Después de la V, la I de Independencia

La ‘V’ ya es historia, en el sentido más positivo del término. La ‘V’ ya es la manifestación -concentración, en este caso- más multitudinaria que se ha hecho nunca en Europa en defensa de unos derechos nacionales pisoteados por otro país. Atrás quedan las de las diadas de 2013 -Vía Catalana- y del 2012 – «Cataluña, nuevo Estado de Europa»-, y también la del 10 de julio de 2010 -«Somos una nación, nosotros decidimos»-, la del 1 de diciembre de 2007 -«¡Somos una nación y decimos basta! «- y la del 18 de febrero de 2006 -«Somos una nación».

En 2010, en El Singular, escribí que los catalanes estamos doctorados en manifestaciones, porque es innegable que rozamos la perfección organizativa. Sólo hay que reflexionar sobre el esfuerzo que supone sacar tantísima gente a la calle y concentrarla en un espacio delimitado para ver su complejidad. Si la Vía Catalana ya requirió un esfuerzo titánico, el de la ‘V’ de este año ha sido indescriptible, ya que era necesario que se vieran las cuatro barras desde el aire, especialmente en el minuto 17:14. Pero este esfuerzo ha sido premiado con un éxito apoteósico. Éxito de organización, éxito de participación y éxito de repercusión. El primero, es mérito de la ANC y de Òmnium Cultural; el segundo, es mérito de la sociedad catalana en general; y el tercero, es consecuencia directa de los otros dos, como lo demuestra el interés que ha despertado en los cinco continentes.

Sin embargo, como digo, eso ya es historia. Esta cima ya la hemos hecho. Podemos dedicar unos días a felicitarnos por ello y a buscar voces que nos confirmen que hemos salido muy favorecidos en la foto, pero hay que recordar que la ‘V’, lejos de ser un fin en sí misma, ha sido tan sólo un eslabón más de las cadenas que estamos segando. De hecho, nada de lo que hemos logrado hasta ahora tendrá utilidad si no somos capaces de llegar hasta el final. Es ahora, pues, en los últimos metros del camino, cuando los catalanes tenemos que mantener la máxima concentración. Como dice el lema de la campaña del Tricentenario -un lema espléndido, por cierto-, «ahora, la historia nos convoca», y nosotros tenemos que estar a la altura de lo que se nos pide.

Es, digámoslo claro, la hora de los hechos consecuentes, es la hora en que las fuerzas favorables al Proceso deben aplazar las diferencias de partido y poner por delante el nombre de Cataluña. El partido que no lo haga, el partido que priorice sus intereses a los de la libertad del país, hará daño al Proceso, sin duda, pero también se hará daño a sí mismo, porque quedará retratado ante los ojos de la historia. Pensamos que no hay derecho social más importante y trascendente que el de la libertad, y los que nos quieren distraídos con reivindicaciones relativas a una mejora de las condiciones de vida de la prisión constituyen el mayor aliado del nacionalismo español. Cuidado, por tanto, con estos cantos de sirena que hablan de derechos sociales obviando que lo único que puede garantizarlos es la libertad. Un pueblo que no es libre no tiene derechos sociales. El cautivo que consume sus energías reivindicando un mejor trato del secuestrador, cae a cuatro patas en la trampa que éste le pone y se cierra él mismo las puertas de la jaula. El secuestrador sabe muy bien que cuanto más ocupado está el secuestrado -y el caso Pujol también forma parte de esta maniobra de distracción-, menos tiempo dedica a elaborar un plan de fuga. Por eso no hay nada que le agrade más que las discusiones del día a día. De hecho, casi siempre es él quien las promueve. Sabe que son tan productivas como los partidos de fútbol de hermandad que disputan los secuestrados, es decir, elementos que perpetúan la cautividad.

Situados, pues, en este punto y habiendo logrado el éxito en la organización de la ‘V’, ahora, como decíamos, es la hora de dar sentido al Proceso culminando con la letra definitiva, la letra sin la cual nunca habría habido Proceso: la letra ‘I’ de Independencia. No hablo de celebrar ninguna manifestación en forma de ‘I’-y si la celebramos, que sea complementaria-, hablo de avanzar sin vacilaciones hacia la consecución del anhelo más noble que puede tener toda colectividad humana: vivir en libertad.

Víctor Alexandre
EL SINGULAR DIGITAL