D. Beni

D. Beni se fue sin grandes palabras, prácticamente sin flores ni campanas. Nunca llegó a héroe, a gran orador, o a eximio apologeta, ni a célebre teólogo o moralista. Ni púrpuras, ni canonjías. Algún curato rural ante la agobiante escasez de pastores. Eso fue todo.

Uno, pecador, o desencantado de la estirpe cural, o por inercia anticlerical, sin embargo, no puede menos que reivindicar la bonhomía, la sindéresis y el compromiso con los humildes y sin ruido de éste sencillo clérigo.

Mi primer contacto con él fue muy liberador tras el traidor ataque que me infligió mi propia concupiscencia.

Con 11 años, la movida hormonal, la curiosidad, o el «¿deseo peaminoso?», me empujó a perseguir a una mocetica del barrio. Ella doce años y para mí de buen ver. Llegué a su altura y cepillé ¿suavemente? sus glúteos. Como alma que lleva el diablo me fugué, dejándola a ella sumida en lacrimosos sollozos. Las consecuencias no se hicieron esperar. La amatxo de la neska, brava hembra, se encaró con la mía y en puro román paladino le espetó que si me pillaba me iba a matar por haberle tocado a su hija el «culo».

Evidentemente mi ama la tranquilizó. Ella me pondría a mandamiento. Mi ama no me atizó, ni la mujer. Evidentemente nunca me dejé atrapar. Quien sí me cruzó un guantazo, absolutamente solemne, fue mi aita. Pero allí no acabó todo. Había de confesarme según mi ama, pues en caso contrario no debería recibir la hostia, la sagrada, se supone.

Y aquí es donde se me reveló D. Beni.

El pequeño convento prácticamente hacía de parroquia para el barrio. Contaba con ocho o nueve curas. Unos me parecían importantes, otros imponentes, otros cascarrabias; todos me daban miedo.

Normalmente, de chaveas y mancebos se ocupaba el padre Tomás, auténtico azote de la concupiscencia de la carne a tenor de sus prédicas. Este era de los imponentes. Lucía tal abdomen que según las malas lenguas era de esos que para materializar el «mea culpa» en tan prominente órgano, su reverencia tenía que dar un paso al frente. A mí me daba pavor por su verbo profundo y desabrido y por los desagradables efluvios de sus hábitos conventuales. Aquellos días bajé a los infiernos, esperando el juicio de Dios.

Y llegó el Domingo. Mi ama detrás, empujándome. Yo rezongón y totalmente ido. Lo cierto es que sin saber como, me encontré arrodillado ante el confesionario…

– A…a…ve…ave María Purísima…

– Sin pecado concebida…

Imposible articular palabra.

-Venga muchachito, algo tendrás que decir. Creo que a eso has venido. No será tan malo lo que traes, venga ya te voy a ayudar, verás que sencillo.

¡La madre de…! ¿Pero si no era el Padre Tomás? Aquella voz tan suave, tan amigable, tan… Y se me soltó el nudo; y sin darle opción le largué a trompicones todas las culebras de mi pecado.

-O sea que en definitiva le has tocado el pompis , o como tú dices, le has dado un pequeño azote a una moceta, y claro, ella no quería.

– ¡No!

– ¿Y eso como te ha surgido?

– Pues, no sé, en aquel momento me apeteció y no me pude aguantar…

– ¿Qué pasa, que si te apetece el pastel de un escaparate, entras a la pastelería y te lo trincas?

– ¡No!

– Bueno; vamos a ver, eso no me parece tan grave, a no ser que andes por ahí dedicándote a azotar los pompis a las chicas.

– ¡No!

-¿Tienes algo más?

– Pues ya no me acuerdo, porque…

– Bueno, vete tranquilo, si no se repite es un pecadillo, menor que el de no obedecer a tu madre. Anda, reza un padre nuestro y tres avemarías. «Ego te absolvo…»

Era el cura, es decir, la voz de Dios quien me tranquilizaba. ¡Menor que no obedecer a la amatxo! O sea, nada. No pensé que el tránsito del infierno a la gloria fuera tan simple.

Fue mi primer contacto con D. Beni. Todavía ignoraba la fisonomía del hombre que me había salvado el alma y la vida. No me molestó esperar cerca de media hora para verle desde lejos cuando emergiera de la «garita». Mi ama, a mi lado, seguro que calculaba, a tenor de mi permanencia en el banco, que la penitencia impuesta sería kilométrica.

D. Beni era muy joven, un bisoño comparado con el resto de las reverencias del convento. Era como un cura en prácticas, al que le endilgaban las labores y chapucillas «pastorales» más fastidiosas e irrelevantes: horas de confesionario, misas tempraneras, rosarios, etc. Y además a la clerecía veterana le venía de perillas, porque como sabía vasco, podía confesar a las caseras de Basaburua que venían al mercado el Sábado y aprovechaban para confesarse en Iruñea.

Eran tiempos en que la efervescencia de asociaciones y cofradías místicas florecían con incontinencia. Cofradías del Carmen, del sagrado corazón, de los Jueves eucarísticos, de la adoración nocturna, etc, etc.

Cada fraile mangoneaba una o dos, dependiendo de la especialización. Estaban los expertos en Mariología, los eucarísticos, los predicadores… D. Beni no debía ser experto en nada y le endosaron la cofradía de los jueves eucarísticos ya que no tenía gastos, ni aportes destacables, ni cofrades de importancia. Cuatro viejillas desquiaceradas…

Pero, lo que son las cosas, a los pocos meses, D. Beni era el cura más solicitado de aquel cenáculo frailuno. Su confesionario rebosaba, su cofradía era un hormiguero de cofrades, idas y venidas, cuotas, excursiones…

Pero lo que realmente envenenaba el corazón de la comunidad era el rebañito de treinteañeras y cuarentonas -y algún vergonzoso varón-, que pululaban por los locutorios del convento solicitando la atención del Padre Beni.

Nunca se habían visto entre aquellas santas paredes tantas almas ansiosas de dirección espiritual.

El padre Tomás, experto en los conflictos de la carne, le advirtió con espíritu fraternal: ¡No se fíe de tanta devota, que el demonio de la concupiscencia no descansa, y usted es joven e inexperto!

D. Beni no parecía alterarse lo más mínimo. No era precisamente un adonis, dentro de la sotana, su menudo y escueto cuerpo parecía carecer de dimensiones. Todo su atractivo debía consistir en aquella mirada azul y sosegada tras sus lentes redondos y su discurso reposado, con cierto deje irónico. Ciertamente su sonrisa era pura luz en aquel rostro de corte aguileño.

Hoy, los que le conocimos sabemos que D. Beni, antes que cura, fue un ser muy humano y muy intuitivo. Lo que realmente la gente buscaba en él era su capacidad para sosegar las conciencias, tan acribilladas por las zozobras y remordimientos que aquella moral estrecha, misógina y opresora sembraba en las mentes.

El padre Beni era puro bálsamo. ¿Qué al propio tiempo se pudieran fraguar en aquellas féminas sentimientos muy cercanos a una pasión amorosa, más o menos platónica? Me parece bastante evidente. «Amour courtois», santa concupiscencia o cutre deseo carnal. ¿Qué más da? Como bien decía nuestro buen Beni, si ves un apetitoso pastel expuesto, no lo apalancas sin más.

Al final lo largaron «in partibus infidelium». Cuatro murmullos. ¿Quien sería el aventador de bulos? Si hubo o no tales dulcineas poco importaba. El patio del convento estaba revuelto y era suficiente. La envidia -era bien sabido- acostumbraba a instalarse en aquellas instituciones como una dama, o si se quiere mujerzuela, dañina y rencorosa.

El padre provincial fustigó su comportamiento mundano. Había puesto en entredicho la santidad y la honestidad de la comunidad, allá en misiones podría meditar y enderezar los entuertos por los que discurría su alma.

Ya habrían pasado unos cuatro lustros cuando me crucé con él. Era uno de esos plomizos atardeceres veraniegos en los que hasta los tilos parecían asfixiarse. Tenía que ser forzosamente él, claro que sin sotana parecía tan nimio, con su atuendo de pantalón vaquero y polo blanco, tan poca cosa. Incluso se le habían cargado notoriamente los hombros.

Retrocedí hasta llegar a su altura.

-P. Beni…

Me miró, ciertamente sorprendido y con cierta frialdad.

– Pues, la verdad, así de momento no caigo…

No necesité muchas palabras para presentarme. Ya no era padre Beni; se había secularizado; ahora era d. Beni – me apostilló con cierta ironía-.

En resumen, tras una buena docena de años con los indígenas del Darién, primero el dengue y posteriormente la malaria le «averiaron» el cuerpo, que no el alma. Fueron los años más felices de su vida. Se trataba de una comunidad Emberá, perdida en lo más intrincado de la selva. Los frailes la atendían periódicamente con franca «remolonería». D. Beni, con las oportunas licencias, optó por establecerse entre aquellos, «los más parias y desarrapados del mundo, pero la gente más noble, solidaria y feliz».

Hubiera preferido quedarse entre aquella su gente y morir entre ellos. La «santa obediencia» le arrancó de aquel, para la gente normal, infierno y lo devolvió a la madre patria. Con el cuerpo y el alma rotos, vagó por aquí y acullá. Abandonó la orden religiosa a la que pertenecía: «no quiero vivir entre gente hipócrita, comodona y acomodada, y muy egocéntrica, que pregona a Dios por deformidad profesional».

Intentó colgar los hábitos, pero bien o mal aconsejado «¿de qué iba a vivir?», aceptó recalar en la diócesis de Iruñea, poniéndose con absoluto desencanto y desinterés en manos del prelado José Méndez.

Para D. Beni, «lo único que daba sentido y validez a su vida fueron los años vividos en la selva, todo lo demás pura frustración, y desencanto, paja».

-Allí no tenía que preocuparme por defender a Dios. La mejor forma de decidir qué y quien era Dios era ayudar y sufrir con la gente. Pensar en Él me ahogaba. De andar por algún lado debía ser por aquella selva. Allí cada persona era comunidad y sin comunidad dejaba de ser persona. Aquí cada uno vive rodeado de miedos, sólo ve su ombligo y mira a otro lado cuando se cruza con el que sufre, con un pobre. Somos millones de unos, sin referencia ni entrega a un todo. Este egoísmo nos desprotege de los grandes demonios que nos manejan.

Le planteé vernos con cierta frecuencia. Aquel rostro verdaderamente pálido y macilento no pareció alterarse. Sin embargo, aunque con cierta frialdad, me aseguró que le encantaría.

Anduvo de parroquia en parroquia. Atendió pequeños núcleos rurales, incluso alguna capellanía. Me confesó que en su ministerio había mucho de rutinario, poco de convicción y una baja estima sobre su propia labor.

Hará un par de lustros que coincidí con él. Me sorprendí al verlo tan enteco, tan arrugado. El comprendió mi torpeza o mi sorpresa o quizás mi cortedad. Rápidamente aprecié un cambio muy significativo en la tonalidad de su rostro. Ya no era aquel rictus entre amargo y cínico. Se mostraba más distendido, incomparablemente más afable.

El mismo se veía cansado y envejecido, pero por fin había encontrado un sentido, un profundo sentido y una utilidad para su vida. Su dedicación a drogadictos, enfermos, mendigos.

– Ni se te ocurra, ¡eh! Ni siquiera lo mientes; no eres el único que de broma o de veras me ha insinuado eso de madre Teresa. No tengo, ni quiero tener en absoluto nada que ver con ella. Me ayudan más ellos a mí que yo a ellos. Son ellos los que están dando sentido a mi vida y una satisfacción, así es que, isilik!

Hará unos tres años que lo vi por última vez. El paseaba por la Medialuna con su cachavita, a cuestas con su galopante Parkinson. Tengo la certeza de que no me reconoció. Sin embargo fue capaz de largarme todo un discurso en el que con encendido énfasis ponía en solfa a todo títere cósmico. Los curas no creían en Dios porque ni saben quién ni cómo es, ni dónde ni con quién anda. Los hombres son unos perfectos sonámbulos descabezados y manejados por los sinvergüenzas de turno que son los políticos. Los coches nos van a devorar el planeta. Los bancos son los mayores ladrones del mundo que se comen la sangre de los pobres. Los mayores terroristas, los dueños de las armas, de los misiles y de los ejércitos…

Imposible transcribir una pequeña parte de aquel discurso que por su forma y contexto me pareció un desvarío del pobre D. Beni.

No hace mucho que partió. Para los pocos que le recordamos, no fue un hombre de grandes audiencias. Pero mantuvo la gallardía, la honestidad, la dignidad de saber que el único valor de su vida se medía por la capacidad de ayudar a sus semejantes.

Ni siquiera me pregunto si fue su acendrado amor a Dios o pura filantropía lo que motivaba su actitud. ¿Qué más da? Dentro de los que se mueven en los parámetros de la religión se han dado actuaciones nefastas, hipócritas, alienantes, al lado de otras actitudes más comprometidas, más humanas y liberadoras. No todo es vituperable o ejemplar.

Estas líneas son en principio una obligación que me impuse. Si se quiere, un pretexto, un simple intento para que la biografía desdibujada y carente de relieve de un cura gris y desapercibido, encuentre el epitafio que posiblemente nadie le haya dedicado.

El iluminó esta certeza que la expongo sin ningún tipo de beatería -tiempo ha que las ventilé-, complejo moralista o pavoneo filosófico, que para eso están los profesionales. Si en nuestra penosa sociedad predominaran hombres como Beni, sin duda nuestro mundo sería como mínimo más habitable y placentero.

Agur, D.Beni.