Como el catalanismo en su conjunto, el independentismo también contiene ciertas ambigüedades que le dan fuerza pero que a la vez lo debilitan.
¿Vale la pena la creación de un Estado propio si se pierde el catalán, el eje central del catalanismo? Este es el ruido de fondo que embosca el manifiesto del Grupo Koiné en vistas de una hipotética República Catalana.
El movimiento independentista que ha tomado fuerza en el último lustro lo conforman dos componentes básicos: la preocupación por los aspectos culturales, por la lengua, por algo tanto difuso como el hecho diferencial, y la preocupación sobre todo por el bienestar, por la posibilidad de vivir mejor. En cada independentista conviven los dos componentes en mayor o menor medida, pero en general en el grueso de los que han abrazado esta causa en los últimos años el segundo está presente en una dosis más alta.
Aquellos para quienes la cuestión de la razón de ser, de una identidad cultural y lingüística, tiene un peso más relevante en su independentismo desean que un nuevo Estado mejore la calidad de vida pero que tenga las herramientas para hacer del catalán la lengua central del país y, así, una Cataluña catalana. A muchas de estas personas una República Catalana con la lengua castellana hegemónica y un catalán residual les da miedo.
En general -excepto cuando, en un ejemplo de franqueza que hay agradecer, se presentan manifiestos como el de Koiné-, se trata de un factor por el que se pasa de largo. No se habla porque, como el catalanismo en su conjunto, el independentismo también contiene ciertas ambigüedades que le dan fuerza pero que a la vez lo debilitan.
A muchos independentistas una República Catalana con la lengua castellana hegemónica y un catalán residual les da miedo. Los partidos políticos, CDC y ERC de manera principal, han entendido que, sin sumar al soberanismo un grueso importante de personas para las que pesa más la preocupación por su bienestar y no la salud del catalán o el afán de diferenciación «con los otros», el Estado propio no es posible. No lo es porque el país tiene la composición social y lingüística que tiene y no se puede diseñar a la carta.
A pesar de la legítima demanda del Grupo Koiné, es muy probable que incluso haciendo del catalán la única lengua oficial la medida no detuviera el descenso en su uso -sólo hay que poner el oido en la calle-. Si es así, para aquellos independentistas muy preocupados por la razón de ser ligada a la lengua, la cuestión es: ¿merece la pena crear un nuevo Estado donde el catalán sea residual? La respuesta no es sencilla porque para muchos implica un cambio de paradigma.
El catalanismo se ha querido explicar a menudo a través de modelos exteriores. Uno de ellos, utilizado hasta la extenuación sobre todo por el independentismo, es el irlandés. Una de las figuras emblemáticas de Irlanda moderna y de la consecución de su independencia del Reino Unido fue Eamon De Valera (1882-1975). El político tenía muy clara la importancia de la lengua irlandesa para el nacionalismo. Es muy probable que incluso haciendo del catalán la única lengua oficial la medida no detuviera el descenso en su uso -sólo hay que ponr el oido en la calle- «Si alguna vez tuviera que escoger -exponía- entre el irlandés y la libertad, escogería el primero porque mientras tienes la lengua tienes la potencialidad de obtener la libertad: la lengua lleva en sí misma la nacionalidad y la nacionalidad contiene el deseo de libertad». Y añadía: «Se puede perder la libertad cincuenta veces, pero mientras la lengua y los sentimientos que se consagran permanezcan con nosotros, estaremos preparados para conseguir la libertad perdida. En cambio, si la lengua muere, no la podremos recuperar nunca».
El independentismo irlandés -descontando ayudas externas y la ‘realpolitik’- tuvo éxito porque en el hecho de desligarse del dominio británico se veía una oportunidad de vivir mejor. Después de 1921 y a pesar del esfuerzo para normalizar su uso, el irlandés es hoy muy secundario. Y, como en el caso de la lengua, la apisonadora de la modernidad acabó también con la imagen de Irlanda irlandesa.
Eamon De Valera: «Si alguna vez tuviera que escoger entre el irlandés y la libertad, escogería el primero porque la lengua lleva en sí misma la nacionalidad y la nacionalidad contiene el deseo de libertad». En 1937 De Valera impulsó la segunda Constitución de Irlanda, que incluía el irlandés como «lengua nacional» y primera lengua oficial de la nación, y el inglés como «una» segunda lengua oficial. Incluía también el uso de palabras gaélicas para resaltar la identidad histórica y cultural de Irlanda, como ‘taoiseach’ para designar el jefe del gobierno. De Valera ejerció como tal en tres periodos entre las décadas de los años treinta y cincuenta y fue presidente de Irlanda entre 1959 y 1973.
La inclusión del inglés en la Constitución no fue lo que propició la minorización del irlandés: a finales de los años treinta del siglo veinte no más de un 15% lo hablaba y leía. El inglés ya lo había sustituido y era una realidad tan flagrante en la isla -sólo hay que pensar en qué lengua escribían sus mejores literatos- que De Valera no se pudo volver de espaldas. Sus conciudadanos se sentían muy irlandeses, pero el gaélico ya no les era útil. A pesar de ello y de lo que predicaba, el político no parece que quisiera renunciar a presidir una Irlanda más libre pero menos bucólica para retirarse a las islas Aran en un residuo de la Irlanda irlandesa.
*Doctor en Historia por el Instituto Universitario de Historia Jaume Vicens Vives de la Universidad Pompeu Fabra (2012)
http://sempre.cat/documents.php?cdc_id=161
http://sempre.cat/files/documentos/1320_0_Articles_L._161.pdf







