Desligados, pero conectados

Me doy perfecta cuenta de que, visto el clima político de esta semana, la reflexión que voy a proponer al lector, con una cita de Buda incluida, le va a parecer no tan sólo extemporánea, sino escrita desde la galaxia donde aquel ministro español querría enviar a una Catalunya independiente. Pero la hago precisamente esta semana porque creo que el mejor remedio en los momentos de ofuscación y de tentaciones autoritarias es abrir ventanas hacia el futuro y mostrar que no es cierto que el mundo vaya a hundirse inevitablemente bajo nuestros pies. Sí: voy a hablar de las futuras buenas relaciones entre España y Catalunya, ni más ni menos.

Para hacerlo, antes debo corregirme a mí mismo por un artículo del pasado 11 de junio en La Vanguardia, y que titulé “La desconexión”. No es que me desdiga de la argumentación de fondo, sino que tengo que rectificar el concepto que utilizaba para discutir la tesis del choque de trenes: la idea de desconexión. Y es que, a raíz de un texto de la psicoterapeuta neoyorquina Zelda Schemaille titulado “Detachment? Disconnection”, para analizar las consecuencias de una hipotética secesión de Catalunya me parece mucho más esmerado hablar de separación, de desatadura, que de desconexión.

Schemaille, una psicoterapeuta que ha vinculado su práctica dentro de la Gestalt con el budismo, se refiere a la confusión -como la mía- entre separar, desligar y desconectar. Para la psicóloga, cuando estamos emocionalmente atados, vivimos con la creencia de que nuestra felicidad depende del objeto al cual estamos enganchados. Desde su punto de vista, sin embargo, este vínculo no es otra cosa que una huida del propio yo, que sitúa nuestra la felicidad en alguna persona o en alguna cosa, fuera de nosotros mismos. A causa de la dependencia hacia este alguien, el dinero, las propiedades o las ideologías, quedamos atrapados en un estado de obsesión y sufrimiento que oculta el yo verdadero y con toda su fuerza. Por eso la psicoterapeuta advierte que el gran desafío de todo proceso de separación es que se haga con estimación y con el corazón abierto. Mantenerse atrapado en la dependencia hacia el otro o hacia el objeto exterior produce amargura y resentimiento y perpetúa el tormento. Deshacerse de esta dependencia con estimación y sin desconectar, en cambio, permite recuperar la paz interior. Zelda Schemaille acaba su reflexión con una cita de Buda: “Desátate con amor, pero quédate conectado a ti mismo, con los demás, con el mundo”.

Pues bien: esta reflexión sobre la diferencia entre desligar y desconectar me parece especialmente pertinente en esta hora de graves dificultades en las relaciones entre España y Catalunya. Una distinción que, por otra parte, toma todo su sentido después de escuchar las palabras del president Artur Mas del pasado sábado, dichas en castellano y dirigidas al conjunto de los ciudadanos españoles. Mas quiso distinguir entre el derecho de los catalanes a escoger la forma de Estado y, por lo tanto, de vinculación política con España, de la existencia de lazos familiares, históricos, culturales y de todo tipo, que no tienen por qué quedar interrumpidos. Exactamente lo que señala Schemaille: hay que desligarse de las relaciones obsesivas, mantenidas por un sentido de propiedad que oculta al propio ser, pero no para desconectar, sino para profundizar en esta relación.

Desde mi punto de vista, y si adoptamos una perspectiva histórica, todavía podríamos profundizar algo más en esta idea, hasta notar que quien más necesita librarse de la otra parte para recuperar la paz interior es España de Catalunya. Históricamente, el catalanismo -y hasta hace cuatro días- había buscado un marco de relación con España que, a partir del reconocimiento del su yo nacional, pudiera participar activamente en la construcción de un Estado plurinacional e incluso, en el caso de Unió Democràtica, estableciendo una relación confederal. Pero la historia de la negación del carácter nacional de Catalunya por parte de un determinado proyecto de nación española ha sido la verdadera fuente del desencuentro actual. Quiero decir que quien mantiene un vínculo de dependencia patológico con Catalunya es España, que no sabe imaginarse a ella misma sin esa atadura. De ahí, también, la visión dramática que desde España se tiene de una supuesta división, que no es entre catalanes como afirman, sino la que ellos sufren por la pérdida de lo que consideran de su propiedad. Y por eso, también, de la secesión política y administrativa deriva una inevitable desconexión total, innecesaria y absurda desde el punto de vista catalán.

Para la mayor parte de catalanes, la separación está exenta de todo dramatismo. Desligar no es desconectar, sino la condición para establecer una relación más saludable. Y mucho más cuando las fronteras administrativas vigiladas, las fronteras comerciales, las académicas, las culturales -y, en Catalunya, la frontera lingüística entre catalán y castellano- ya han desaparecido de nuestros imaginarios. En una futura relación libre y entre iguales, España y Catalunya van a desarrollar grandes proyectos en todos los terrenos. Mucho más grandes que hasta ahora, ya que la actual dependencia obsesiva ha restado capacidad a unos y otros. Por eso, en estos días de ira, citar a Buda no me ha parecido impertinente: desatémonos con estimación, pero quedemos conectados con nosotros mismos, con los demás y con el resto del mundo.

La Vanguardia