De la estirpe del pícaro

La picaresca se nos muestra como una purulenta úlcera, quizás un chancro vergonzoso en las carnes orondas del imperio español. Se asienta en ultramar. En la imperial Cuzco, «el lazarillo de ciegos caminantes», «indio neto» no sólo reproduce el prototipo, sino la sociedad de aquella España. Y no es que fuera específica de la «grandeza» del imperio. La picaresca siempre fue un gen endémico al Sur del Ebro.

No parecía muy aplicable tal estereotipo al temperamento -con cierta connotación negativa de reservado- del vasco -o vizcaíno-. Y la propia literatura castellana lo evidencia.

Se consideraba que el vasco fiaba su fortuna o su modus «vivendi» más a su laboriosidad -sin duda como la mayoría de la gente llana de Castilla- y a su capacidad comercial que a la trapacería.

La picaresca se cobijaba no sólo en la sordidez del lumpen, sino entre otros ambientes supuestamente más dignos. Palpita bajo la redomada sotana de clérigos como el Arcipreste de Hita, bajo la capa de muchos hidalgos venidos a menos, y entre muchos truhanes de la milicia.

El género no se acabó con la explosión barroca, porque de alguna forma, el alma de la picaresca ha estado cómodamente encarnada en la sociedad española.

Cierto que inframundos delictivos, patios de Monipodio, guetos del hampa han existido y existen por doquier. No hace falta recurrir a Dickens o a Alain-Rene Lesage para testimoniarlos. Pero el propio Lesage, tratando de fustigar a la sociedad francesa, ha de entrar a saco en el género español, para su remedo picaresco, el «Gil Blas de Santillane». Y es que la picaresca española es inimitable y quizás irrepetible.

Dicen que la picaresca es una filosofía de la vida. Quizás. Lo cierto es que la filosofía picaresca, la del pícaro…y la de su estirpe, sigue excepcionalmente viva en la sociedad española y contagia a sus aledaños, y me refiero sin ambages a Vasconia.

Crispín, en los intereses creados de Benavente, pleno s. XX, depura las rudezas del pícaro y le dota de un elocuente refinamiento. Sigue siendo un perfecto discípulo de Celestina. Muy influido, por la retórica sacra, mantiene el tufillo ético y religioso del pícaro, puro barniz y nula enjundia. Detecta magistralmente el impulso moral – o más bien amoral- de «la gente»: «Aquí se aprecia más al tunante que al trabajador».

El pícaro cae en gracia, es perdonado incluso cuando lo atrapa la justicia. No tiene la connotación delictiva que se le carga en el mundo anglosajón, nórdico etc…

Comprobemos sin ir más lejos la resolución que se adopta con el Tartufo y en parecidas circunstancias con el Crispín de Benavente. Al primero, la ley lo trinca por su impostura, el segundo consigue su objetivo, y es loado por su destreza pícara. Se le da una solución inmoral -pragmática- aceptada por todos, público incluido.

Benavente refleja perfectamente a una sociedad que trafica con las conveniencias y los intereses económicos menospreciando cualquier consideración ética. Eso sí, sin abandonar la moralina ni la jaculatoria.

Y es que «in hispania», el que no da el pelotazo o no roba es porque no puede. Aprovecharse ladinamente de la gente que te rodea para medrar -picaresca en sentido estricto- no parece amedrentar la conciencia de muchos ciudadanos.

Con el decurso del tiempo, la picaresca dio un salto cualitativo importante. El pícaro quedó relegado a la categoría de gitano, chorizo o quinqui y se elaboró una picaresca de alto diseño, denominándose ingeniería…

Y surgieron los arribistas, -con graves lagunas morales y de formación- , era la ingeniería política o financiera. Se diseñan las prácticas depredadoras, la confusión entre lo público y lo privado, nepotismos, favoritismos sobre la bases de lealtades personalistas, desprecios por las formalidades del estado de derecho…

Podemos decir que la picaresca inficiona las venas de la sociedad en los ámbitos más relevantes.

La empresa -muchas empresas-, son una aventura cuyo norte es, no su estabilidad ni su aportación a la sociedad, sino el golpe: la estafa con piel legal, negocios instantáneos, gastos de representación…dinero fácil e insolidario que no genera riqueza social, empresas sumergidas…

La política ha llegado a un estado de corrupción que aterra a cualquier ciudadano que posea unos mínimos de honestidad. «Si no hubieras sido honrado -asesoraba Crispín a su Sr. Leandro-, te hubiera dedicado a la política.

Se corre el peligro de generalizar. Siempre ha habido y habrá políticos honrados, solo que nuestra desconfianza nos nubla los anteojos.

Se manejan jueces, se componen leyes «ad hoc», como entre muchas la ley de partidos con sabor a golpe de estado. Se prostituyen las ideas, los partidos, los políticos que con tal de atrapar bocado, venden su alma y su conciencia por un buen lingotazo de poder o de Euros… Y se disfrazan de abogados, ingenieros y de lo que haga falta cuando no pasan de míseros ganapanes… ¿No es esto picaresca? Y se ciscan en su honestidad…

En fin, que no merece la pena incidir en temas que están en la mente de todos y a la orden del día…

Lo de las empresas mediáticas es harina de otro costal. Su corrupción pasa por ser además de un escándalo, una de las razones por la que la inmoralidad se ha infiltrado en las venas enfermas de la sociedad.

Aquí, la picaresca ha sido desplazada por la farsa y por la maldad.

La información puede ser canallesca, falaz, trafulcada, inventada… Generalmente es desinformación y malformación. Es un campo en que no caben pícaros sino esclavos, pesebreros, incendiarios, facciosos, mafias etc…

Y no es que en las democracias occidentales sobren estados prototipos por su moralidad. Dicen que los suecos y algún otro país nórdico hacen del bienestar general el himno de su país. Por lo que uno ve, me inclino a creerlo.

Todos los países tendrán sus lacras y sus sinvergüenzas, sin duda. Pero enarbolar el pendón de la picaresca con letras mayúsculas, solo puede hacerlo España. La picaresca es un género literario, político y sociológico netamente español.

Picaresca -lo dicho-, o arribismo o prácticas depredadoras, o cohecho, o choriceo de bienes públicos o comicios fraudulentos o nepotismo… Todo dentro de un absoluto desprecio a los principios básicos democráticos y al más elemental humanismo.

Uno, que se siente muy navarro y forzado a pertenecer a un estado de semejante calaña, inevitablemente siempre llega a la misma conclusión. Reniego de un estado donde el funcionamiento de sus bases y ordenamientos se mueven en un magma tan corrupto y maloliente. Donde los ciudadanos honrados y los menos privilegiados tienen tan difícil la sobrevivencia y el mensaje de su palabra.

Únicamente el ejercicio como ciudadanos libres de nuestra voluntad soberana como navarros, nos puede liberar de una España cuyo estilo picaresco, cutre, fulero etc., nos resulta tan insoportable y esclavizante.