Estoy convencido de que las consecuencias de esta dramática crisis de modelo social y económico en nuestras vidas no serán exactamente las que ahora prevemos. Las profecías de futuro suelen fracasar porque las hacemos desde unos presupuestos que, precisamente, son lo primero que cambia a medida que se acerca el futuro pronosticado. Por eso cuando cambiamos de milenio -un tiempo propicio para las profecías de futuro- me hubiera gustado hacer el ejercicio de anotar todos los pronósticos que hacían los expertos para ver qué -y cuándo- se llegaban a cumplir. No lo acabé haciendo. Pero visto dónde estamos ahora, no hay que decir que al cabo de una docena de años ¡las únicas previsiones acertadas quizás habrían sido las más apocalípticas de las sectas milenaristas!
Ahora tendría sentido probarlo de nuevo. Habría que anotar las actuales previsiones expertas y, dentro de diez o doce años, ver cuáles se han cumplido. Y es que las previsiones se incorporan dentro de la misma dinámica del cambio social y lo condicionan para bien y para mal. Así, con independencia de la buena voluntad o el cinismo con que se hacen las previsiones, sería bueno considerar lo del ‘quid prodest’, es decir, a quién benefician los pronósticos, y, aún más, qué acaban siendo las consecuencias imprevistas o no deseadas de hacerlos. Y no hablo sólo de previsiones económicas, sino sobre todo de las que hacen referencia a los cambios en nuestros estilos y condiciones de vida.
Sea cual sea, ya empieza a haber datos que ponen sobre la mesa que la gente no actúa ante la crisis exactamente como un cierto sentido común haría pensar. Por ejemplo, empezando por la más frívola, parece que la participación en el Carnaval de este año ha sido verdaderamente alta. Alguien diría que se explica por la voluntad de crítica social y política. Por decirlo así, como si todos los indignados se hubieran apuntado a la transgresión carnavalesca. Pero la observación de campo muestra que, con pocas excepciones, en las calles y las rúas carnavalescas la gente pasa de política y crítica social, y que simplemente le gusta disfrazarse. Siempre hay algún grandullón vestido de monja o de rey de España, pero predominan los pitufos, los piratas, los mosqueteros, los astronautas y todo tipo de animales, particularmente insectos. La supuesta depresión social, pues, no frena el gusto por el disfraz festivo e inocuo. Hay que tomar nota.
También resulta interesante el dato del incremento de espectadores del año pasado en las salas de teatro catalanas. El sentido común habría hecho prever todo lo contrario. Se puede tratar de un mayor acierto en la programación a la hora de satisfacer al público, claro. También puede ser que el público de teatro no sea el principal afectado por la crisis. Pero aun así, sorprende. Ahora bien, el dato debería hacernos pensar si, en contra del tópico aquel del ‘primum vivere, deinde philosophari’, es precisamente en tiempos de estrecheces cuando el refugio en la cultura no acaba siendo no sólo el mejor consuelo ante la miseria general, sino también uno de los más asequibles. ¿Hay una actividad más barata que la lectura de un buen libro, contada en euros por minuto de placer?
Aún más susceptible de ser considerado es el dato que indica que las tasas de natalidad no están disminuyendo con la crisis, sino que se mantienen con fuerza. Y es que los hijos no se dejan de tener por el temor a los gastos, sino todo lo contrario. Unas expectativas económicas y profesionales elevadas aplazan, a veces definitivamente, la incorporación de descendencia en la vida personal. En cambio, la falta de expectativas razonables de hacer carrera profesional meteórica repliega a los jóvenes en la confortabilidad emocional de una vida doméstica con hijos.
La conclusión es clara y fascinante. La crisis nos hará cambiar mucho, ciertamente. Pero no en la dirección que nos pensamos.
ARA









