Puesto que nos situamos en un escenario de hipotética tercera guerra mundial, y nos enseñaron que la segunda era producto del mal cierre de la primera, conviene intentar encontrar algunas pistas, sobre todo en relación con nosotros, es decir, con los catalanes, y la forma en que hemos jugado históricamente. A veces hemos sido más invisibles, a veces con más posibilidades de ser determinantes, pero es bueno observar las corrientes geopolíticas internacionales para saber en qué atmósfera nos movemos y qué vientos nos pueden soplar a favor. Habrá que, como en todo, ser ordenados y empezar por el principio. Por la primera.
Cuando estalla la guerra en 1914, Cataluña forma parte de una España neutral. Pero el catalanismo de la Liga Regionalista comienza a interpretar la guerra como una posible gran transformación de Europa, viendo a Francia y Gran Bretaña como representantes del liberalismo parlamentario ante los imperios autoritarios. Muchos catalanes esperaban que la victoria aliada favoreciese la descentralización, el federalismo e incluso algún tipo de autodeterminación catalana. El problema es que, por mucho que estos países pudieran tenernos alguna simpatía, no tenían ninguna necesidad estratégica de alterar al Estado español. Por el contrario: una España estable y neutral les era más útil (controlaba el acceso a Gibraltar y al Marruecos español). Una vez derrotados los imperios centrales, en el discurso de Wilson sobre la autodeterminación intuimos que quizás estaba naciendo una nueva Europa. De nuevo, la decepción: en Versalles las grandes potencias no aplican el principio de forma universal, sino selectivamente y según sus intereses. Y, de hecho, la neutralidad española hace que Cataluña se enriquezca mucho durante la guerra. De nuevo, segar cadenas acaba «no conviniendo» (lo que lleva, después, a la radicalización del catalanismo en los años treinta).
Cuando comienza la Segunda Guerra Mundial, la Generalitat está abolida y la Guerra Civil, que había sido una especie de “preguerra mundial ibérica” entre demócratas y fascistas, la ha perdido la alpargata. Franco se ha impuesto gracias en buena parte a la ayuda de Hitler y Mussolini, de modo que los aliados vuelven a ser, aparentemente, posibles aliados de la causa catalana. De hecho, el Frente Nacional de Cataluña (creado en 1940) basa su estrategia en la expectativa de que la victoria aliada provocara también la caída de Franco. Esta vez la decepción viene, por supuesto, de que la victoria de los aliados no supone la caída del régimen: el dilema ya no es “democracia ‘versus’ dictadura” sino “Occidente ‘versus’ URSS”, hasta el punto de que el régimen es reconocido por la ONU en 1952. Todo ello, al cabo de 40 años de dictadura, desemboca en una Transición tan deudora de Franco que hoy, y ya desde hace años, se tambalea clamorosamente. Justo, mira por dónde, cuando también se tambalea la geopolítica mundial.
Si en 1918 descubrimos que los principios internacionales no se aplican automáticamente a todas las naciones, en 1945 descubrimos que la victoria de las democracias tampoco implica necesariamente nuestra victoria. Una vez aprendido todo lo aprendido en 2017, la pregunta ya no es si estamos en el “bando correcto de la historia” sino qué interés tienen de fuera por venir ellos a nuestro bando. Una eventual reconfiguración del orden internacional puede abrir ventanas de oportunidad, sobre todo si el orden interno español muestra también indicios de desgaste y recomposición. Ya ocurrió con Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y las repúblicas bálticas. Cierto es que Cataluña y España se encuentran dentro de la Unión Europea y de la OTAN, pero esto puede ser una carta favorable: ahora el régimen del 78 ya no está simplemente resistiendo el problema catalán, sino que se está transformando precisamente a través del problema. Europa, a su vez, también necesita reconfigurarse si quiere seguir siendo la cuna de la democracia liberal: le crece la extrema derecha exponencialmente, de forma demasiado parecida a como lo hacía en los años treinta. En 2017 la UE abandonó a los catalanes a su suerte, y ahora el autoritarismo (qué cosas) se la zampa. Si España no puede permitirse seguir siendo una cárcel de pueblos, seguramente Europa aún menos. Y es que las guerras mundiales no son exactamente la grieta: lo son los puentes que existen entre guerras, los posteriores y los anteriores, los nuevos repartos de cartas. No hace falta ir a ningún bando de los buenos, porque ya empiezan a ver que el bando bueno, es decir, la alpargata, éramos y somos nosotros.
EL PUNT-AVUI









