Desde cero

Uno de los principales alicientes que tiene la independencia de Cataluña es la posibilidad de hacer un nuevo Estado, empezando de cero. O casi de cero. Digo un Estado, y no un país, porque el país ya lo tenemos. Y, de hecho, los que queremos una Cataluña independiente vivimos en una especie de feliz contradicción entre la convicción de que ya tenemos un gran país, suficientemente maduro para ser capaz de emanciparse, y la evidencia de que este país necesita con urgencia una gran aclarada y una posterior puesta a punto para aspirar a cotas más elevadas de bienestar y justicia social. Sería un error, pues, vincular nuestra ambición de independencia a ningún tipo de superioridad moral. Los catalanes, particularmente los que queremos la independencia, individualmente, no somos ni mejores, ni más capaces, ni más honestos que el resto de la humanidad. Sencillamente, creemos que podríamos disponer de mejores instrumentos para hacer progresar el país.

Ciertamente, hacer un nuevo Estado desde cero es una oportunidad tan extraordinaria para alcanzar este objetivo de regeneración y progreso como enorme es el desafío de conseguirlo. En la dificultad está la grandeza, dicen. Y si tantos «no-independentistas de toda la vida» se sienten comprometidos con la independencia de Cataluña es precisamente por esta promesa que va asociada: la oportunidad de hacer un país mejor. Una expectativa que exige poder eliminar todo el lastre del Estado al que todavía estamos subordinados y que, a pesar de sus intentos de modernización, no es capaz de asumir todos los desafíos democráticos, culturales, sociales y económicos propios de este siglo XXI. Y que no sólo no los asume, sino que no parece capaz de hacerlo en un plazo razonable para la mayoría de catalanes, tanto desde el punto de vista nacional como desde el punto de vista vital. Es decir: ni queremos desaparecer como nación antes de que lo logren, ni queremos morir esperando.

Empezar de cero, pues, es fantástico. Representa la oportunidad de pensar el nuevo Estado para que esté a la altura de los desafíos de este siglo, tan diversos de los que configuraron los estados nacidos hace siglos. El empequeñecimiento del espacio político, la globalización de la economía, las nuevas interdependencias, la utilización de las tecnologías de la información y la comunicación, todo nos empuja a pensar un Estado sustancialmente diferente de los que conocemos. Siempre hemos demostrado una gran capacidad para la innovación, y ahora la tenemos que aplicar a hacer el nuevo Estado.

Ahora bien, hacer un Estado desde cero conlleva grandes dificultades añadidas. Lo podemos comprobar estos días comparando el proyecto por la independencia con el de los que proponen una «nueva política» con cambios «revolucionarios», pero que no se enfrentan en absoluto a la tarea de definir un nuevo Estado. Estos, por ejemplo, de entrada no cuestionan la monarquía -antes al contrario, la adulan-; ni debaten sobre la necesidad de un ejército, ni les hace falta redefinir los límites territoriales del Estado que aspiran a gobernar, y hasta se permiten calificar con desprecio de «cantonalistas» a quienes osamos hacerlo. Diríamos que su radicalismo termina allí donde comienzan los perfiles básicos de un Estado, el suyo, que en sus puntos fuertes defienden tal como es.

En cambio, por el hecho de empezar de cero, nosotros nos enfrentamos con la dificultad de tener que decidir casi todo, con el riesgo de querer poner el acuerdo en estos elementos básicos que configuran un Estado por delante de la misma oportunidad de poderlos decidir. Mi opinión es que, ante el dilema de si primero tenemos que conseguir la independencia o bien decidir qué hacer, tenemos que aprender a hacer los dos procesos de manera simultánea. Y quien nos diga que algo va por delante de lo otro, probablemente, es que quiere impedir los dos. He aquí la oportunidad y el riesgo de empezar de cero.

ARA