Uno de los aspectos concretos y recurrentes al tratar el tema de la secesión catalana es el de cómo se organizarían los sistema de pensiones en el futuro Estado catalán. La cuestión se integra en la tendencia dentro del independentismo a presentar la causa con argumentos pragmáticos asociados al mayor bienestar que supuestamente se derivaría de la asunción del nuevo marco político. Así, la independencia significaría un beneficio en la medida que permitiría una mayor retención de recursos en el país susceptible de generar un incremento de las prestaciones sociales. En el campo de las pensiones el argumento pasaría por recordar que en la actualidad las cotizaciones catalanas generan un superávit que es invertido en el sostenimiento de los pensionistas del resto del Estado de forma que, fuera de España, estas cantidades podrían ser recuperadas por los pensionistas catalanes, que experimentarían un incremento de su percepción. En la difusión de las ideas del soberanismo económico, «de bolsillo», como ocurre también en el debate sobre las infraestructuras, late la pretensión de atraer sectores de la población poco sensibles a las apelaciones patrióticas. Pero a menudo, en esta línea de razonamiento, y aparte de que efectivamente se tenga un mínimo éxito a la hora de convencer a personas que se identifican con otra comunidad nacional, se desprecian los planteamientos emocionales, culturales y lingüísticos aunque no «viviríamos mejor» por ser más ricos sino que «viviríamos mejor» porque no estaríamos discriminados por razón de nuestra identidad.
Centrar la controversia en «el argumento de la pensión» tiene, además, dos problemas importantes. El primero es que se puede sufrir de una cierta complacencia y de una cierta ingenuidad si se asegura que la independencia comportará de por sí un bienestar material; al menos representa poco más que un acto de fe creer que en los momentos críticos de la separación el régimen de pensiones continuará funcionando con la misma normalidad que si no hubiera una situación de conflicto político. El segundo es que las razones a favor de la independencia basadas fundamentalmente en una mejora económica surgida del control de los recursos generados por la comunidad no se vende muy bien en el contexto internacional y, en particular, en el trasfondo de una Unión Europea fracturada por tensiones sobre los deberes de solidaridad, las obligaciones de retorno de la deuda y, en definitiva, las transferencias de recursos entre pueblos. A las pocas simpatías que suscitan la severa Alemania o el Reino Unido que propone referendos para salir de la Unión no conviene mucho añadir el relato de una ‘Padania’ egoísta que apuntala sus pretensiones con la aspiración de que sus jubilados tengan un saldo más abundante en la libreta de ahorros. A estas consideraciones se puede añadir la pregunta de si de verdad tiene sentido llamar a la movilización ciudadana excepcional que exigen las independencias para cobrar una pensión un poco más alta, aunque esto permitiera atraer las simpatías del catalán que sienta vínculos emocionales con España. Las independencias se hacen por dignidad, con riesgo y con coraje, no por seguridad económica. Parece incluso ridículo imaginar, por ejemplo, que en Irlanda, en la India o en Israel hubieran luchado por un Estado pensando prioritariamente que esto incrementaría la renta per cápita de sus habitantes. Algunos sacrificaron la vida conscientes de que la libertad política no sacaría de la miseria a muchos de sus conciudadanos.
Al planteamiento que aquí exponemos se objetará que difícilmente se obtendrán votos a favor de la soberanía si se perfila cualquier tipo de duda sobre la continuidad de prestaciones públicas como las pensiones, pero quizás en un escenario en el que la intransigencia de las instituciones españolas nos lleva a una secesión unilateral precisamente porque impide toda expresión democrática que cuestione la unidad nacional española tenemos que empezar a pensar que la Cataluña libre también se sitúa más allá de los votos y que, por supuesto, vale bastante más que unas cuantas mensualidades.
EL PUNT – AVUI









