que una parte mayoritaria de la sociedad catalana proyecta sus anhelos de reafirmación nacional. Por eso hay tantísimos socios o seguidores de clubes como el Girona, el Sabadell o el Llagostera que a la vez lo son también del Barça. No ven ninguna incompatibilidad. Sólo en caso de enfrentamiento directo, pueden desear la derrota del Barça. Pero quieren a ambos clubes porque lo representan ocupa lugares muy precisos y bien delimitados en su corazón.
Sin embargo, como decíamos, esta representatividad del Barça, esta carga simbólica del club tiene muchos enemigos. Como es natural, el primer nombre que viene a la mente de todos, al hablar de enemigos, es el Real Madrid, pero la cosa va mucho más allá. Si el único enemigo fuera el Madrid y este club no tuviera a su lado todos los organismos del Estado español, no habría que preocuparse por él, porque sus maniobras serían únicamente de naturaleza económica. El problema es que su tribuna -presidida por un hombre de negocios turbios y protegido por la Casta- constituye el escaparate de todo lo que después se cuece en los despachos políticos de Madrid y que adquiere forma de operaciones de apariencia jurídica, apolítica, neutra e inmaculada. Como comentaba el periodista Lluís Canut días atrás en su magnífico programa ‘Efectivament’, del Canal Deporte-3, resulta curioso, por lo menos, que un socio del Barça que trabaja en una farmacia pueda asumir por iniciativa propia los enormes costes judiciales de una causa -caso Neymar- que, una vez puesto en marcha el ventilador, decide abandonar. Puestos a investigar, sería interesante investigar quién está detrás de una maniobra como esta. La maniobra, sin embargo, es inteligente: en vez de bombardear desde fuera, se introduce un caballo de Troya que dinamite desde dentro y que facilite a los órganos judiciales españoles la coartada para actuar. Y para que todo parezca aún más puro y más inmaculado, el caballo de Troya se presenta ante las cámaras de los medios de comunicación luciendo una estelada en la camiseta con la reivindicación del derecho a decidir. ¡Realmente fantástico! Una trama digna de Graham Greene. Sólo hay un error. Un error que Greene nunca habría cometido, y es que ‘el independentista’ interpone su querella criminal, no en Cataluña sino en Madrid, en la Audiencia Nacional española, institución heredera del franquismo pasado (y presente) de persecución sistemática y feroz de las libertades de Cataluña y de sus defensores.
Dice el señor don Josep Maria Bartomeu, presidente del Barça, que el acoso que está sufriendo el club desde las instancias judiciales puede tener que ver con el hecho de que «un año cedió el Camp Nou para hacer el ‘Concert per la llibertat’ (‘Concierto por la Libertad’), y que tal vez esto no gustó» y que tampoco gustó que «la Vía Catalana pasara por el estadio». Naturalmente que esto no gustó al gobierno español, si bien fue la presión social, no alguna iniciativa de la junta, como insinúa Bartolomé, lo que determinó estas decisiones. Pero al nacionalismo español no le desagrada al Barça en función de lo que hace o deja de hacer en un momento determinado, sino por todo lo que hemos dicho que representa y por el universo simbólico que le acompaña.
No hay que olvidar que el Estado español está en manos de un gobierno de raíz totalitaria capaz de las bajezas más abyectas para dinamitar el proceso catalán. Estamos hablando de un gobierno que manipula elecciones, que intenta desprestigiar internacionalmente a Cataluña y sus instituciones, que lleva a cabo un plan de exterminio de la lengua catalana, que criminaliza al presidente de la Generalitat y al alcalde de Barcelona mediante la fabricación de informes falsos y que elabora leyes de inspiración fascista con el objetivo de controlar el pensamiento, de escuchar conversaciones privadas, de conceptuar el independentismo como terrorismo y de inhabilitar presidentes, consejeros, jueces y funcionarios demócratas instaurando un régimen policial en una sociedad pretendidamente atenazada por el miedo. Esto es fascismo, señores. Fascismo. ¿Qué más necesitamos que pase por tomar conciencia de ello?
Se dirá que si el fichaje de Neymar se hubiera hecho bien, las cloacas del Estado no tendrían donde agarrarse, pero no es cierto. ¡Santa inocencia y santa autoflagelación! Las alcantarillas, como ya hemos visto, no están al servicio de la verdad, están al servicio del poder, y lo que este poder no tiene lo inventa. Es verdad que la mentira a menudo tiene un recorrido corto y que algunas verdades, tarde o temprano, acaban flotando -lo hemos visto en la clara inocencia del presidente Mas y de Xavier Trias, acusados falsamente de tener dinero en Suiza-, pero cubre el objetivo de calumniar y desacreditar personas a través de los telediarios. El intento de criminalización de Cataluña en el ámbito internacional -y esto incluye el Barça, por supuesto-, forma parte de una operación que llegará al paroxismo en los meses que quedan para las elecciones plebiscitarias del 27 de septiembre.
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